El Londres de Virginia Woolf

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Decía Virginia Woolf que Londres no es una ciudad de palacios, ni de estatuas de mármol, sino una ciudad de zapatos, pieles, bolsos, estufas, aceites, pudin de arroz y velas. Una ciudad donde las librerías comparten espacio con las sastrerías y las boutiques y las floristerías impregnan de color la mortecina luz de sus calles. Y algo de cierto debe de haber, porque apenas he terminado de leer sus Paseos por Londres, la recopilación de artículos que Woolf escribió para el semanario femenino Good Housekeeping, y todavía tengo la impresión de andar vagando por entre sus páginas con la misma emoción que Mrs. Dalloway lo hizo por los escaparates de Bond Street.

Siempre he sentido demasiado respeto por la figura de Virginia Woolf, un respeto que durante mucho tiempo me hizo alejarme de ella, con la sensación de que desde la estratosfera de los dioses me miraba por encima del hombro, hierática, con el mismo gesto adusto en blanco y negro de sus fotos. Pues bien, me ha bastado leer este librito para reconciliarme con ella, y encontrarme con una Woolf, nueva, más terrenal que disfruta de los paseos, y de las tiendas; haciéndome olvidar esa imagen de institutriz victoriana, de merienda y té a las cinco, y ahora no deseo otra cosa que caminar con ella por ese Londres tan suyo, para dar así vida a los que fueron sus escenarios más personales: Gordon Square en Bloomsbury, Paradise Road en Richmond, y Hatchard’s en Piccadilly.

Según he leído, puede hacerse con precisión el recorrido, y aunque sus calles han variado, no lo han hecho ni el Green Park ni el Regents Park, ni tampoco la librería Hatchard´s en cuyo escaparate se asomó Miss Dalloway. Con un poco de suerte, podría incluso visitar la biblioteca del British Museum desde donde escribió “Una habitación propia”. Y yo me digo ¿tendrá algo que ver este Londres literario con el de mis recuerdos?

No he vuelto por Londres desde que estuve hace más de quince años con Sabine, mi mejor amiga. Un viaje sin pretensiones, accidentado, y borroso, tal vez porque mis gafas desaparecieron de la mochila apenas llevábamos tres días y a partir de entonces vagamos, sobre todo yo, un poco a la deriva por un Londres desvaído y gris. A pesar de los inconvenientes, nada faltó en aquel viaje: visitamos iglesias, museos, mercadillos, incluso nos perdimos intentando llegar al 84 de Charing Cross Road, donde estuvo la célebre librería de la novela de Helen Hanff. La imagen del mapa desplegado en la mesa de aquel restaurantito indio en pleno Soho sigue clavado en mi memoria, allí estábamos calculando las distancias y discutiendo si marchábamos a pie o tomábamos el metro, al tiempo que nos tomábamos un licor de color extraño. Creo que el licor se nos subió a la cabeza, porque no parábamos de reír y reír. Una pareja que supusimos de recién casados nos miraba condescendientes, pero nosotras seguíamos riendo como niñas pequeñas, mirando el plano sin movernos de allí. Algo le preguntamos al camarero, pero no debió de entendernos porque volvió al momento con la botella del licor y un platito con unas pastas. ¿Tan importante es ir a esa librería? – me dijo mi amiga. Creo que no, me limité a decir, pero mi rostro debió decir otra cosa, porque un rato después, tomábamos el metro para descubrir después de mucho callejear, que el 84 de Charing Cross Road se había convertido en un MacDonald. Pese al desengaño y la caminata, nos detuvimos incrédulas unos minutos frente a la placa, la misma placa que confirmaba que justó allí, donde ahora servían hamburguesas, la extravagante señorita Hanff le reclamaba al librero Frank Doel, los libros sin los que no hubiera podido vivir.

Me ha costado, pero con los años me he dado cuenta de que vagabundear, caminar por el placer de hacerlo, perderte en la multitud como una auténtica flaneuse es la verdadera libertad, la razón de todo. Imágenes que impregnan de realidad lo puramente literario, lo que trasciende como un pájaro que vuela. Una sensación que todavía perdura hoy, al acordarme de nuestras andanzas en aquel viaje, y que me hace tener la certeza, de que hay tantos Londres como paseantes, y que aunque el mío se desdibuja por momentos, volveré al de los relatos de Virginia Woolf, lo mismo que la Sra. Dalloway volverá al suyo: “Al de los ojos de la gente, el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean;  las bandas de viento; los organillos; el triunfo, el campanilleo y el alto y extraño canto de un avión en lo alto”. Porque todo es cuestión de memoria, sin mapas ni programas, solo disfrutando el momento, que es como de verdad se viaja, cuando se viaja a través del tiempo: viviendo como yo hago ahora, sumergida entre las páginas de los libros.

 

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Foto: Casa de Virginia Woolf en el 29 de Fitzroy Square

 

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