El lugar de la religión

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Ventajas y problemas de la necesidad de las personas de pertenecer a grupos humanos que les permitan alcanzar la autotrascendencia. Sobre la charla TED de Jonathan Haidt, profesor en la NYU-Stern School of Business y uno de los más reconocidos especialistas en el estudio de la moralidad desde la perspectiva de la psicología social, titulada "Religión, evolución y el éxtasis de la autotrascendencia".

 

Sobre la charla TED, Religión, evolución y el éxtasis de la autotrascendencia (Conferencia TED de Jonathan Haidt, febrero de 2012).


Jonathan Haidt es actualmente profesor en la NYU-Stern School of Business y uno de los más reconocidos especialistas en el estudio de la moralidad desde la perspectiva de la psicología social. Con The Righteous Mind: Why Good People are Divided by Politics and Religion (Vintage Books, 2013), que intenta sintetizar años de trabajo académico sobre el comportamiento moral, ha llegado al gran público con éxito de crítica y ventas. En la conferencia TED que comentamos, Haidt hace un atractivo resumen de una de las principales conclusiones de su último trabajo sobre las ventajas y problemas de la necesidad de las personas de pertenecer a grupos humanos que les permitan alcanzar la autotrascendencia. Y es que a este psicólogo está interesado más en los grupos que en los individuos, porque los primeros permiten comprender las acciones y actitudes de los segundos. En el fondo, The Righteous Mind es un golpetazo a los que achacan los éxitos electorales republicanos en Estados Unidos (no nos olvidemos de la clave política interna) sólo a la irracionalidad de unos votantes perversos o idiotizados. En otras palabra, es una sugestiva bofetada a los autosuficientes demócratas que se consideran racionales, tolerantes y abiertos. No en vano, es uno de los principales defensores de la importancia de la intuición, y no de la razón, a la hora de escoger moralmente.

 

Haidt se escapa del guion marcado por los discursos cerrados que estigmatizan al otro en la esfera pública, con la pretensión de romper con una peligrosa segregación ideológica y/o religiosa de la dialéctica amigo/enemigo. De esta forma, ha escapado de los ámbitos universitarios para, por ejemplo, firmar editoriales en el New York Times convirtiéndose en uno de los más prominentes intelectuales de lo que se ha llamado la «Tercera Cultura», que trata de mezclar analíticamente las ciencias sociales y las naturales. Para los más críticos, no se trataría de un intelectual sino de un optimista gurú político de izquierdas que, sin embargo, considera que los conservadores entienden mejor la naturaleza humana. Según su interdisciplinar interpretación, la evolución nos ayudó a ser más sociales por el bien de nuestra propia supervivencia. La cooperación entre individuos favoreció nuestro desarrollo como especie y eliminó los problemas derivados de los free riders (jinetes solitarios). Con todo, tampoco desdeña las dificultades de la división, la competencia y el enfrentamiento. Que podamos hacerlo, no quiero decir que lo hagamos. Por ello, ha iniciado una campaña para superar las diferencias y romper con los cleaveages políticos que dificultan el entendimiento de la sociedad civil, como demuestra su actividad pública a través de la página http://www.civilpolitics.org/. Para Haidt, no hay duda posible: el entendimiento mutuo nos hará mejores individual y colectivamente.

 

En relación a la religión, aunque se declara ateo, defiende el valor de las religiones como instituciones sociales que han permitido la mejora de los seres humanos. No es extraño, por tanto, que se sienta atraído por el funcionalismo durkheimiano. La fe le interesa por su función social. Haidt cree que la religión es un producto evolutivo que ha permitido a los seres humanos a unirse en grupos y competir con otros (siguiendo las tesis de la selección grupal de Edward O. Wilson). Los grupos más cohesionados siempre han vencido a los demás en la batalla por la supervivencia. Fuese un error o una adaptación evolutiva, la religión parece haber ayudado firmemente a dibujar los rasgos específicos de las comunidades humanas. Además, Haidt utiliza una metáfora atractiva para explicar la importancia del deseo de trascendencia al equipararlo a una escalera que permite transitar desde lo profano a lo sagrado. La gran mayoría de la humanidad quiere romper con el egoísmo mundano para buscar el bien común formando parte de algo más grande. Y es que, siguiendo a Emile Durkheim, este psicólogo norteamericano no tiene dudas de que somos Homo duplex, seres de doble nivel. De esta forma, cuando nuestro yo mundano se relaciona con un todo transcendente intenta ir más allá y llevar a cabo acciones nobles y bondadosas, a las que cada religiosidad concederá un particular sentido teológico. Eso sí, el análisis no opaca los rasgos negativos de la religiosidad. La pertenencia comunitaria también favorece la defensa de los valores e identidad grupal, si es necesario incluso con el uso de la violencia.

 

Con semejante interpretación no es difícil de entender que muchos críticos, sobre todo desde la academia norteamericana, señalen ácidamente los problemas de sus planteamientos. Como sugiere Sam Harris, desde la perspectiva del ateísmo militante, la visión de la fe de Haidt sitúa en un segundo lugar a Dios y la revelación. Probablemente sea éste el principal escollo. La interpretación funcionalista de la fe desdibuja la definición de lo religioso. No es algo privativo de Haidt. Como tantos otros, que han vuelto la mirada a la religión en las últimas décadas, todo parece encajar con las prácticas religiosas, ya sea en la interpretación de un partido de fútbol o de la contienda política. Pese a que la religión es elusiva y elástica, ya que se encuentra en constante recomposición, tanto interna como externamente, no podemos crear un nebuloso cajón de sastre en el que quepa cualquier fenómeno socio-cultural. La confusión generalizada provoca que se asimile a comportamientos religiosos aquellos que no lo son, porque no tienen ningún tipo de relación con lo sobrenatural.

 

No se puede agotar el debate en esta breve reflexión. Las tesis de Haidt son provocadoras y vuelven sobre un tema que no se debe abandonar nunca. Como aseguró el reformador musulmán Ali Sharyati: «la religión es un fenómeno asombroso que desempeña funciones contradictorias en la vida de los hombres. Puede destruir o revitalizar, te puede dormir o despertar, esclavizar o emancipar, enseñar docilidad o enseñar rebeldía». La ambivalencia de lo religioso debe potenciar más acercamientos que vayan delimitando el campo de estudio, aún cuando no sepamos muy bien a qué nos referimos. Por ejemplo, en Líbano dos terceras partes de los atentados suicidas han sido ocasionados por organizaciones laicas, aunque este tipo de terrorismo siempre está asociado popularmente a la religión. Sin embargo, la mayoría de los análisis sobre terrorismo suicida se concentran en explicar el fenómeno desde la experiencia religiosa… Otro ejemplo: la caracterización del nacionalsocialismo, o del universo abertzale relacionado con la banda terrorista ETA para venirnos un poco más cerca, como una religión política tiene más que ver con la visión negativa que se ha asentado sobre la religión en la modernidad que de la relación del nazismo con la creencia religiosa. Si lo pensamos bien, en esta fórmula es la religión la que adjetiva, y no queda en muy buen lugar.

 

En definitiva, parece evidente que todos hablamos de la religión como si nos refiriésemos a lo mismo. Pero no es así. Hay tantas definiciones de religión como autores que han trabajado sobre ella. El misterio de la divinidad y su revelación debería ser el elemento central para definir lo religioso, ya que considero que si limitamos nuestro análisis simplemente a las funciones sociales lo empobreceremos irremediablemente. La comprensión de lo religioso, sea esto lo que quiera ser, sigue siendo uno de los mayores retos intelectuales del presente. Haidt pone el acento en algo muy importante, lo que a los nuevos ateos les cuesta aceptar sin señalar a cierta patologización, el ser humano ha sido, y sigue siendo, un homo religiosus sediento de trascendencia. Eso sí, no creo que haya un doble nivel como aseguraba Durkheim. Y si lo hay, las fronteras son tan frágiles como innecesarias para explicar el comportamiento religioso. 

Joseba Louzao nació en Bilbao en 1983. Es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco (UPV) y en la actualidad es profesor en el Centro Universitario Cardenal Cisneros (Universidad de Alcalá de Henares).
Está especializado en historia de las religiones y es autor del libro Soldados de la fe o amantes del progreso. Catolicismo y modernidad en Vizcaya (1890-1923) (Genueve Ediciones) y, como coordinador, de La restauración social católica en el primer franquismo, 1939-1953 (Publicaciones de la Universidad de Alcalá de Henares). Este blog será su particular maleta preparada, porque el pasado siempre es un país extraño.