El lugar del pensamiento: Descartes (I)

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Hacía unos cuantos años que no visitaba La Flèche. Era la segunda vez. La primera, estuve con ánimo de visitar la antigua biblioteca del Pritaneo militar y, la segunda, este año, por un motivo muy banal. En aquella ocasión no pude ver la biblioteca, al estar cerrada por obras, aunque sí el inmenso edificio y patio central. En esta ocasión, aproveché para dar una vuelta con mi hija, por esta villa, segundo partido judicial después de Le Mans. No me acordaba para nada de cómo era ni, sobre todo, del gran estanque de agua que bordea los límites meridionales de la población.

En realidad, no es un estanque sino la confluencia de cuatro ríos y riachuelos, de entre los cuales destaca el Loir, afluente de la Sarthe y éste del Loira. Me di cuenta de que, al no haberme paseado por la zona sur, me había perdido hasta qué punto el agua era protagonista de su fisionomía, algo nada inhabitual en las pequeñas ciudades franceses. Las esclusas y molinos de agua, el hecho de que antiguamente estuviese toda la población rodeada por un foso lleno de agua, todo ello aumentaba esta sensación acuosa; y es que todo este valle, tan extraño como otros valles galos, para un ibérico, por su escasa orografía a ambos lados de la cuenca, no es sino una llanura arenosa y arcillosa que se inunda cada cierto tiempo, provocando no pocos enojos a sus habitantes. En efecto, cuanto más llana es una superficie, más tiende el agua a irse por todas partes. Mi mente estaba así aquel día como en una hoja plana, deslizándose por ella en todas direcciones. Estaba pendiente de muchas cosas que no me dejaban estar realmente sereno, aunque lo estuviese y lo esté (siempre) con ella.

Este año, en un día anodino de marzo, no olvidé pasar cerca del Pritaneo Nacional, uno de los seis liceos militares en el que se preparan los futuros oficiales del Ejército francés. Ahí seguía estando la puerta de entrada. Hasta 1762, el edificio del Pritaneo fue el Colegio Real de La Flèche, un excelente colegio de jesuitas a donde iban niños franceses de todas las provincias del reino, deseosos de obtener una formación excepcional que les abriese las puertas de la administración, la medicina o la Universidad. La matrícula era gratuita, con lo que eran los gastos de alojamiento los únicos a cargo de las familias de los alumnos. El gran rey Enrique IV, poco después de permitir la vuelta de los jesuitas, en 1603, decidió ceder los terrenos de su inconfortable castillo a la Compañía de Jesús, para que construyesen un inmenso colegio. Poca montaña podía ver ahí ese bearnés que nació en Pau y cuya cuna se conserva todavía hoy en día, en frente de la ventana que da al llamado balcón de los Pirineos.

Descartes estudió en La Flèche, entre 1607 y 1615, es decir entró con trece años y salió con diecinueve. Durante estos años, aprendió lógica, física y filosofía (al final), sin olvidar otras actividades importantes en su época como la esgrima y la equitación. El joven René —por lo que sabemos de algunas cartas—apreciaba la poesía y el drama, seguramente muy poco la retórica, pero lo que más le atrajeron fueron las ciencias. A partir de 1612, y por primera vez, se impartieron las matemáticas en Francia fuera de la Universidad. El padre Jean François, profesor del futuro autor del Discurso del método, fue en ese año el primero que lo hizo. El Colegio Real daba, por lo tanto, una formación que aunque no le terminó de convencer a Descartes, era excepcional en el reino de Francia. Tenemos que pensar en un joven Descartes sumergido en números, ecuaciones y problemas matemáticos y físicos, pero también en música y poesía, disciplinas que, una vez en Breda, en 1618, serán pasiones comunes con su amigo Isaac Beeckman, pero ésta es otra historia. Nada sabemos de si recordaba con afecto aquellos años, ni tampoco tenemos una descripción de La Flèche en alguna de sus cartas. Debieron ser años muy importantes para él, del despertar sexual, del inicio de la vida adulta, de la vocación o no, pero ante todo, en su caso, de múltiples reflexiones sobre la metafísica que le ofrecían los jesuitas, seguramente muy tomista y suarezista, a base de disputationes, y sobre la filosofía que, tal vez, entrevía él que necesitaba el mundo, más sólidamente asentada en certezas.

Me imaginaba viéndole a lo lejos al muchacho Descartes, por la orilla del estanque, con una capa negra, él tan moreno como muchos de mis compatriotas. Ambos mirábamos al agua, deleitándome yo en los reflejos y él, preguntándose —quién sabe— por las leyes de la óptica. Al final, nos cruzamos. No sé por qué, tal vez por algún cuadro, me imagino a Descartes algo bizco. Me miró de pasada con un ojo y con el otro, siguió inquiriéndose por la naturaleza de la luz.

No sé cuál es el lugar del pensamiento. No sé qué reglas rigen la aparición de una filosofía en un lugar determinado. ¿Pudo ser Descartes un filósofo italiano o alemán, o incluso español? Al fin y al cabo, su formación no fue muy distinta de la de otros colegios de jesuitas en Europa. Qué duda cabe que Descartes se formó en Francia, era un francés de pura cepa, aunque desde 1628 hasta 1649 vivió regularmente en los Países Bajos, efectuando en el intervalo solo tres estancias en Francia de pocos meses. Fue allá donde encontró un clima favorable para la libertad y el ejercicio de la filosofía. El pensamiento cartesiano parece asociado a la mentalidad francesa, pero no hay que olvidar que entre los 32 años y los 53 años vivió en Holanda, sin contar la estancia de más de un año en Breda. En cualquier caso, a mí se me antoja La Flèche como un lugar sin lugar, abstracto, acuoso, llano. El agua parece borrar esas imágenes que tanto importaban a San Ignacio de Loyola, en los Ejercicios espirituales. Para René se podía y se debía pensar sin imágenes, al modo matemático…

Aquel lugar que visité en marzo es, si se me permite el juego de palabras, una flecha perdida en el espacio, aunque claramente orientada. ¿Y a dónde apunta ella? Al yo. El yo como soporte ineludible e impersonal de todo conocimiento. El yo garantiza en Descartes que las dudas que piensa se paren en él, queden neutralizadas. El ser del yo es el pararrayos de todo escepticismo frente al cual, seguramente por influencia de los jesuitas, ya de joven tenía muchas suspicacias. No puedo dudar de que cuando dude sea yo el que duda. Cogito ergo sum…El yo forma con Dios, inteligencia pura y último garante del mundo, y con el mundo cognoscible, un triángulo o, como dijo hace unas décadas Michel Serres, otro gascón, una cadena cerrada.

El yo inamovible, perenne pivote de la identidad, perenne espejo inquisitivo del mundo, nos ha conducido desde Locke hasta Sartre, pasando por Husserl, al método moderno de la filosofía. Tiene razón Jean-Luc Marion, en cierta manera, cuando sostiene que el sistema monádico de Leibniz es una generalización de egos a todas las cosas, que en Berkeley la percepción se sostiene por el Ego perceptor, que en Malebranche las ideas necesarias que en nosotros residen son las mismas que en las del Ego divino y que en Kant la experiencia solo puede ser certificada en último término por un Ego. No veo Ego, sin embargo, en lo que para Marion es el primado del atributo en Spinoza (“pensamiento sobre el atributo-extenso”, dice el francés). El yo universal, desapegado e imperturbable, sujeto del conocimiento, está detrás, en último término, del extraordinario desarrollo de las ciencias. Sin Descartes y sin el concurso de su amigo, el abate Mersenne, no hubiera nacido la ciencia mecanicista, la distinción entre la materia extensa y el pensamiento, que tanto ha contribuido para reducir el mundo a números y leyes, desencantándolo. El yo cartesiano nos ha separado del mundo y por ello hemos pagado un tributo muy oneroso. ¡Reducir la naturaleza a ecuaciones nos ha costado ni más ni menos que la salud del planeta! Sería injusto caracterizar al pensamiento cartesiano como belicista, pero sí es cierto que fue en Breda donde lo militar, lo balístico, las fortificaciones, fueron un nudo de problemas para él. Es una paradoja que ahora los científicos demuestren el cambio climático y con los mismos útiles de la ciencia nos adviertan de la necesaria e inapelable severa corrección que debemos hacer en nuestro comportamiento económico y social. La ciencia contra ella misma o, tal vez, la ciencia buscando una nueva alianza con la naturaleza, como dijeron en su hermoso libro Prigogine y Stengers. No obstante, es bien cierto que del yo se deriva, en cierto sentido, el sujeto moderno y que el sujeto político, como sujeto de derechos y deberes, no tendría sentido sin él. ¿Podríamos renunciar al yo cuando se demandan libertades individuales para todos y derechos para todos?

Parecería que, en cierto sentido, debemos seguir pensándonos como yo, para algunas cuestiones, pero también debemos pensarnos como yoes inmersos en un planeta. Semejante polaridad un tanto esquizofrénica significaría un ejercicio ético y político de suma complejidad.  El yo cartesiano es un yo completamente acósmico, abstraído de toda relación con sus semejantes, con la sociedad, con los animales, con las plantas, con el planeta.

Sin embargo, Buber nos decía que « en el comienzo fue la relación ». No hay yo sin tú, ni tú sin yo. Por su parte, Machado nos decía que el ojo con el que ves es ojo no porque vea sino porque te ve otro ojo (humano). Hemos olvidado que ese ser vulnerable que fuimos otrora fue un ser envuelto en amores y afectos. Y que, poco a poco, fuimos “devolviendo” ese amor y ese afecto. No fuimos un yo. No hubo un yo que naciese de la noche a la mañana. Fuimos desde el principio un alguien con otros, o, mejor dicho, un “alguien-en-otros”.

Me acuerdo, como en un sueño muy lejano, pero muy real, que un día en que mis padres hacían conmigo un pic-nic dominguero en algún lugar perdido y aislado de la Llanada alavesa, tuve el deseo de alejarme, poco después de comer juntos en la mesa de camping. Me resultaba infinita esa llanura, extraña. Era un gran prado verde, entreverado de chopos. Anduve y anduve y me di la vuelta. Los vi de lejos. Qué pavorosamente extraño me pareció. Me di cuenta, por primera vez, de que estaban separados de mí, de que yo, gracias a mis piernas, podía verlos lejos, como unas simples figuras humanas. No me acuerdo si sentí una gran extrañeza, un estremecimiento o una angustia. Yo no quería estar separados de ellos, pero el mundo me llamaba y no podía decir no a dicha llamada.

Pues bien, debemos volver al lugar de los afectos para recobrar aquello que a todos nos ha constituido. No solo es una transformación de la industria y de nuestros hábitos de consumo en lo que tenemos que empeñarnos. No es solo una transformación política. No, por muy importante que sean. Es una transformación interior, profunda, espiritual, me atrevería a afirmar.

No somos ni seremos iguales a como antes lo éramos.  Descartes nos domina, aunque no lo reconozcamos, aunque lo neguemos en nosotros mismos. Sería baldío negarlo, negar el Ego, porque somos todos, en especial los occidentales, hasta cierto punto, inconscientemente cartesianos. Ahora bien, podemos y debemos abrir un amplio paréntesis en el que el cartesianismo y el ego queden latentes, pero inoperantes, para reintegrarnos en el mundo y convivir de una vez por todas con la naturaleza.

Nos va la vida, y el planeta, en ello.

Le Mans, a 12 de noviembre de 2022.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nací en San Sebastián-Donostia, en 1965. Estudios universitarios en la Universidad del País Vasco (UPV) y en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Becario en la Universidad de Lovaina (Bélgica). Proseguí estudios en la EHESS y en París 8. Doctorado en 1995 en Filosofía con una tesis sobre el pensamiento ético-político en Gilles Deleuze. En 2000 fui nombrado profesor titular de Civilización de España contemporánea, en la Universidad de Le Mans (Francia), dedicándome desde entonces al pensamiento español del siglo XX. Desde comienzos de los años 80, la ecología, la literatura, el ensayismo, el arte, la filosofía, el mundo fuera de nuestras fronteras han constituido, sin duda alguna, mis pasiones más duraderas. He escrito más de cincuenta artículos sobre filosofía francesa y sobre todo sobre ensayo español del siglo XX, en especial el cultivado por el exilio republicano español. Soy autor de dos libros : De una sensibilidad por venir. Ensayos de estética contemporánea (Madrid, Arena, 2008) y Briznas del tiempo (Madrid, Endymion, 2014). Realicé la edición de los Escritos sobre Ortega de María Zambrano (Madrid, Trotta, 2011), también la de El pensamiento vivo de Séneca, en 2016, en el marco del vol. II de las Obras Completas de María Zambrano, dirigidas por Jesús Moreno Sanz; y, recientemente, una amplia antología de las obras de Marín Civera y Luis Abad, dos ensayistas del exilio republicano español : En pos de un nuevo humanismo (Fundación Santander, Obra Fundamental, Madrid, 2018). En diciembre de 2017 presenté mi trabajo de habilitation en la Universidad de Angers, dedicado al ensayo español durante el franquismo, en exilio y en el interior, visto desde las problemáticas de la modernidad y de la temporalidad, pendiente de publicación.

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