El lugar del pensamiento: Merleau-Ponty o el mundo a ras de la aprehensión (III)

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¿Qué venía a hacer a este ciudad? ¿Rendirle mi modesto homenaje? ¿Decirle que pese a que nunca he escrito ningún artículo sobre su obra, sólo un curso de doctorado —¡en mi ciudad natal! ¡el único impartido allá! —siento una estrecha sintonía con su manera no tanto de pensar, sino de ver, de contemplar el mundo? ¿Que hay algo en su mirada, no forzosamente en toda su filosofía, claro, que está profundamente en mí, incluso cuando todavía no lo había leído? ¿Que admiro su modestia intelectual y la ponderación de sus juicios, más apegados al sentido que dimana a la larga de un acontecer que a una respuesta inmediata a éste, en caliente, a menudo maniquea, a modo de “compromiso” político?

¿Por qué quería ver el aire, las piedras, el agua, que lo acunaron? ¿Intuir las voces que lo acompañaron? “—Maurice, tu fais quoi! ­—J’arrive!”. Un sitio como otro, una pequeña ciudad de provincias, francesa, dotada de todo lo habitual en una ciudad de provincias, una subprefectura de departamento, un edificio de Correos, un ayuntamiento, un parque, el monumento a los caídos… Quién sabe, añadamos a todo ello el tedio que puede emanar de este tipo de ciudades, porque no hay que imaginarse que fue siempre para él, ni para nadie que vivía aquí, este día animado y soleado del que estoy disfrutando, sino un día tras otro, tras otro, mortecinos no pocos, grises, azulados, azul oscuro, cenizo, con esa niebla tan del Mar Cantábrico, que aquí no lo es, pues no existe “une Mer Cantabrique”, sino un “Golfe de Gascogne”, Oeste atlántico, ahora “Gran Aquitania”, nada menos, que no es lo mismo que el Golfo de Vizcaya… De cualquier forma, una ciudad de provincias no está hecha en principio para un filósofo, para un intelectual en ciernes, para un artista, para un viajero y explorador de lo visible (y de lo invisible), como él lo fue, en cierto sentido… Porque bien es cierto que una ciudad de provincias puede asfixiar, pero también abrir poderosamente los ojos al mundo, si se quiere abrirlos, lentamente, con parsimonia, con atención, al margen del prójimo y con ellos también.

¿Qué puede ofrecer una ciudad de provincias a un muchacho con inquietudes, que no se contenta con los resultados del último partido de rugby, con charlotear sobre el último ligue del compañero de clase, con la misa del domingo, con el “Bonjour, comment allez-vous?”, con el “Bonne journée!” y el “Je vous en prie”, con el Ricard y el “apéro”, que no es lo mismo que el aperitivo español… Morosidad francesa de provincias, en las que no pasa nada, aparentemente, tan distinta y tan igual a la morosidad español de provincias. Ciudad de provincias, cuartel de oficiales, marineros, plátanos tristes alineados por un boulevard que nunca fue boulevard, una calle que se convierte en carretera, desierta… Unas hojas que caen y el hastío que te cala hasta los huesos…

¿Por qué no vivir como los demás? ¿Ser un empleado de oficina? ¿O, mejor, médico de cabecera? No saber qué hacer, sino pasear por las afueras y contemplar las marismas que rodean la ciudad y soñar, soñar y darle vueltas a las cosas, porque todo filósofo, todo ensayista en ciernes, es un verdadero soñador, contrariamente a lo que se piensa, sobre todo cuando es joven, no un poeta frustrado, en absoluto, ni un escritor en busca de sí mismo, sino un soñador cuyo pensamiento está en ciernes, que pasea, aprende a pensar, y se pregunta: ¿a dónde irá ese bajel? Agua que fluye, muy lentamente, casi estancada, nunca estancada… Mar atlántico francés, tan distinto y tan hermano del Atlántico español, tan de dunas y playas interminables, de marismas, tan poco propicio para encontrar un puerto, un refugio, para navegar…Por eso fundaron esta ciudad a finales del siglo XVII, con el fin de disponer de un puerto para la Armada francesa. ¡Un mar sin acantilados! No concebía yo de joven un mar sin acantilados. El mar lucha contra la Tierra y la Tierra contra el mar y de esta lucha surge el odio y el amor, la violencia y la caricia, pero sobre todo la alteración, el cambio permanente, las tormentas, pero también la contemplación, ver el mar desde arriba, no desde su nivel. ¿Qué es verlo a ras de su superficie? No lo sé. Solo lo sé desde la playa. Pero ver el horizonte marítimo a ras de suelo, entre cañaverales, como en Rochefort…Parecería una Holanda sin polders, sin canales, sin molinos, aunque aquí hubo un molino bastante grande y pintoresco provisto de un ingenioso sistema mecánico (los franceses son muy buenos para estas cosas) y que servía para dragar, para facilitar la siempre difícil navegación por el río Charente y sus pequeños brazos silenciosos que no llegan a formar un delta…De eso sí me acuerdo, de las gabarras del Urumea. Palabra de origen francés. Dragar para navegar, qué importante. Toda una metáfora.

Cuando en sus conversaciones, tan reveladoras con Georges Charbonnier, en 1958, Merleau-Ponty hable de su infancia y juventud, señalará que poco tiempo después de instalarse en París, paseando por el parque de Saint-Cloud, se dio cuenta de que Descartes al buscar la verdad primerísima había tomado una solución demasiado fácil. No podía soportar ese joven que la existencia del yo reconocida por el propio yo fuese un hecho del que partir, precisamente porque era un “puro hecho”. Volvió a casa sin saber qué verdad matricial podía permitir edificar una filosofía. Décadas más tarde de aquellos dilemas, confesará a Charbonnier que se le antojaba que su filosofía había partido de su experiencia, de su “ser total”, de ese ser total enlazado con el “ser bruto” que es el “mundo”. Pongo este “mundo” entre paréntesis porque, como dirá en su grandísima obra póstuma, Lo visible y lo invisible, el “ser bruto”, o “ser salvaje”, permite precisamente romper con la dualidad sujeto/objeto, abriendo, sensorialmente hablando, el In-der-Welt-Sein heidegerriano. Uno se incardina en las cosas, desde que el mundo es mundo. No es casualidad que ese “ser bruto”, en este mismo libro, lo defina como “el cordón umbilical de nuestro saber”, un “saber” que habría que entender de forma paradójica, como un saber pre-espiritual, pre-cognitivo, o, más bien, como una aprehensión primigenia, casi inconsciente, de que vivimos (en un mundo), de que estamos a ras de ese mundo, palpitando en nuestra diminuta vida, o existencia. El problema residía en cómo extraer de esa “carne del mundo”, de ese “entre” en que todos estamos vinculados los unos con los otros, y los humanos con los vivientes no-humanos, una ética y política verdaderamente autónomas entre sí y al mismo tiempo en relación coherente (no digo dependencia, ni relación causal) con ese “quiasma” que nos funda desde la pasividad sensorial, perceptiva. No estamos muy lejos de los parajes del pensamiento de María Zambrano. “Razón mediadora” la llamará a esos goznes. Ni tampoco de las preocupaciones de Eugenio Trías, en su problemático engarce entre la ética y la política, aunque en este filósofo la pasividad —nada influido por la fenomenología husserliana— no juegue un papel central.

“Cuando me acuerdo de mi infancia, recuerdo la felicidad. No tuve una infancia desgarrada. Nada de eso. Habría que decir, al contrario, que supe lo que era la dicha”. Y añadía Merleau-Ponty: “creo que Freud decía que es un socorro extraordinario para un ser humano haber sido amado”. Lo es, en verdad. De esta confesión tan reveladora, se extrae una idea de unicidad, de gozo sereno en conjunción total con los padres, con el medio ambiente, familiar, social, natural. Vemos al pequeño Maurice con cara de asombro y deleite cuando descubre una rana en la marisma, cuando oye una curruca capirotada encaramada a una espadaña, cuando oye la llamada de su madre y su rostro se llena literalmente de su sonrisa.

Fue en París donde Maurice Merleau-Ponty se encontró en clase con un profesor de filosofía que seguramente le cambiaría la vida, como a Camus también su maestro, Louis Germain. Se llamaba Gustave Rodrigues. De origen sefardí, Rodrigues era catedrático de instituto y además doctor, cosa que no era frecuente en aquel entonces. La lectura de sus libros muestra claramente que tenía un nivel más que suficiente para llegar a ser profesor de Universidad. ¿Por qué no lo consiguió? En París tuvo también a Simone de Beauvoir y a Claude Lévi-Strauss como alumnos, nada menos. Cuando los nazis se plantaron en la capital francesa, Rodrigues huyó, como tantos otros, hacia el Sudoeste, solo que fue precisamente por esa estrecha franja atlántica por donde fue bajando el ejército del III Reich. Al parecer tuvo la idea de huir al extranjero —se supone que por el paso fronterizo de Irún/Hendaya— pero renunció a ella. Se tiró por un acantilado, no lejos de Biarritz, en 1940.

Rodrigues, como muchos filósofos franceses de aquella época, tenía como referentes principales el cartesianismo y el kantismo. Es digno de resaltar que si no terminó convencido del primero, por su dificultad a la hora de demostrar la realidad sensible exterior, desarrolló el imperativo categórico de Kant en un sentido humanista, algo muy propio de un republicano francés y, en el fondo, muy propio de esos judíos asimilados y tremendamente admiradores de Francia, una Francia, por cierto, que no veía como una línea continua desde los galos hasta Napoleón, sino como “una sangre bastarda”, fruto de muchas mezclas de civilizaciones, alquitarada en un espíritu único.

Rodrigues, en la conclusión de su libro Le problème de l’action, había sostenido que la moral se resumía en “un hombre frente a otro hombre”, en un instante, “trágico” va a decir, en el que el primero puede decidir sobre el segundo y éste sobre el primero, en que el destino se puede jugar entre ambos, en el que el deber es el “cuidado apasionado de la justicia”, en el que se representa de forma meridiana el derecho ajeno como “fundamento de nuestro deber y como límite de nuestro derecho”. Este kantismo humanista refleja mucho lo que pensaban los “húsares” de la III República, aunque el adjetivo “trágico” le dé a sus tesis un tono peculiar, que nos hace pensar incluso en autores ulteriores como Jankélévitch y Camus en los que la cuestión del crimen, del totalitarismo y de las guerras estará en el centro de sus preocupaciones.

Rodrigues, en su tesis sobre Descartes, había concluido que éste “no puede sostener racionalmente ni la existencia de cuerpos múltiples, reales, distintos, ni tampoco la de las almas múltiples, reales, distintas”. Las cosas exteriores le parecen al autor del Discurso del método oscuras, ambiguas, equívocas, adjetivos que recuerdan a lo que años más tarde dirá Merleau-Ponty sobre ese “Ser poroso” que no es ni en-sí, ni para-sí, tejido, entramado de ese hacer carne-en-el-mundo. Aquí estriba su polémica contra el dualismo ontológico de Sartre. Para Rodrigues, en 1904, Descartes solo puede deducir de los principios que ha extraído la existencia del cuerpo y del alma en general. Es significativo pensar que cuando Merleau-Ponty, en sus conversaciones con Charbonnier, mencione a su profesor, elogie su sentido escrupuloso de la justicia, que no favoreciese a los alumnos judíos, por serlo, ni a los demás, por no serlo, y encomie sus “cualidades morales extraordinarias”, no sin olvidar que fue la primera persona a la que le oyó decir que era ateo. Y es curioso que no mencione su tesis sobre Descartes, sobre la que, a mi modo de entender, más se inspira, sino su libro Le problème de l’action, para recalcar que Rodrigues era un hombre de acción, y no de especulación. ¿No sería más bien Merleau-Ponty el que quería ser hombre de acción y no tanto Rodrigues, que se suicidó? Nada más evocar a Rodrigues, concluye su exalumno —en estas conversaciones con Charbonnier, al final ya de su vida— que la filosofía se le ofreció como única vocación posible y que su preocupación inicial fue siempre la de las “relaciones con el prójimo”, ese prójimo que el idealismo, más o menos solipsista, obviaba o escamoteaba. De esta manera se propuso esclarecer las “relaciones del espíritu y del cuerpo”, es decir “cómo dos espíritus pueden ser encarnados en dos cuerpos y cómo un espíritu puede conocer otro espíritu a través del cuerpo visible que expresa”. La tesis de Rodrigues sobre Descartes seguía ahí coleando, aunque no lo dijese.

En un artículo poco conocido, publicado en el primer número de la revista Les Temps modernes, en 1945, Merleau-Ponty, “La guerre a eu lieu” (“La guerra ha tenido lugar”), el filósofo francés se preguntaba por el antisemitismo y expresaba la perplejidad idealista compartida por muchos de sus compatriotas, incluido él: antes de la guerra no veíamos “alemanes” ni “judíos”; solo veíamos seres humanos y, si me apuran, conciencias, viene a decir. Y ponía en juego un experimento filosófico. Si me paseo por la plaza de la Concordia y me fijo en las piedras de los costados, deja de existir la Plaza de la Concordia. Si me fijo en la arena granulada de la que está compuesta la piedra, deja de existir ésta. El ejemplo era más significativo de lo que parecía. Si reduzco mi “ser total” a un conjunto de análisis perceptivos pierdo el conjunto, pierdo la concordia, la concordia con el mundo y con los humanos que me rodean, esa concordia tan seriamente puesta en entredicho, a lo largo de la historia, por aquellos que hicieron rodar cabezas por el cadalso, en tiempos del Terror revolucionario, en esa misma plaza, y aún más si cabe por el terror de los nazis cuya sede central ­—no se olvide—se encontraba en el mismo lugar. De los seres vivos que nos imaginamos que vio el pequeño Maurice, en aquellas hermosas marismas de Rochefort, a la piedra de la plaza de la Concordia, los caminos filosóficos parecen conducir a un retorno a la aprehensión unitiva del mundo, a su revivificación transformadora, moral y política, adulta, a un rechazo, diría visceral, de las abstracciones reductoras, que no contextualizan los hechos humanos, en su debida globalidad. En esa aprehensión unitiva del mundo, nadie sería extranjero respecto a los demás, nadie sería un simple grano de arena, ni un bárbaro, ni un enemigo, ni un subhumano, ni un “judío sionista”, ni un “palestino terrorista”. Los caminos de la sensibilidad a la política no son tan inescrutables…

En vísperas de un nuevo año no es un deseo precisamente fútil tenerlo en cuenta…

 

Le Mans, a 30 de diciembre de 2023

Nací en San Sebastián-Donostia, en 1965. Estudios universitarios en la Universidad del País Vasco (UPV) y en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Becario en la Universidad de Lovaina (Bélgica). Proseguí estudios en la EHESS y en París 8. Doctorado en 1995 en Filosofía con una tesis sobre el pensamiento ético-político en Gilles Deleuze. En 2000 fui nombrado profesor titular de Civilización de España contemporánea, en la Universidad de Le Mans (Francia), dedicándome desde entonces al pensamiento español del siglo XX. Desde comienzos de los años 80, la ecología, la literatura, el ensayismo, el arte, la filosofía, el mundo fuera de nuestras fronteras han constituido, sin duda alguna, mis pasiones más duraderas. He escrito más de sesenta artículos sobre filosofía francesa y sobre todo sobre ensayo español del siglo XX, en especial el cultivado por el exilio republicano español. Soy autor de tres libros : "De una sensibilidad por venir. Ensayos de estética contemporánea" (Madrid, Arena, 2008), "Briznas del tiempo" (Madrid, Endymion, 2014) y, en francés, "L'essai en Espagne à l'épreuve de l'exil et de la dictature (1939-1976). La malle et la boussole", (L'Harmattan, Paris, 2023). Realicé la edición de los "Escritos sobre Ortega" de María Zambrano (Madrid, Trotta, 2011), también la de "El pensamiento vivo de Séneca", en 2016, en el marco del vol. II de las "Obras Completas" de María Zambrano, dirigidas por Jesús Moreno Sanz; y, no hace mucho, una amplia antología de las obras de Marín Civera y Luis Abad, dos ensayistas del exilio republicano español : "En pos de un nuevo humanismo" (Fundación Santander, Obra Fundamental, Madrid, 2018).