El maestro de la Huerta

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La soledad del torero de vidrio en el centro de la plaza, mantiene impresionado y en silencio al respetable.

 

Lleva medias blancas bajo las manoletinas, protege su cabeza con la montera calada hasta las cejas, relucen la camisa y el chaleco bajo el garabato de sangre de su corbatín. Entre hombros y cintura se ciñe el capote, mantón rojo y viril con el que ejecuta su danza de cortejo. El toro es el estoque vivo que usa la muerte, para conseguir su torero en cada plaza.

 

El torero de vidrio nació botella de aguardiente. Forma parte de toda esa raza de objetos antropomórficos, (que pirran a Faba), en los que gustan reconocerse los seres humanos desde niños. Los muñecos son representaciones de la vida dentro de nuestros hogares, apaciguan nuestros miedos más atávicos.

 

Gracias a su natural transparencia, este torero tiene piernas que le sostienen establemente; parece una estatua de cristal sobre una peana de cuarzo. Resulta demasiado alegre para trabajar en un cementerio, nunca podría haber formado parte de un mausoleo taurino.

 

El torero de vidrio no sabe nada de astados, ni de morlacos, y además nunca ha sido torero; sólo que así lo fabricaron. Por eso actúa en el coso rectangular de la lápida de Quevedo, rodeado de letras en vez de gradas; y si de algo entiende, es de las cornadas que da la vida. Deambula por todos los rincones, llevando la luz consigo donde haga falta. Por aquí se le considera el maestro de la Huerta del Retiro.