El malestar de los creadores

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No pensaba escribir nada hoy, porque estamos en Nochebuena y la Nochebuena está para comer cordero y turrón, cantar villancicos y quedarse hasta las tantas charlando con la familia o clavado delante de la televisión mientras los niños -si es que uno los tiene- andan corre que te corre por el pasillo o por la sala de estar. Quería tomarme la mañana con tranquilidad, bajar a la calle y hacer algunas compritas, pero tengo la inveterada y mala costumbre de leer los periódicos en Internet y hace un momento me he encontrado al gremio de los “creadores españoles” -que así es como se denominan- muy alterado porque el Congreso de los Diputados no ha aprobado la “Ley Sinde”, que pretende acabar con las descargas ilegales y demás rapacidades perpetradas por los internautas en la Red. Tenía pensado, ya digo, no escribir nada hoy, pero aunque sea a vuela tecla, me gustaría dejar por escrito lo que pienso al respecto antes de salir de casa.

 

No conozco bien ni la ley ni el grado de piratería de mis compatriotas, pero así, a bote pronto, me parece que cualquier medida tomada para contrarrestar la copia digital de una canción, una película o un libro no tiene visos de prosperar y está abocada al mayor de los fracasos. Nadie puede poner puertas al infinito campo del Internet, ni nadie en su sano juicio debe pretender -o esperar- que un producto que puede reproducirse infinitas veces vaya a costar ni un solo céntimo, por mucho trabajo que le haya costado al creador de turno el crearlo.

 

El artista, si de verdad lo es y no es un cantamañanas o un mercachifle, debería estar encantado con esta nueva era digital de reproducción infinita que hace posible que su creación pueda darse a conocer urbi et orbe en un solo instante y con una calidad de reproducción jamás vista ni imaginada. La financiación llegará de otro modo, pero llegará, siempre que la creación tenga calidad y seguidores.

 

Entiendo que los pocos creadores establecidos que reciben el grueso de sus ganancias a través de la venta de sus discos o de los libros que escriben sientan temor y crean que a partir de ahora el esfuerzo de su trabajo creativo no recibirá ninguna recompensa económica, pero deben pensar que no hay vuelta atrás. Ni el sonido ni la imagen, ni menos aun la palabra escrita, van a transmitirse mediante otro soporte que no sea el soporte digital en las próximas décadas, y este soporte es ubicuo como el aire, inasible como el agua y gratis como la luz del sol. El coste de lo digital no está en el producto, sino en el aparato reproductor y en toda la infraestructura que hace posible que el aparato funcione, desde la electricidad, hasta el material con que está hecho.

 

¿Quiere ello decirse que los músicos, los periodistas o los cineastas tendrán que vivir del aire o a costa de la caridad de los dueños de la nueva tecnología?

 

Pues no lo sé de cierto, pero intuyo que Microsoft, Apple, o cualquier otra compañía de este tipo, serán al final los que acarrearán con los gastos de la creación, por la cuenta que les trae, ya que el continente es puro vacío sin el contenido, como el significante es solo ruido sin el significado. El escritor ganará su dinero en virtud del número de sus lectores, como el músico lo hará por las descargas que reciban sus canciones o su composición musical. Y luego la gente pagará por lo que ha pagado siempre: por el deseo de oír en directo al cantante de moda, por la posibilidad de preguntar al escritor por qué se decidió a escribir sobre la vida de los pingüinos en la Patagonia o, simplemente, por poder presumir de que en tal o en cual universidad hay un famoso poeta que se pasea por el campus y de vez en cuando, entre borrachera y borrachera, recita sus poemas a los alumnos.

 

No hay, pues, que desmoralizarse. Como en el pasado, habrá artistas que seguirán viviendo del cuento, otros que lucharán contra la indiferencia del público y otros, los más, que jamás ganarán dinero ni alcanzarán fama con su arte, pero al menos podrán mostrar los esfuerzos de su labor creativa en igualdad de condiciones a todos los demás. A unos y a otros y a los pocos chalados que me leen ¡Feliz Navidad!

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.