El matrimonio es puro teatro

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Torvaldo furioso. De Lucía Vilanova. Dirección: Lino Ferreira. Reparto: Inma Nieto y Julio Cortázar. Espacio escénico: Víctor Molero. Vestuario: Nuria Martínez. Iluminación: Pedro Yagüe. Teatro Espada de madera. Madrid.

 

¿Qué tienen en común Ludovico Ariosto, Henrik Ibsen, y Lucía Vilanova?  Torvaldo furioso (de esta última) viene a ser la respuesta a este improbable dilema. La autora transmuta el título de Ariosto, Orlando furioso, sustituyéndolo por el de Torvaldo, patronímico del protagonista masculino de Casa de muñecas (la obra más famosa y revolucionaria de Ibsen,) para bautizar su obra. O sea, Torvaldo furioso vendría a ser un nuevo apeadero en el viaje dramático por las relaciones matrimoniales clásicas (hombre-mujer), en los últimos 500 años.

 

¿Han cambiado mucho las cosas, con respecto al matrimonio en estos últimos cinco siglos?, parece preguntarse con esta obra, la dramaturga. Desde su punto de vista, se muestra como mínimo escéptica. El hecho de titular la pieza con el nombre del personaje masculino, resulta toda una declaración de principios, acerca de donde situar la causa del conflicto. La dependencia económica ha generado la tradicional esclavitud femenina. Ingresar en la estable cárcel del esposo, significa perder la libertad, renunciar a los deseos propios; en el matrimonio todo es puro teatro.

 

A Torvaldo le gusta llamar Angélica a su esposa Pilar, (una puta redimida por el santo sacramento del matrimonio,) que la convirtió en prisionera de los dos grandes deseos de su hombre: formar una familia numerosa, y ensayar teatro con nostalgia de gestas de caballería. Al Torvaldo de Pilar sólo le sube la libido, ataviado con ropas de caballero andante, mientras su amada viste atavíos medievales propios de Angélica; de esa guisa ha conseguido hacerle cuatro hijos y medio (uno que viene de camino). Lo que Torvaldo desconoce es su propia esterilidad. ¿Quién será pues el padre de su prole?

 

La escritura de Lucía Vilanova tiene un perfume propio. La ironía, el humor y la mordacidad que despliega la autora, hace que la obra fluya ante el espectador como una deliciosa e inteligente comedia, salpicada con sabios toques de acíbar dramático. La riqueza y la sutilidad de su teatro se sustenta en una perfecta carpintería teatral, donde se planifica el juego total, valiéndose de todos los ingredientes del drama: la situación, el diálogo, el uso del tiempo, el nivel de realidad y ficción, la metateatralidad…; todo fluye para ir desovillando el conflicto ante un público enganchado a este juego prodigioso, que no deja de sentirse felizmente entretenido.

 

Temporalmente, la obra fluye como un rebobinado: los actores entran en escena siendo unos personajes, y según la acción avanza, el público va asistiendo atónito a su metamorfosis en otros completamente diferentes. La especialidad de la casa son las sorpresas suministradas a través de guiños,  homenajes, o cameos a la historia del teatro; algo que siembra de aromas lejanos este banquete escénico, cocinado a fuego lento en fogones nuevos, jugando con las recetas del mejor teatro de siempre.

 

El director Lino Ferreira ha resultado un cómplice perfecto para el teatro de Vilanova: sirve como el mejor Chef de cocina, tan suculento plato dramático. El director calcula con sutileza las especias y las hierbas necesarias para condimentar la pieza en cada momento; o elabora escenas silenciosas -como la de la lluvia- que de tan bien medida y realizada resulta para el público conmovedora. Igualmente Ferreira ha sabido dotar al espectáculo de una sólida factura escénica, plena de encanto, gracias a un espacio escénico tan original como sugerente, un mimado vestuario de dos épocas, y una cálida y versátil iluminación. Y sobre todo, ha sabido dirigir a sus dos intérpretes,  consiguiendo de ellos, una rica partitura de registros cómicos y dramáticos.

 

Julio Cortázar e Inma Nieto interpretan a Torvaldo y Angélica, realizando un trabajo de doble registro, según las exigencias de un texto  en el que las cosas no son lo que parecen. Su buen hacer interpretativo es en gran parte responsable de la comodidad y el regocijo con los que el público se entrega a las mieles de la representación. A destacar la socarrona contención y hermosa voz de la Nieto, y la furia histriónica matizada de incredulidad en el caso de Cortázar.

 

Torvaldo furioso se representa en el espacio de una cripta masónica, que ha sido pulcramente reconstruida, tanto en proporciones, como en su sillería-grada en forma de herradura, abierta hacia el rectángulo del estrado masónico, y actual escenario. El escenógrafo Víctor Molero ha conseguido crear una atmósfera acorde con el espacio propuesto, cuidando lámparas, cojines, o los distinguidos trastos escénicos. La plasticidad de toda la propuesta resulta sugerente y evocadora, como si el público se asomara desde asientos antiguos, a una representación de hace 500 años. De esta forma la escenografía se convierte en cómplice del juego temporal propuesto por la autora. Cuando los ropajes históricos van cayendo, y los ordenadores comienzan a entrar en juego en el diálogo, se confirma que el espacio escénico viene a funcionar de la misma forma, ya que en el fondo todo es teatro.

 

Si la obra se inicia con una representación, o ensayo general sin público, que se está realizando en el interior de una vivienda particular, la propuesta escenográfica va más allá del mismo texto, para suministrarnos una lectura añadida sobre la sala en la que éste se está representando. La Espada de madera resulta a su vez una cripta masónica selecta y exquisita, donde se ofrecen al público iniciado, algunos de los mejores cócteles teatrales del ambiente madrileño.

 

A este paso Lavapiés puede convertirse en el barrio del Teatro de las Naciones. En salas como la Espada de madera, puede verse teatro nuestro, hecho con el rigor y la elegancia de espacios similares de París o Londres. En el Teatro de Cámara A.P.Chejov, puede verse teatro hecho como en Rusia, con nuestros propios intérpretes.
Y en la plaza de Lavapiés, estrena de nuevo Francisco Nieva, lo cual siempre resulta una saludable fiesta cosmopolita para el teatro. Y eso sin nombrar las numerosas madrigueras teatrales que abriga esta fértil ladera lavapiesina, vinculada desde siempre con los cómicos y el espectáculo.

 

Homo FABER

 

 

 

 

 

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