El mejor amigo del veraneante (3)

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9. EL TIEMPO. Regurgitan los filetes en la sartén a las 15:20 de la tarde, combinándose con un ruido de motor de autobús en la calle. Los platos y las tapaderas se dan un beso de lata, y en las sediciosas facciones de una bolsa de plástico se vierten sus bisbiseos. Golpe seco del cazo contra la vitrocerámica, fluir del agua del grifo de la cocina. Los tenedores se agitan con la entrada de un cuchillo limpio. Y en primer plano, el sonido palmípedo y seco de estas teclas. Un paño limpia y seca un plato. Las llaves campanillean al cogerlas, unos últimos pasos arrastradizos, pestillo, portazo, y partida. Al fin ya está aquí, el silencio de agosto a mediodía.

 

En realidad, hubiera sido más correcto afirmar que ya debería haber llegado, porque aún sigue el motor del autobús con un gruñido de punto muerto, y la carretera atravesada por flechas negras de sonido que van lanzando las motos que pasan. Las motocicletas siembran el espacio sonoro con zumbidos más próximos a los del mosquito, hasta que cambian de marcha.

 

Aunque no sé por qué presiento que para escribir sobre el tiempo, (como mejor amigo del hombre, y particularmente del veraneante,) sea necesario el mayor silencio de la tarde. El tiempo existe precisamente por estar lleno. ¿Podría considerarse pues al silencio completo un tiempo muerto precisamente por no tener contenido alguno?

 

El verdadero poder no es el económico, ni el político, ni el jurídico, sino el temporal; ser dueños de nuestro tiempo nos convierte en reyes y presidentes de nuestras vidas. Que en el interior laberíntico de nuestras horas sólo reine el azar y el capricho, es la ejemplificación perfecta de la esencia de las vacaciones. El fragmento temporal más deseado del año por todos los que trabajan.

 

El tiempo anida en el centro de la tela de araña de cada siesta. Tendidos de hilos transparentes, donde el aliento de la existencia encuentra su moneda de cambio para poder disfrutar cada uno de sus cuerpos. Lo único importante es seguir viviendo. Esta sencilla filosofía la comparten todos los seres vivos. La vida siempre se abre camino, incluso cuando parece estar consumida. Nuestras vidas son las citas que el tiempo usa para pronunciarse. Formamos parte de un mecanismo colectivo más importante. La razón de nuestras existencias es ayudar a demostrar la valía de lo que va por encima nuestra. Valemos por lo que representamos. Aún creyéndonos cada uno la cumbre de la individualidad más genuina, sólo somos otro ejemplar humano, un ser vivo más en el cómputo de esa gran respiración colectiva que compartimos todos los vivos. ¿Respirar es vivir?; o, ¿respirar es fabricar nuestro propio tiempo particular?

 

El ocio de Agosto me permite escribir estas ondas de humo de palabras, que no llegan a tomar forma de reflexiones prácticas. Vacuas, prescindibles, caprichosas, indolentes, propias del veraneante sumergido en su baño de tiempo rizado y espumoso. Con sirvienta en esta casa de playa, me siento holgazán; como un millonario fuera del tiempo; como un americanito joven y rico que vive como un marqués en Italia; o como un personaje de El jardín de los cerezos, veraneante de Gorki o Chejov, que no tienen otra cosa que hacer en la vida, que asistir al espectáculo de vivirla, consumiendo rutinariamente cada jornada, sin metas, sorpresas o recompensas inesperadas.

     
        – No hay nada más barato que los días -decía una de mis dos abuelas-. Detrás de uno viene otro.

 

Los viajes más vertiginosos que podemos realizar a estas alturas de vida, son los más acomodaticios, los que menos esfuerzo cuestan, los que se gestan en el interior de nuestras mentes, dando lugar a una nueva correlación de fuerzas y distensiones que alteran nuestros comportamientos. Como si eligiendo lo más sencillo, pudiésemos optar a lo más complicado: viajar por encima de los siglos para encontrarnos de lleno instalados en el paraíso del tiempo libre, tal y como fue alguna vez entendido.

 

Quería escribir sobre el tiempo como mejor amigo del veraneante en último lugar de esta relación,  pero se me ha adelantado. Escribir sobre sus benéficos y sanadores efectos, cuando estuviera a punto de extinguirse el próximo 31 de  agosto, hubiese sido una traición a su límpido y azur mensaje.