El mejor amigo del Zar

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Dicen que la muerte de una persona mayor es simplemente un arribar a puerto, pero la muerte de una persona joven es siempre un naufragio. Y es verdad.

 

Conocimos a Montse y a Rosa cuando éramos unos chavales de veinte o veintidós años en un bar parecido a las Cuevas de Luis Candelas, el Druida, en aquella pequeña ciudad de provincias en la que vivíamos. Una pandilla de desubicados ansiosos por vivir experiencias nuevas que echaban la tarde entre el licor café, los porros, la literatura y las ganas de follar. Aquilino, el «intelectual» que lo había leído todo y lo sabía todo, llevaba años perdidamente enamorado de Rosario, rubia ella, guapa y estrecha como casi todas en aquella época. Para estar a su nivel yo devoraba todos los libros que le oía comentar: Luis Martín Santos, Alvin Toffler, Milan Kundera… daba igual, sin orden ni concierto. Él sacaba unas notas increíbles pero cada día estaba más serio y más perdido, porque Rosario lo evitaba como a la peste. Cuanto más leía, menos follaba. Andrés era otro tanto de lo mismo. Leía y rellenaba folios y folios de historias románticas, mientras escuchaba a Meat Loaf, sobre una mujer a la que amaba desesperadamente y amó hasta que le perdí la pista. Nunca le tocó un dedo y bien entrado los treinta seguía tan enamorado como virgen. Pero Alonso, mi hermano, un año mayor que yo, era harina de otro costal. Rosa y Montse rieron a carcajadas una tontería nuestra y nos pasamos a su mesa sin perder ni un minuto. Rosa era bajita, morena, tímida, guapa, hija de un peón de la construcción que se convirtió en capataz y acabó forrado vendiendo maquinaria industrial. Montse era muy alta, buen cuerpo, no muy guapa y sosa, muy sosa. La bauticé como la Tachenka, en honor al famoso jugador de baloncesto de la época. Unos cuantos días de aquí para allá con ellas y sólo un beso robado, joder. Hasta que aprovechamos que estábamos solos y las llevamos a casa, pusimos música, fumamos y yo a dar conversación, que era lo mío. Alonso se levantó, se bajó los pantalones sin mediar palabra y empezó a meneársela, tan tranquilo como si fuera el único hombre en una isla desierta. Yo no sabía dónde meterme; estas tías nos van a escupir a la cara y se largan, pensé. Nada más lejos de la realidad. Temblando de miedo y pálida, Rosa se acercó a mi hermano, se arrodilló y empezó a chupársela. Yo me abalancé sobre la Tachenka y empecé a comerle todo, dedicando especial atención a su enorme coño. Pasé de Aquilino y de sus boberías porque me di cuenta de que la vida es para vivir y no para pensar, es de los decididos, de los que se la juegan. Alonso me descubrió un mundo nuevo de posibilidades. Estuve un mes con Montse, hasta que me fui a Madrid, y la hice disfrutar mucho comiéndole el coño. Un día, en plena acción, empezó a susurrarme cosas del tipo «qué voy a hacer cuando te vayas, te echaré de menos, te quiero mucho, ¿se va a acabar lo nuestro?»; saqué la cabeza de entre sus piernas y le dije: «Joder, ¿yo comiéndote el coño y tú hablándome de amor? Lo nuestro se acaba ahora mismo». Gritó, lloró, me dijo un montón de lindezas mientras yo me vestía y me perdía pa´l carajo y para siempre.

 

Durante años, entre 1995 y 2005, quemamos Madrid. Dos hermanos que aprovecharon aquellos años para conocerse aún mejor. Entonces entendí por qué aquella vecinita se asomaba todas las tardes a la ventana de su habitación, frente a mi casa, y miraba tìmidamente entre las cortinas. Mi hermano se pajeó frente a ella durante meses hasta que ella lo esperó en el portal y juntos se perdieron en la estación de ferrocarril, el único tumbadero asequible por entonces. ¡Que crack! Entre libros de la historia de los judíos, de lenguas antiguas, etnias de todo el mundo, alguna que otra mujer -otra Montse, la Simia, fea como su apodo indica y un cuerpazo que nos tiramos los dos, o Mari Cruz, la esquizofrénica hermosa y solidaria que también compartimos- y pajas, muchas pajas y sus posteriores carreras desesperadas cuesta arriba para combatir la ansiedad, mi hermano fue tirando. Mientras, yo progresaba adecuadamente en mi trabajo en Madrid y me convertía en un hombre de provecho, con coche, casa, mujer, hija, hipoteca… vamos, un ciudadano de bien. Pero ese 1995 lo cambió todo. Mi mujer se fue a trabajar a Berlín, se llevó a la niña y Alonso cayó por Madrid. ¡Ay, la hostia! Los jueves eran jornadas agotadoras de trabajo que terminaban a las tres de la mañana y él me esperaba en el Ghetto donde bebíamos y bailábamos al compás de Pearl Jam hasta las cinco de la mañana; entonces nos dejábamos caer por el Norton, en la calle Hortaleza, al ritmo de Stillskin, Collective Soul y de dos amiguitas que nos llevaban a las nueve de la mañana a un garito de la Calle Orense a bailar bacalao. A las once y media de la mañana del viernes, duchado y encorbatado, entraba en la oficina como si tal cosa. Al menos en apariencia. La tarde de los viernes eran del Dust, en la calle Covarrubias, antiguo teatro convertido en discoteca y varios sofás colocados sobre el escenario. Al y yo nos subíamos a la planta de arriba para contemplar mejor cómo las niñas pijas de apenas veinte años se la chupaban a sus novios a la vista de todos. Durante el día del sábado dormíamos un poco y las noches eran interminables: Kapital, Oh Madrid, Show Girls… y con especial dedicación a los lupanares de la Gran Vía especializados en chinas. Pero su ansiedad no iba a menos y la mía iba a más. Era muy difícil seguirle el ritmo. Yo sólo desconectaba el sábado que me plantaba a las nueve de la mañana en el aeropuerto sin dormir para coger un avión con destino Berlín. En aquellos años me gasté muchísimo dinero en mujeres, alcohol y juergas, y el resto lo malgasté. No me importa lo que perdí. El amor es una mentira, el dinero es un pájaro volando y la salud se pierde en un abrir y cerrar de ojos, por mucho que la cuides.

 

Aquello se nos fue de las manos. Un día tuvimos que escapar Castellana arriba, desde Colón, después de que Alonso le gritara a unos nazis «Gora ETA». Otro día casi nos matan en el Dust. Afortunadamente el tío con peor pinta que he visto en mi vida se quedó helado cuando mi hermano le apuntó a un palmo de la cara con la mano derecha a modo de revolver y apretó el gatillo con el pulgar. Si el memo no se hubiera rajado estaríamos muertos. Después de una noche de juerga y ansiedad nos fuimos a caminar con las dos amigas bacaladeras por la sierra tres horas hasta subir un desnivel de mil metros porque ellas querían follar «bajo un cielo azul y limpio». Me la singué contra un roca, jadeando y sudoroso, con las piernas temblorosas y no me corrí. Yo dije basta, pero él aún desafió a la muerte unas cuantas veces más movido por sus terribles ataques de ira. Tiempo después, y sin que yo lo hubiera planeado ni deseado, le acompañé a su médico. El hijoputa aquel lo conocía bien y entre educado, cansado y resignado, le dijo: «Y ahora qué te pasa, hombre». Alonso lo miró con odio, con furia y le espetó: «¿Qué me pasa?, ¿quiéres saber qué me pasa? Imagínate que estás de pie en el andén de una estación y pasa un tren a toda velocidad, a medio metro de ti, retumbando, sin detenerse, pero el tren no termina de pasar nunca. Así pasan los pensamientos por mi cabeza, sin parar ni un minuto desde que tengo trece años». Murió un día de Navidad, cinco meses después de tomarse un montón de pastillas y quedar en coma. Yo contribuí mucho a aquella muerte, aunque a veces creo que lo que hice fue contribuir a su liberación. Pienso que la muerte entró en la habitación de aquel hospital en tan señalado día para traer un regalo. Como si dijera: «Venga chaval, ya está bien, tú ganas, te vienes conmigo».

 

En estos cinco años he aprendido muy bien lo que es la nostalgia: dolor por lo conocido ausente. Lo echo de menos cuando camino por la Gran Vía, aunque la calle esté llena de gente. Yo siento que me falta algo o alguien antes incluso de acordarme de él. Me cuesta mucho aceptar la desaparición física, total, radical y para siempre de una persona. Ahora me río de esas tonterías de los amores y los desamores. Y cuido mucho de mis hijos. Lo dicho, un naufragio.

8 COMENTARIOS

  1. Un abrazo, querido amigo,
    Un abrazo, querido amigo, desde la nostalgia, la tristeza y el cariño

    • Para combatir la nostalgia y

      Para combatir la nostalgia y la tristeza no hay nada como rodearse de gente a la que se tenga cariño y correrse una buena juerga. ¿Verdad?

  2. Esto no se hace querido Zar,

    Esto no se hace querido Zar, yo bomeo sobre textos de ficción y tú escribes en serio. En serio, en 5 semanas: Mis queridos muertos, experiencia religiosa, el hermano muerto,comentarios sobre redención…. ¿no será la crisis de los 45?

    Te ofrezco mi remedio universal:leer. Clásicos del humor inglés: Saki (Cuentos de humor y de horror), Wodehouse (Cocktail Party, cualquiera de Jeeves), H.E. Bates (cualquiera de los larkin como Oh! to be in England), E.Waugh (Cuerpos viles, Noticia bomba…), son todos autores fascistas pero para eso ver el último de Ibáñez.

    • Hola querido Dr.J. No, seguro

      Hola querido Dr.J. No, seguro que no, no es la crisis de los 45, ya pasé la de los 40 a los 36. Eso lo contaré en otro post. Te agradezco el remedio universal, pero ya sabes… yo tengo otros recursos. Como también sigo a Ibáñez he leído tus comentarios y, no te parezca mal, él tiene razón, más razón que un santo. Aquí a cualquiera le tildan de fascista. Y a mí de machista… ¿Acaso lo soy…? Cuidate de los calores de Murcia que ya llegan. Y a ver si escribes otra vez que lo tuyo va decayendo en la home y cada día lo ponen más abajo. Por cierto, no te parezca mal, tú eres muy bueno, pero Andrés Ibáñez es mejor (jajajaja).

      • ¡Cómo va  a parecerme mal! yo

        ¡Cómo va  a parecerme mal! yo entré aquí para leer a Ibáñez. Ahora intento una estrategia tipo El sirviente de Joseph Losey o el huevo del cuco en nido ajeno. Si quieres leer algo nuevo hazme propaganda cerca de D. Armada que le está quitando las telarañas a una broma que le mandé. Por cierto ¿conoces la consultora McKinsey&Co cuando yo los traté estaban en la c/Miguel Ángel, unos tipos curiosos su lema era «up or out» el mío es «down and out».Cheerio

        • Claro que los conozco Dr.J.,

          Claro que los conozco Dr.J., vaya piezas, aunque no se debe generalizar. No sé si siguen en la Calle Miguel Ángel, la verdad, yo los he tratado poco. Pero me cuido en general de tratar con consultores. Según me dicen , Armada te valora mucho, así que supongo que lo tuyo se publicará pronto.

  3. Cuando estemos liberados de

    Cuando estemos liberados de lo que ya sabes nos quedarán los recuerdos. De modo que no hay redención posible, salvo la suma de vejez y olvido. Y eso no lo queremos, ¿verdad?

  4. Mikemuddy, eres un poeta. La
    Mikemuddy, eres un poeta. La suma de vejez y olvido es la muerte, y eso no lo queremos, no.

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