El mejor teatro de Arrabal. (Crítica de teatro)

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Fando y Lis. De Fernando Arrabal. Dirección: Quique Culebras. Reparto: Jorge Yamam Serrano. Laura Barba. Carmen Flores. Juan Molano. Pau de Nut. Música: Víctor Nubla. Iluminación: J. M. Cerdeiriña. Producción: TeatrodeCERCA. Madrid. Círculo de Bellas Artes. Del 11 al 21 de Mayo.

 

 

JUAN ANTONIO VIZCAÍNO

 

A Fernando Arrabal sus más íntimos lo conocen como Fando. Así le llama su madre en Viva la muerte, la primera película que dirigió el polifacético dramaturgo español. Lis se pronuncia de una forma similar al nombre de su esposa -Luce Moreau- aunque en realidad Lis también es Arrabal. Así lo ha escenificado el director Quique Culebras en el sugestivo Prólogo de títeres de papel, (inspirados en las marionetas Bunraku del Japón), con el que se inicia la representación: Lis nace de la cabeza de Fando, parida por su imaginación.

 

A pesar de haber superado el medio siglo, Fando y Lis parecen recién nacidos en las tablas de un teatro, para hablar a su audiencia sobre lo terrible y lo hermoso que es vivir. El teatro de Arrabal es de clara raigambre poética y ceremonial. Sus personajes son sacerdotes de la miseria y la revelación. Observando sus metafísicas tragedias, terminamos escuchando nuestra propia voz. El teatro más universal es el que nace de la observación milimétrica del rostro polifacético de la moral, esa dama vestida de negro que reside en lo que llamamos conciencia de nuestra razón. El demiurgo Arrabal la azota con las contradicciones de la carnalidad. De tan feroz batalla resulta un campo de cadáveres de palabras, que resucitan en cada representación.

 

Fando y Lis son dos seres marginales, casi abstractos, que se dirigen obsesivamente hacia la tierra prometida de Tar. Lis no puede andar, Fando empuja su carrito, y su vida consiste en no poder llegar a ese lugar. Ser caminante y paralítico es una de las grandes paradojas formuladas en esta obra por Arrabal. Todo el pensamiento y la filosofía oriental se basan en la dualidad como instrumento de medida moral. Cada cosa es ella misma y su contraria; como la sístole no puede vivir sin la diástole para que funcione el corazón, y por tanto la vida pueda continuar.

 

Arrabal condensa el diálogo estricto de sus personajes hasta radiografiar lo esencial. Por eso lo entiende cualquiera, en cualquier idioma o lugar. El amor, la incomunicación, la violencia, el sadomasoquismo, la ternura, la culpa, la crueldad…; en definitiva la incapacidad de vivir, por culpa de esas insanas cualidades humanas de recordar y desear.

 

El joven director Quique Culebras se ha encargado de acotar la obra en unas coordenadas políticas y biográficas concretas. Ha superpuesto el episodio del encarcelamiento y desaparición del padre de Arrabal -al comienzo de la Guerra Civil española- con la detención, encarcelamiento y proceso del régimen de Franco contra el dramaturgo, doce años más tarde de la escritura de Fando y Lis. En estas abcisas y ordenadas ha situado Culebras la representación de esta desnuda prédica de Arrabal.

 

Gracias a la mágica obertura de títeres, cuando se pronuncia la primera palabra en escena, el público -alejado de su cotidianidad-  se encuentra instalado ya en el territorio fascinante y misterioso de Arrabal. Con un gran instinto físico y ceremonial ha dirigido Culebras a sus actores, que transitan por el espacio vacío como autómatas o cantantes de ópera, que danzan la aventura escénica de Fando y Lis por los desolados desiertos que conducen a Tar.

 

El humor intrínseco de Arrabal también está logrado en esta representación, a través de los tres personajes con los que se topan estos antihéroes en su odisea que no les lleva a ningún lugar. Sobre un suelo cubierto de tierra amarilla, (evocación del albero de los cosos taurinos),  los personajes danzan su tragicomedia existencial, valiéndose de unas latas-coturnos, de unas sogas simbólicas, o de un gran paraguas-sombrilla que los protege del mordisco solar.

 

Todas las transiciones son realizadas, devolviendo a los títeres su protagonismo, abrazados por un sugerente, misterioso y bélico espacio sonoro, creado por Víctor Nubla.

 

Jorge Yamán Serrano interpreta a Fando con una potente presencia escénica, y unos recursos vocales tan rudos como matizados, que favorecen el espíritu de cantata profana de esta representación. Laura Barba -en el extremo opuesto de la rudeza- da vida a una dulce, débil y sumisa Lis, con un gran sentido corporal; incluso cuando reposa su cuerpo tendido en el suelo, apoyada sobre un tambor, la actriz no deja de emocionar. El inquietante coro de personajes -tan castizos como apocalípticos- con los que se tropiezan en su viaje Fando y Lis, están interpretados con brillante precisión y alto sentido del humor, por Carmen Flores, Juan Molano y Pau de Nut.

 

La rica imaginación teatral del director, junto con la entrega plena de sus intérpretes, hacen de este Fando y Lis, un manantial en el desierto de las representaciones patrias de Arrabal, que el buen amante del mejor teatro no debe dejar escapar. Así lo ratificó el público, el día del estreno, con una sentida y larga ovación a toda la compañía, reclamando en escena la presencia del autor.