El mercado del arte

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Me pasa todos los años con ARCO, voy con muchas ganas y salgo aburrido, como empalagado de tanta obra, tanto nombre, tanta propuesta. Tanto producto a la venta y tanto coleccionista.

 

Ya es difícil decir, pensar o ver algo con sentido en una exposición colectiva, qué dice uno cuando apenas puede ver una pieza, dos si acaso, de un montón de autores de golpe, no hay cómo saber, cómo entender qué hace cada uno, que quiere, cuál es su visión del arte o del mundo. Siempre me han gustado más los one-man shows o los museos en todo caso donde se pueden ver juntas unas cuantas obras de cada artista, sobre todo si son contemporáneos y además de ver lo que uno ve hay que entender el concepto. Eso es lo que hace fantástica a la Nationalgalerie en el Hamburger Bahnhof de Berlín, que muestra pocos artistas, Joseph Beuys, Nam June Paik, Bill Viola, Gerhard Richter, Sigmar Polke… y de todos hay un número suficiente de piezas como para que al menos se haga uno una idea.

 

Peor aún es una feria, con esa cosa de mercado que lógicamente tiene, ya lo dice la palabra, pero que no terminamos de querer reconocer y continuamos atendiendo como si fuera una gran exposición, el Armory Show o el Salón anual del arte contemporáneo. Ir a ARCO no es como ir a la Feria del Libro, sino como ir a Liber o a la feria de Frankfurt: ARCO es un mercado. O debería serlo, porque al final está lleno de de espacios alternos, ciclos de conferencias, chill outs y una variopinta oferta de actividades que poco tienen que ver con la compra-venta. Un mercado, en fin, con aditivos y colorantes, pero mercado al cabo. Lo malo es que como no hay una feria de las galerías al modo de la Feria del Libro (o sí, la noche de las galerías, pero es sólo una noche y no es lo mismo) la gente que quiere mirar por dónde van los tiros y qué se cuece en al arte contemporáneo va a ARCO y se lo pasa pipa viendo un poco de todo y no sé yo si entendiendo demasiado. Como si en vez de ir al restaurante fueran a disfrutar la comida al mercado de abastos. O al supermercado, que eso es al final una feria como ésta, por muy repleta que esté de espectadores aficionados o curiosos, de familias de paseo en fin semana,

 

Total, que yo llego y empiezo a dar vueltas y a mirar y salgo, ya les decía, saturado, empalagado. ¿Cómo entender o encajar aunque sea sólo una parte de tanto que veo? Me siento en un supermercado y pierdo en seguida cualquier sentido de aura de la obra artística, la capacidad de emocionarme, el aprecio estético.

 

Sucede que Madrid tiene una fabulosa oferta de galerías. Yo las visito con frecuencia y en el último año recuerdo haber visto exposiciones excelentes, de nivel de museo muchas de ellas, Richard Serra, Chillida, Leiro, Ramón Gaya, Genovés, Antonio López, Liliana Porter, Alfredo Jaar, Dora García, todas las de La Fábrica, Shirin Neshat, Marina Abramovic, Gregory Crewdson, Eulàlia Valldosera…. -no me extraña que hayan dado a la galería de Efraín Bernal el premio este año a la mejor de la feria-. ¿Por qué sin embargo durante todo el año, días tras día e incluso sábado tras sábado, las galerías están vacías y toda esa gente que no las pisa apenas corre en manda a una feria donde apenas va a poder distinguir una cosa de otra, churras de merinas?

 

He ahí una de esas cuestiones que yo me planteo hace años cada vez que voy a ARCO lleno de ganas y salgo aburrido y saturado. Pero sigo si respuesta. Lo que sé es que el sábado al final cogí y en vez de volver a ARCO o a alguna de las muchas ferias paralela que había el fin de semana en Madrid yo me fui como un señor de galerías y disfruté, entendí y aprendí lo que no había disfrutado, entendido ni aprendido en el mercado el día antes.

José Antonio de Ory es escritor, entre otros oficios que lo han llevado a vivir de un lado a otro del mundo: Colombia (en tres ocasiones), la India y Nueva York. Ahora en Madrid, continúa escribiendo cuando le da el tiempo sobre cultura y otras cosas de la vida en este blog, donde se permite contar, y opinar, cómo ve las cosas. Es autor de Ángeles Clandestinos. Una memoria oral del poeta Raúl Gómez Jattin (Ed. Norma, Bogotá, 2004).