El ministerio de la verdad. Una biografía del ‘1984’ de George Orwell

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El hereje. Orwell y Zamiatin

“Sé que tengo la mala costumbre de decir en un momento determinado no lo que podría resultar conveniente, sino lo que estimo es la verdad”.
Evgueni Zamiatin, ‘Carta a Stalin’, 1929[1]

En enero de 1944, un profesor de literatura de origen ruso llamado Gleb Struve llamó la atención de Orwell sobre la existencia de la novela antiutópica Nosotros, escrita por Evgueni Zamiatin entre 1920 y 1921. “Me interesa ese tipo de libros e incluso voy tomando notas para uno que puede que escriba antes o después”, respondió Orwell.[2] Ese verano, Orwell consiguió un ejemplar de la traducción francesa de 1929, Nous autres, y más adelante, en enero de 1946, escribió sobre él en Tribune bajo el título ‘Freedom and Happiness’ (Libertad y felicidad). Orwell consideraba que “no es un libro de primera clase, pero es sin duda algo inusual” y sugería que Un mundo feliz “tiene que derivar en parte” de él.[3] En una carta posterior que escribió a Fredric Warburg llega a decir que “en parte lo plagia”.[4] No era una acusación indignante (Kurt Vonnegut diría algo parecido más tarde), pero Huxley siempre negó haberlo leído. Y Zamiatin le creía, pensaba que el parecido “es prueba de que estas ideas flotan en el aire turbulento que respiramos”.[5]

El karma se la devolvió: Orwell también fue criticado y acusado de haber plagiado Nosotros. El primero en afirmarlo fue el historiador Isaac Deutscher, que le acusó de tomar prestada de Nosotros “la idea de 1984, la trama argumental, los personajes principales, los símbolos y todo el clima de su narración”.[6] Pero esta afirmación presenta tres problemas. Primero, Deutscher exagera los parecidos entre ambas novelas. Segundo, como ya hemos visto, Orwell había escrito un boceto de 1984 meses antes de haber leído Nosotros. Tercero, Orwell hizo grandes esfuerzos para que la novela de Zamiatin se volviera a publicar en inglés y animó a sus lectores más de una vez a “estar atentos a este libro”,[7] algo que no se suele hacer cuando tienes intención de plagiarlo.

El concepto de originalidad resulta problemático en el campo de la ficción. No acusamos a cualquiera que escriba sobre un detective brillante y excéntrico de estar copiando a Arthur Conan Doyle. Además, el género de la ficción utópica presenta una serie de temas y motivos recurrentes. Edward Bellamy tuvo influencia sobre William Morris; ambos influyeron en H. G. Wells; Wells influyó sobre Huxley, Orwell y Zamiatin; y todos ellos introdujeron alguna idea, técnica o tono nuevos. Como dijo Morris, cada utopía es “la expresión del temperamento de su autor”).[8] A pesar de ello, es imposible leer la extraña y visionaria novela de Zamiatin y no pensar en las historias que se escribirían más tarde, incluida la de Orwell.

Zamiatin dijo que Nosotros es “mi obra más burlona y más seria”.[9] La novela, que comenzó a escribir en Petrogrado en 1920, a los treinta y seis años, tiene lugar en el futuro, bajo el despotismo ultrarracional del Estado Único, una expresión hiperbólica de la creencia del autor de que la vida urbana “roba a las personas su individualidad, los vuelve a todos iguales, como máquinas”.[10] Zamiatin pulió y desarrolló las ideas de Wells y Dostoievski hasta construir un patrón sólido en el que se basan muchos relatos sobre la individualidad frente a la homogeneidad. Con la figura del Benefactor, Zamiatin crea un dictador misterioso y anónimo, que se presenta como protector. Inventó también “cifras” uniformadas identificadas por números en lugar de nombres y un Estado que representa “la victoria de la masa contra el individuo, de la totalidad sobre la unidad”.[11] Las cifras viven en edificios de cristal (con lo que se abole la privacidad) y son vigiladas de forma continua por la policía secreta (“los Guardianes”), excepto durante la “hora del sexo” obligatoria, que, en un mundo en el que no existe el amor, es organizada por el Estado por medio de un sistema de cupones. Se alimentan de comida sintética, viven en un clima controlado y tienen música predecible, hecha por máquinas (los musicómetros de Zamiatin anticipan los versificadores de Orwell). Zamiatin también crea un ritual diario, la Tabla de los Horarios, una parodia de la doctrina de la eficacia de Frederick Winslow Taylor, el promotor de la organización científica del trabajo. Se trata de una ciudad de cristal rectilínea, modelada según la geometría de Petrogrado, rodeada por el Muro Verde, que la separa de una naturaleza indómita que representa los impulsos atávicos de la humanidad. Zamiatin también recurre al arquetipo del tímido operario que se ve empujado a la rebelión por una mujer sacrílega y cautivadora.

A pesar de su enorme importancia, Nosotros no es más conocida porque no es una lectura fácil. La prosa compacta e impresionista de Zamiatin se parece a un cuadro de sus contemporáneos Malévich o El Lissitzky: colores y formas puros. Los pájaros, por ejemplo, son “agudas bandadas triangulares y negras, que descendían con sonidos estridentes”;[12] la risa es “el estallido de cohetes de feria de colores rojos, azules y dorados”;[13] la anatomía se describe como geometría. Zamiatin quería usar un lenguaje acorde a un mundo acelerado. “Cuando nos movemos deprisa –escribió en 1923–, el canon, lo habitual elude nuestra vista; de ahí el simbolismo y el vocabulario inusual, a veces sorprendente. La imagen es nítida, sintética, destaca un solo rasgo: el rasgo que verías desde un coche que avanza a toda velocidad”.[14] Buscaba también articular así la mentalidad de su narrador, identificado como D-530. Otros escritores, como Bellamy y Wells, recurrían a un protagonista coetáneo al lector para que actuase como su representante, pero Zamiatin se lanzó de cabeza al futuro y necesitaba un lenguaje nuevo para dar vida a ese mundo nuevo. Más tarde, compararía su escritura con el cine: “Nunca expliqué nada; siempre mostré y sugerí”.[15]

D-530 es un matemático que trabaja en el Integral, una nave espacial cuya misión es llevar el Estado Único a otros mundos, y escribe un diario en el que les explica el funcionamiento de esa sociedad a unos lectores que él cree que son como sus bárbaros ancestros. La forma petulante y condescendiente en que habla de la “felicidad matemáticamente infalible”[16] es una parodia del tono evangélico de los guías turísticos utópicos, como el doctor Leete de Bellamy: “Hablar de todo esto me resulta divertido y, al mismo tiempo, difícil”.[17] A Zamiatin le gustaba el cuento La nueva utopía, de Jerome K. Jerome, y las explicaciones sinceras y orgullosas de D-530 no están exentas de humor, como vemos, por ejemplo, en la famosa tragedia del Estado Único, titulada Quien llega tarde al trabajo.[18] Sin embargo, lo que acaba documentando es su propio desmoronamiento mental cuando la perfecta ecuación de su vida se ve alterada por la incógnita X y el imposible √-1. A medida que fallan sus funciones mentales, como “una máquina obligada a un número demasiado grande de revoluciones”,[19] su relato se ve infectado por recuerdos defectuosos, elisiones, paradojas, dudas y sueños: la “vieja enfermedad”[20] que ha contraído de I-330, una revolucionaria liberada en términos eróticos. La historia que está contando se le va de las manos.

En opinión de Orwell, Nosotros tiene “una trama más bien débil y episódica que resulta demasiado compleja para ser resumida”.[21] Sin entrar en muchos detalles, hay una banda de revolucionarios llamados los Mefi, que intentan apropiarse del Integral, destruir el Muro Verde y derrocar el Estado Único, todo ello con la indecisa colaboración de D-530. El Benefactor se defiende por medio de la Gran Operación, un proceso similar a la lobotomía para extirpar la imaginación y hacer que los ciudadanos sean “perfectos como máquinas. El camino hacia la plena felicidad está libre”.[22] Al diablo con la sociedad perfecta; lo que se necesitan son cerebros perfectos. El libro acaba cuando torturan a I-330 hasta la muerte, mientras un D-530 pacífico y sonriente insiste en la victoria del Estado Único: “Porque la razón ha de vencer”.[23]

El conflicto personal de Zamiatin con el Estado tampoco acabó bien. Para este hombre increíble, que siempre anteponía sus principios a su instinto de supervivencia, Nosotros fue sobre todo la novela que hizo añicos su vida. Por eso Orwell la describe como “una de las curiosidades literarias de esta época de quema de libros”.[24]

“Es posible que las historias más interesantes y más serias no sean las que he escrito, sino las que me han ocurrido”, escribió una vez Zamiatin.[25]

Evgueni Zamiatin estaba empeñado en hacerse la vida difícil. Nació el 1 de febrero de 1884 en la pequeña ciudad de provincias de Lebedyan y era un niño solitario al que le gustaban los libros. “Gógol era mi amigo”,[26] explicó más tarde, como si no necesitase a nadie más. En 1902, al terminar su periodo escolar en Vorónezh, recibió una medalla de oro por sus logros académicos. El inspector escolar le enseñó un panfleto escrito por un antiguo alumno de Vorónezh que había sido arrestado tres años antes por sus actividades revolucionarias: “Él también recibió una medalla de oro y ¿qué es lo que escribe? Por supuesto, ha acabado en la cárcel. Tengo un consejo para usted: no escriba, no siga por ese camino”.[27] Cuando contaba esta anécdota, Zamiatin añadía secamente: “Su advertencia no surtió efecto”.

Así es, al menos, como lo cuenta Zamiatin en uno de los tres bocetos autobiográficos que escribió para publicaciones rusas durante la década de 1920. No tiene importancia si la conversación se desarrolló de esa manera. Lo que importa es que esa es la historia que quería contar: la de un hombre que nadaba contra corriente costase lo que costase. Struve aseguraba que era “un eterno rebelde contra el orden establecido”.[28]

Zamiatin fue a estudiar Ingeniería Naval en el Instituto Politécnico de San Petersburgo y se encontró una ciudad agitada por las reuniones y manifestaciones radicales. “En aquella época, ser bolchevique significaba seguir la línea de la resistencia –escribió–, y yo era un bolchevique entonces”.[29] En esa década, la policía del zar le arrestó tres veces. Durante un periodo de exilio forzoso de la ciudad, comenzó a escribir ficción. “Si he encontrado mi lugar en la literatura rusa, se lo debo al departamento de la policía secreta de San Petersburgo”, diría con ironía más tarde.[30]

Durante la Primera Guerra Mundial, Zamiatin era un disidente conocido, pero también un ciudadano valioso, con unas habilidades que Rusia no se podía permitir perder. En marzo de 1916, fue enviado a Gran Bretaña para diseñar y construir barcos rompehielos para la Marina rusa. Encajó bastante bien. Un hombre esbelto, guapo y estiloso al que le gustaba vestir de tweed y fumar en pipa y que tenía, o eso pensaban sus amigos, la reticencia emocional de un inglés. Allí escribió Los isleños, una sátira afilada sobre el conformismo de clase media. Volvió a Petrogrado unas semanas antes de la Revolución de Octubre.[31] Para Zamiatin, que ya no era bolchevique, fue como si en febrero se hubiera lanzado una bomba y hubiera estado dando vueltas durante ocho meses antes de explotar. “Cuando por fin se disipó el humo de esta tremenda explosión, vimos que todo estaba patas arriba: la historia, la literatura, los hombres, las reputaciones”, escribió.[32]

Zamiatin tenía una concepción dialéctica de la historia. “Ayer, la tesis; hoy, la antítesis; y mañana la síntesis”, escribió en ‘Tomorrow’ (Mañana), un ensayo de 1919.[33] Pensaba que la síntesis política de Rusia, que garantizaría tanto la justicia social como la libertad individual, estaba por llegar. A esto le añadía la idea, del físico alemán Julius Robert von Mayer, de una lucha cósmica entre revolución, fuerza vital y entropía, que tiende a la inmovilidad y la muerte. Para Zamiatin, el dogmatismo era entropía política. “El eterno descontento es lo único que garantiza un eterno avance, una eterna creación –declaró–. Los que mantienen el mundo vivo son los herejes: el Cristo herético, el Copérnico herético, el Tolstói herético”.[34]

Zamiatin empezó a relacionarse con un grupo de escritores, encabezados por el crítico Razumnik Ivanov-Razumnik, que se denominaban a sí mismos los “escitas”, en honor a la tribu de nómadas que habían vivido en las estepas rusas dos mil años antes. No tardaron en distanciarse porque Zamiatin pensaba que decir que la Revolución de Octubre era la solución definitiva, convertir el bolcheviquismo en una nueva religión, era algo profundamente antiescita. El verdadero escita, insistía, era un rebelde perpetuo que “siempre trabaja pensando en el futuro remoto, nunca en el próximo, y jamás en el presente”.[35] Sus palabras resultan al mismo tiempo apasionantes y agotadoras. En medio de una larga y sangrienta guerra civil para defender la Revolución, casi nadie quería morir por un futuro remoto. Zamiatin se aseguró, por así decirlo, de que la nueva policía secreta bolchevique, la Cheka, le tuviera tanta antipatía como su predecesora zarista. Las revistas que se atrevían a publicar sus artículos combativos y sus relatos satíricos acabaron cerradas. En febrero de 1919, Zamiatin fue detenido, pero consiguió convencer a la policía de que le soltase y consiguió ganarse la simpatía y el apoyo de Maksim Gorki.

Zamiatin había conocido a Gorki al volver a Petrogrado, durante el caos de septiembre de 1917, por lo que siempre le asoció con el sonido de los tiroteos. Con su tos y su bigote amarilleado por el tabaco, Gorki, de cuarenta y nueve años, era el titán de la literatura rusa, idolatrado por su trascendental obra del realismo socialista Los bajos fondos (de 1902) y por apoyar desde un principio a los bolcheviques, lo que le valió una temporada de cárcel y exilio. Se enemistó con su viejo amigo Lenin en 1917, pero lo arreglaron al año siguiente y utilizaba su influencia para apoyar a aquellos escritores que vivían una situación más precaria.

Durante la guerra civil, cuando los rusos apenas podían comprar pan y combustible (mucho menos libros), los únicos escritores que podían ganarse la vida eran los de mentalidad propagandística. Lo que hizo Gorki, en palabras de Zamiatin, fue convertirse en “una especie de ministro de cultura extraoficial, que organizaba proyectos públicos para los intelectuales descarriados y muertos de hambre”.[36] Gorki era un puente entre los artistas y los burócratas y fundó varias organizaciones, como la Casa de las Artes, un palacio convertido en una residencia de escritores, y el Instituto de Literatura Mundial, una editorial que publicaba traducciones de obras clásicas con nuevas introducciones de escritores rusos. Recibía cientos de súplicas de las familias de los hombres detenidos por la Cheka y muchas veces iba en persona al Kremlin para pedir a Lenin su puesta en libertad.

En 1920, Zamiatin, cofundador de la Asociación Panrusa de Escritores, era el responsable de la sección de Petrogrado. “Si quiere permanecer con vida, el escritor que no puede volverse astuto tiene que arrastrarse a una oficina con un maletín”, escribió.[37] Los astutos eran los escritores flexibles en términos ideológicos que seguían la línea del Partido. “En el fondo hay que ser un acróbata”,[38] dijo Alekséi Tolstói, un aristócrata que se reinventó con soltura y se convirtió en un astuto adulador. Para Zamiatin esto suponía un suicidio artístico: “La verdadera literatura no puede existir cuando la crean esos oficiales diligentes y de confianza, sino los locos, los ermitaños, los herejes, los soñadores, los rebeldes y los escépticos”.[39] Era un hombre popular (“abierto, espabilado, trabajador, de buen trato”,[40] según un colega) y una fuente de inspiración para el grupo de jóvenes escritores experimentales conocido como Serapionovy Bratya (Hermanos Serapion). También era un poputchik, o “compañero de viaje”, término con el que Trotski designaba a los intelectuales que apoyaban los objetivos de la Revolución pero no eran miembros del Partido Comunista. Aunque los compañeros de viaje no eran muy apreciados, al menos eran tolerados… de momento.

Como miembro del consejo de planificación editorial del Instituto de Literatura Mundial, Zamiatin editó y escribió introducciones para varias obras de H. G. Wells y adoraba sus “cuentos de hadas químicos y mecánicos”[41] de una época de aeroplanos y asfalto. Cuando Wells visitó Petrogrado en 1920, Zamiatin hizo un discurso en su honor. En su ensayo de 1922, ‘H. G. Wells’, Zamiatin entendió, a diferencia de Orwell, que los grandes planes de Wells no eran más que un puente que se tambaleaba sobre un abismo de caos y violencia. “La mayor parte de sus fantasías sociales llevan el signo – y no el signo + –escribió Zamiatin–. Sus novelas sociofantásticas son instrumentos para explorar las deficiencias del orden social existente, más que para construir la imagen de un paraíso futuro”. Es decir, Wells utilizaba “los oscuros colores de Goya” y no “los colores empalagosos y rosados de una utopía” (con la excepción de Men like Gods).[42]

Su ensayo pone de manifiesto que tenía un amplio conocimiento de las utopías y la ciencia ficción, de Bacon a Swift, pero también de obras recientes inspiradas en Wells, como las del checo Karel Čapek (que acuñó el término robot en su obra teatral distópica R. U. R., que Orwell admiraba), las del polaco Jerzy Żuławski y las del ruso Alekséi Tolstói. En ese ensayo, Zamiatin solo hace una breve alusión a un libro que sus lectores no podían conocer porque todavía no había sido aprobado por los censores soviéticos (y nunca lo sería): “Nosotros, del autor de este ensayo”.[43]

 

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No es fácil saber si Orwell tomó sus ideas directamente de Zamiatin o si simplemente siguieron un razonamiento parecido. Describe a D-530 como “una criatura mediocre y convencional, una especie de utópico Billy Brown de la ciudad de Londres”,[44] una descripción que se podría aplicar a Winston Smith, pero también a Flory, Comstock y Bowling. Si la Policía del Pensamiento se parece a los Guardianes, ¿no podría ser porque ambas son versiones extremas de la policía secreta rusa? En una época en la que a Stalin se le llamaba “Uncle Joe” (tío Joe), ¿seguro que fue el Benefactor el que inspiró la figura del Hermano Mayor? Es verdad que la “extraña e irritante”[45] I-330, que fuma, bebe, disfruta del sexo y organiza encuentros clandestinos, sí que parece una precursora de Julia. S-4711, el misterioso jorobado que parece capaz de leer la mente de D-530, desempeña un papel parecido al de O’Brien. Y la forma en que D-530 se rinde al final tiene su eco en el amor que acaba sintiendo Winston por el Hermano Mayor. No debemos olvidar que Orwell escribió un boceto antes de leer Nosotros, pero Julia, O’Brien, el Hermano Mayor y la Policía del Pensamiento se le ocurrieron después de su lectura.

Aunque Orwell hubiera tomado de Zamiatin algunas partes de su estructura ficcional, su impulso filosófico era muy diferente. Cuando el Benefactor dice que la gente siempre ha querido “alguien que les diga de una vez por todas en qué consiste la felicidad y que luego les encadene a ella”,[46] suena más como el Mustafá Mond de Un mundo feliz o como el Gran Inquisidor de Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, famoso por defender que la pérdida de libertad es un precio que la gente está dispuesta a pagar por la felicidad. Orwell rechazaba esta idea. Cuando Winston imagina que O’Brien va a justificar el gobierno del Partido con el argumento de que “la humanidad tenía que elegir entre la libertad y la felicidad, y que la mayoría prefería la felicidad”,[47] es castigado por su estupidez. Los ciudadanos de Oceanía no son ni libres ni felices. La igualdad y el progreso científico, tan importantes en Nosotros, no tienen cabida en la dictadura estática y jerárquica de Orwell; la mentira organizada, esencial en 1984, no era una de las preocupaciones de Zamiatin.

Zamiatin tomó la ecuación 2 + 2 = 4 de otra novela de Dostoievski, Memorias del subsuelo, para representar el “muro de piedra”[48] de la racionalidad. El narrador de Dostoievski insiste en su libertad de decir otra cosa: “Después de ‘dos y dos son cuatro’ no queda, evidentemente, nada, no solo nada que hacer, sino incluso nada que saber”.[49] Una vez más, Orwell se opone. Cuando uno se enfrenta al misticismo y la locura deliberada, “la libertad consiste en poder decir que dos y dos son cuatro. Admitido eso, se deduce todo lo demás”.[50] Para Zamiatin y Dostoievski, la suma más simple se convierte en una jaula; para Orwell, en un ancla. Estas dos visiones del mundo son irreconciliables. Resulta revelador que Orwell se centrase en una nota breve y disonante de crueldad atávica: la Máquina del Benefactor que, en una “celebración de justicia” pública, reduce a los enemigos del Estado a un charco.

Lo que Orwell vislumbra en este ritual es similar a lo que le intrigaba en Jack London: “Esta percepción intuitiva de la cara irracional del totalitarismo (el sacrificio humano, la crueldad como fin en sí misma, la veneración de un líder con atributos divinos) es lo que hace que el libro de Zamiatin sea superior al de Huxley”.[51]

Orwell le dijo a Warburg que le parecía que Nosotros era “un eslabón interesante en la cadena de libros utópicos”.[52] Paremos un momento para seguir esa cadena.

Algunos críticos insisten en que Ayn Rand podría haber escrito su novela Himno en 1938 sin haber leído Nosotros. Cuesta creerlo. Quizá sea coincidencia que se inventase a Igualdad 7-2521, que escribe un diario secreto, y una ciudad resplandeciente y uniformada, los horarios inflexibles, los himnos estatales, la felicidad obligatoria, el interés amoroso angular, la huida al Bosque Inexplorado y la tensión entre el “yo” y el “nosotros”: “el monstruo que gravitaba como una nube negra sobre la tierra y ocultaba el sol a los hombres”.[53] Puede que sea solo mala suerte que Himno suene como una vulgar versión de una canción hermosa y extraña.

Rand huyó de Rusia en 1926, con veinte años, y se llevó consigo a Estados Unidos un odio al comunismo que la acompañó toda su vida. Escribió Himno en tres semanas en el verano de 1937 y dijo que la primera vez que había imaginado “un mundo futuro en el que no existía la palabra yo fue cuando estaba en la escuela en Rusia”.[54] Rechazada en Estados Unidos, la novela corta se publicó por primera vez en Gran Bretaña y Malcolm Muggeridge escribió en The Daily Telegraph que se trataba de “una espeluznante predicción del futuro, […] un grito de angustia tras un exceso de intolerancia doctrinaria”.[55]

En una carta a su editor, Rand escribió: “Es tan personal que, en cierto modo, es mi manifiesto, mi testimonio de fe. La esencia de toda mi filosofía”.[56] Como consecuencia de su anticomunismo militante, su opresiva sociedad colectivista no podía ser tan avanzada en términos tecnológicos como la de Zamiatin; optó por una tiranía primitiva e inepta, mucho menos inteligente que Igualdad 7-2521. Cuando huye al Bosque Inexplorado adopta el nombre de Prometeo y a él hace referencia el “himno” del título, a su diatriba grandilocuente sobre su propia excepcionalidad y sus planes para construir una ciudad aún más grande que la que ha dejado atrás. Se trata de una reescritura de Nosotros como mito capitalista de creación, en el que el paraíso es una zona en construcción. “Para ser libre, un hombre debe liberarse de sus hermanos –concluye–. Eso es la Libertad. Eso y ninguna otra cosa”.[57] El título provisional de la novela era Ego.

Rand vendió millones de ejemplares, fundó una escuela de pensamiento político llamada “objetivismo” y tuvo más influencia en la ideología de los políticos que ningún otro novelista del siglo xx, por lo que es probable que los aspectos narrativos de su libro fuesen más imitados que los de Nosotros. En THX 1138, el primer largometraje de George Lucas, de 1971, un ingeniero con un nombre alfanumérico escapa de una sociedad subterránea estrictamente reglamentada (“trabajar duro, aumentar la producción, evitar accidentes y ser feliz”)[58] y se encuentra solo bajo un sol desconocido. Lucas quiso transmitir “la impresión que me provoca Los Ángeles, exagerándola quizá un poco”[59] y darle un giro irónico al ineficiente Estado de Rand: los policías robot abandonan su misión de capturar a THX porque se han pasado de presupuesto. “La idea es que vivimos encerrados en jaulas, pero las puertas están abiertas, lo único que tenemos que hacer es salir”, explicó Lucas.[60]

No hay ninguna duda acerca de dónde sacó el grupo canadiense de rock Rush la idea de su disco 2112 publicado en 1976 en Anthem Records y dedicado “a la genialidad de Ayn Rand”.[61] El letrista Neil Peart dijo que era un ataque contra “cualquier tipo de mentalidad colectivista”.[62] En la pista colosal que da nombre al disco, un ciudadano de la despótica Federación Solar descubre una vieja guitarra y, con ella, el desaparecido arte del rocanrol. La misma idea se repite en We Will Rock You, el exitoso musical, kitsch y distópico, de Ben Elton y Queen. En él, un grupo de rebeldes del rocanrol, los Bohemios, empuñan sus instrumentos contra la corporación Globalsoft, que anestesia a la población de la Tierra (también conocida como el Planeta Ga Ga) con una cultura comercial homogénea, basada entre otras cosas en música generada por ordenador, muy parecida a la de la Fábrica Musical de Zamiatin. Resulta que el talón de Aquiles de Globalsoft es la música de Queen.

Aunque parezca irónico teniendo en cuenta que es una película que se basa en una marca de juguetes, en La Lego película también se ridiculiza el capitalismo. La primera secuencia, que muestra el comienzo de un día cualquiera para los habitantes de la sociedad automatizada de Bricksburg, es una versión de las Tablas de los Horarios de Zamiatin (“Cada mañana, con la precisión de seis ruedas, nosotros, millones, nos levantamos al unísono, a la misma hora y en el mismo instante. Millones empezamos y terminamos de trabajar al unísono, a la misma hora”),[63] pero en la película la rutina incluye pasar por una cadena de cafeterías al estilo de Starbucks. En Bricksburg, el equivalente al ‘Himno del Estado Único’ es ‘Everything is awesome’ (Todo es genial), una música animada y fanática. Igual que en Nosotros, la película junta a un técnico obediente que se topa con la revolución (Emmet Brickowski), una mujer revolucionaria (Wyldstyle), un dictador (el presidente Business) y la construcción de una superarma (el Kraguel) en una historia que promueve la imaginación individual por encima de la felicidad emocional del conformismo (revolución frente a entropía), todo ello construido con piezas de plástico.

El sinuoso camino que conduce de Lenin a Lego ilustra que las narrativas antiutópicas tienen la flexibilidad y la portabilidad de los mitos. No siempre está claro quién leyó qué ni cuándo, y las diferencias a menudo pesan más que los parecidos. Fijémonos en la película THX 1138, por ejemplo. Parece que Lucas toma su estructura narrativa de Zamiatin o Rand, las drogas para controlar la mente de Huxley, las telepantallas y el misterioso gobernante divino de Orwell, por no mencionar las ideas sacadas de Metrópolis, La vida futura Alphaville, la película de ciencia ficción de Jean-Luc Godard. Luego mezcla este mejunje de influencias con la cultura de la década de 1970 en Estados Unidos y lo junta con una considerable imaginación visual para producir una distopía con un sabor distintivo. Por supuesto, también Zamiatin estaba trabajando con material previo. Sus cifras de uniforme azul, sus ubicuos Guardianes y la violenta rebelión en una ciudad de cristal ya aparecen en Wells, sobre todo en Cuando el dormido despierte y ‘Una historia de los tiempos venideros’. Pero la historia no acaba aquí: aunque Rand negaba haber leído Nosotros, sugirió que Orwell la había plagiado a ella. En la revisión que hizo en 1953 de Himno para la primera edición en tapa dura en Estados Unidos, minimizó los horrores del Estado colectivista por temor a “dar a los lectores la impresión de que Himno no es más que otra sórdida historia al estilo de 1984 de Orwell (que, por cierto, se escribió muchos años después de que Himno se publicara en Inglaterra)”.[64]

Así que, en vez de entender las ideas distópicas como el resultado de unos genios individuales, las podríamos comparar con las canciones populares, que mutan al pasar de un individuo a otro, y de un contexto político a otro. “Mira todo lo que ha construido la gente –le dice Emmet al presidente Business–. Tal vez te parezca un caos. […] Lo que yo veo es gente que se inspira entre sí, y a la que tú también inspiras. Gente que coge lo que has hecho tú y lo transforma en algo nuevo”.[65]

Por mucho que le moleste a Ayn Rand, se trata de un esfuerzo colectivo. Volvamos a la mesa de Zamiatin en el Petrogrado de 1920. ¿Qué estaba intentando decir? En ‘Freedom and Happiness’, Orwell sugiere que la sátira de Zamiatin, escrita antes del ascenso al poder de Stalin, se dirige contra la Máquina y no contra el Bolchevismo. Sin embargo, según Gleb Struve, el escritor estaba especulando sobre el potencial totalitarista de la Rusia bolchevique, que ya era una dictadura de partido único con una policía secreta fuerte y una formidable maquinaria propagandística: “Su importancia reside en que es más profético que tópico”.[66] En una entrevista que dio Zamiatin en 1932 señala que ambos tienen razón: “La novela es una advertencia contra el doble peligro que amenaza a la humanidad: el poder hipertrófico de las máquinas y el poder hipertrófico del Estado”.[67]

La paranoia y la opresión que Orwell asociaba con Stalin ya habían echado raíces en Rusia en la época en la que Zamiatin es- cribió Nosotros. En su obra de teatro de 1922 Los fuegos de Santo Domingo, Zamiatin utiliza la Inquisición española para hacer una sátira del Terror Rojo; uno de los inquisidores hace un discurso con un regusto orwelliano: “Si la Iglesia me dijera que tengo un solo ojo, estaría de acuerdo, me lo creería. Porque aunque sepa con certeza que tengo dos ojos, sé con mayor certeza todavía que la Iglesia no puede equivocarse”.[68] Según el exiliado ruso Marc Slonim, “Zamiatin no podía decir que lo que veía a su alrededor fuera una revolución: la doctrina incrustada en la lava de la revolución, las ejecuciones inhumanas, la disciplina absurda, la creación de ideocracia en vez de autocracia”.[69]

Es evidente que para los censores bolcheviques el mensaje de Nosotros era inaceptable. No se publicaría en su país natal hasta 1988, cincuenta años después de la muerte de Zamiatin. El provocador título de la novela se burla de ese principio que resumió el poeta proletario Aleksandr Bezimenski: “El ‘nosotros’ colectivo ha acabado con el ‘yo’ individual”.[70] Y, lo que es aún peor, Zamiatin cuestiona la revolución. En un pasaje osado, I-330 explica por qué siempre es posible que haya otra revolución, cuando le pide a D-530 que le diga, como matemático, cuál es la última cifra.

—Pero I… Eso es absurdo. La sucesión de números es infinita, ¿cómo quieres que te diga el último?

—Entonces, ¿de qué última revolución me estás hablando? No existe ninguna revolución final, las revoluciones son también infinitas.[71]

Aquí vemos a Zamiatin, el escita, con su eterno “¿y ahora qué?”. Zamiatin citó este diálogo en el epígrafe de ‘On Literature, Revo- lution, Entropy, and Other Matters’ (De la literatura, la revolución, la entropía y otros asuntos), un impresionante ensayo que escribió en 1923 y en el que aplica su teoría de las revoluciones infinitas a las matemáticas, la física, el arte y la política. Se trata de una idea increíblemente potente y un anatema para los guardianes de la Revolución bolchevique. Incluso Gorki criticó Nosotros por ser “irremediablemente mala, completamente estéril. Su ira es fría y seca, como la de una solterona”.[72]

Zamiatin se pasó el resto de la década de 1920 con una espada de Damocles colgando sobre su cabeza. Muchos críticos radicales, que le consideraban un contrarrevolucionario burgués, culpable de “ridiculizar y humillar al pueblo de Octubre”,[73] estaban deseando verla caer. En 1922, Zamiatin fue uno de los muchos intelectuales detenidos por actividades indeseables y acabó en una celda del mismo corredor de la misma cárcel en la que le habían recluido en 1905. Cuando sus amigos intervinieron para evitar que lo de- portaran, se sintió muy decepcionado, tanto que él mismo solicitó oficialmente la deportación, sin éxito. Sabía lo que iba a pasar. En los años siguientes, cumplió sus obligaciones como traductor, editor y profesor. También se aventuró infructuosamente a escribir guiones para la industria cinematográfica, comenzó una novela épica que nunca terminaría y escribió una obra teatral, Atila, que se prohibió en todos los teatros. Sus cartas se censuraban, sus artículos eran rechazados por las revistas literarias. El olor a herejía ya nunca le abandonó.

Los horizontes de la literatura rusa se reducían sin parar. Cuando Lenin murió, en 1924, y Stalin (no Trotski) ocupó su lugar, se empezó a mirar con una desconfianza cada vez mayor a los compañeros de viaje. Gorki se pasó casi toda esa década en el extranjero, por lo que no podía ayudar a amortiguar los golpes. En 1925, un grupo de extremistas liderados por el crítico marxista Leopold Averbaj fundaron la Asociación Rusa de Escritores Proletarios (RAPP, por sus siglas en ruso), cuyos escribas de tercera categoría prosperaron a base de denunciar todo aquello que fuese poco fiable en términos políticos y de producir porquerías propagandísticas, como el cerdo Mínimus de Rebelión en la granja. Como escribió Orwell, “ciertos temas no se pueden celebrar con palabras y la tiranía es uno de ellos. Nadie ha escrito nunca un buen libro que elogie la Inquisición…”.[74] Esta era precisamente la mentalidad que había ridiculizado Zamiatin en su ensayo de 1921 ‘Paradise’ (Paraíso): “Todos se funden en un gris monofónico. […] ¿Cómo podría ser de otro modo? Al fin y al cabo, rechazar la banalidad implica salirse de las filas perfectamente ordenadas, violar la ley de la equidad universal. La originalidad es sin duda un delito”.[75] Durante el verano de 1928, Zamiatin fue enviado junto a Boris Pilniak, el novelista a cargo de la Asociación Panrusa de Escritores en Moscú, y otros escritores a granjas colectivas para que escribieran obras de ficción inspiradoras sobre la necesidad de acelerar la recogida del grano. La musa nunca apareció.

En diciembre de 1928, el Comité Central anunció el equivalente a un Plan Quinquenal de Literatura. Solo los escritores que celebrasen la “construcción del socialismo” serían considerados verdaderos escritores soviéticos y, evidentemente, Zamiatin no era uno de ellos. “Todo se nivelaba, se igualaba –escribió–. Todo desaparecía en el humo de la carnicería literaria”.[76] En privado, Gorki bromeaba diciendo: “En los viejos tiempos, el escritor ruso no tenía que temer más que al policía y al arzobispo; el funcionario comunista de hoy es las dos cosas a la vez; siempre está listo para poner sus patas inmundas en el alma ajena…”.[77] Averbaj, un demagogo calculador cuñado del futuro jefe del NKVD, Guénrij Yagoda, estaba decidido a acabar con los compañeros de viaje de la Asociación Panrusa de Escritores, empezando por los más brillantes. Vio la oportunidad en 1929, el “primer año de una decidida dictadura totalitaria en Rusia”,[78] según Hannah Arendt.

Nosotros se había publicado en inglés, en checo y en francés, pero Zamiatin había rechazado todas las propuestas para publicar el original ruso. En 1927, sin su permiso, un grupo de expatriados liberales de Praga publicaron extractos en ruso en la revista Volya Rossii (La Voluntad de Rusia). Zamiatin les pidió a los editores que no lo hicieran; le ignoraron. Parece que esto no le importó a nadie en Rusia hasta agosto de 1929, cuando la Asociación Rusa de Escritores Proletarios descubrió esta publicación no autorizada (o quizá la redescubrió en el momento más oportuno). Pilniak también se encontró en una posición vulnerable porque unos exiliados en Berlín habían publicado su novela El año desnudo. La asociación los acusó a ambos de colaboracionistas y la Gaceta Literaria publicó telegramas en los que se les atacaba por ser contrarrevolucionarios burgueses y desleales.

La sección de Moscú de la Asociación Panrusa cedió a la presión de inmediato, expulsó a Pilniak y censuró a Zamiatin. Este señaló con frialdad que, si tenían algún problema con Nosotros, deberían haber tomado cartas en el asunto seis años antes, cuando había leído algunos fragmentos de dicha novela en uno de los encuentros literarios de la asociación. El 22 de septiembre, la sección de Leningrado de la asociación celebró una reunión especial para investigar la publicación de Nosotros. La sala estaba tan llena, por curiosidad hacia el asunto Zamiatin, que tuvieron que echar a todos los que no fuesen miembros de la asociación. Zamiatin no estaba presente, pero se leyó su declaración de que no había participado en el incidente del Volya Rossii y muchos escritores le creyeron, muchos de los que le apreciaban y admiraban desde hacía años; pero en ese clima terrorífico era más fácil denunciarlo de todas formas. Víctor Serge, revolucionario y antiestalinista ruso, escribió con desprecio: “Mis amigos escritores votaron contra sus dos camaradas todo lo que les pidieron, a reserva de venir después a pedirles perdón en la intimidad”.[79] Aunque no se acusó a Zamiatin de colaboracionismo activo, la asociación lo condenó por no haber sido capaz de repudiar “las ideas que se expresan en la novela y que nuestra opinión pública considera antisoviéticas”.[80] Así que lo del Volya Rossii había sido solo un pretexto, Nosotros era un delito en sí mismo. Zamiatin, disgustado, se salió de la asociación, justo antes de que se purgase en su totalidad, se rebautizase y, más tarde, se destruyese. En su carta de renuncia, repite los detalles del caso en unos términos al estilo de Orwell: “Los hechos son obstinados, más obstinados que las decisiones. Cada hecho se puede confirmar por medio de documentos o personas. Quiero poner en conocimiento de mis lectores estos hechos”.[81]

Al borde del suicidio, Pilniak se retractó de sus supuestos pecados de forma tan exagerada y se humilló hasta tal punto que acabó siendo uno de los escritores más ricos de Rusia en la década de 1930. Zamiatin, en cambio, se mantuvo firme. “El delito de Zamiatin fue mantener su independencia intelectual y su integridad moral –escribió el periodista antiestalinista estadounidense Max Eastman en su obra Artists in Uniform (Artistas de uniforme)–. Como artista, se negó a acatar órdenes de una administración política”.[82]

Y pagó por ello. Los libros de Zamiatin dejaron de publicarse y se retiraron de las estanterías de las librerías, y sus nuevas obras fueron rechazadas sistemáticamente. La Enciclopedia de literatura soviética dice que Nosotros es “una injuria infame contra el futuro socialista”.[83] Un crítico de la Asociación Rusa de Escritores Proletarios listó sus pecados: “Una desconfianza total y absoluta hacia la Revolución, un escepticismo concienzudo y persistente, una desviación de la realidad, un individualismo extremo, una actitud claramente hostil hacia la cosmovisión marxista-leninista, la justificación de cualquier ‘herejía’, de cualquier protesta en nombre de la propia protesta, [y] una actitud hostil hacia los aspectos de la guerra de clases”.[84]

En junio de 1931, aún más desmotivado por una colitis crónica, Zamiatin le dio a Gorki una carta para que se la entregase a Stalin, en la que solicitaba permiso para marcharse de Rusia. Teniendo en cuenta lo delicado de su situación, la carta era muy desafiante. En ella dice que solo volverá a Rusia “en cuanto sea posible […] servir a la literatura con grandes ideas sin tener que actuar de lacayo de gente insignificante”.[85] Básicamente, escribe, se había publicado su “sentencia de muerte”:[86] si no podía escribir en Rusia, tampoco podía vivir allí.

Stalin era un hombre veleidoso y a veces perdonaba la vida a ciertas personas, sobre todo artistas, por razones que solo él conocía. Aceptó la solicitud de Zamiatin. En noviembre, se marchó de su patria para no volver.

Zamiatin tenía la intención de marcharse a Estados Unidos para escribir guiones para Cecil B. DeMille, pero nunca llegó allí. Se asentó en París, donde él y su mujer llevaron una vida solitaria y sin recursos. Evitaba a los muchos exiliados rusos de la ciudad y se negó a convertirse en una estrella excomunista. Como le había dicho a Stalin, “sé que aquí, debido a la costumbre que tengo de escribir según lo que me dicta mi conciencia y no por mandato alguno, me han proclamado como un escritor de derechas, mientras que allí es probable que tarde o temprano y por esa misma razón me tilden de bolchevique”.[87] Sin mucho éxito, escribió algunos relatos, novelas, obras teatrales, ensayos y guiones cinematográficos. Un proyecto para llevar Nosotros al cine se vino abajo y el único guion suyo que llegó a la gran pantalla fue una adaptación francesa de Los bajos fondos, de Gorki, con la que Jean Renoir ganó muchos premios en 1936.

Gorki nunca llegó a verla. Murió el 18 de junio de 1936, para decepción de muchos.[88] Dos años antes, Wells se había vuelto a encontrar con él y se sintió consternado: “No me gustó hallar a Gorki en contra de la libertad. Me hizo daño”.[89] En cambio, Zamiatin, en un obituario muy afectuoso, insistió en que había sido una fuerza protectora para muchos escritores vulnerables, entre los que él se incluía: “Decenas de personas le deben la vida y la libertad”.[90]

Mientras, en Rusia, amigos y enemigos de Zamiatin caían como moscas. Su antiguo camarada escita Ivanov-Razumnik pasó varios años en las cárceles de Moscú. La RAPP se cerró en 1932. “No quedó nada que recordase su reinado –escribió Eugene Lyons en Assignment in Utopia, excepto un montón de declaraciones y las cenizas de los artistas a los que habían llevado al suicidio o destrozado en el potro de la persecución”.[91] El torturador de Zamiatin, Leopold Averbaj, fue detenido y ejecutado en 1937, seguido de su cuñado, Yagoda. Pilniak (que una vez le dijo a Víctor Serge: “No hay un solo adulto inteligente en este país que no haya pensado que podía ser fusilado…”)[92] fue acusado de ser un espía japonés y ejecutado en 1938. En la Rusia de Stalin siempre había alguien más astuto que tú. La nueva doctrina literaria, el “realismo soviético”, era en esencia una forma de ficción utópica. Como señaló el periodista estadounidense Louis Fischer, su objetivo era “tratar el presente como si no existiera y el futuro como si ya hubiera llegado”.[93]

Al parecer, Orwell no sabía casi nada de la vida de Zamiatin. Si hubiese sabido más, si hubiese leído Nosotros una década antes, es posible que hubiese visitado al escritor ruso cuando pasó por París de camino a España. Una conversación con él podría haber acelerado su comprensión de Rusia y su interés por las antiutopías. Aunque quizá entonces ya era demasiado tarde. Zamiatin estaba muy enfermo con angina de pecho. Poco después del amanecer del 10 de marzo de 1937 (cuando, como escribió en Nosotros, la luz era “oro cálido rosado y translúcido”),[94] el corazón le dejó de latir. Tenía cincuenta y tres años. Un pequeño grupo de amigos le enterró bajo la lluvia. En Rusia, apenas fueron conscientes de su muerte.

Los ciudadanos del Estado Único de Zamiatin podían elegir entre una libertad dolorosa y caótica o la felicidad mecánica de la obediencia absoluta. Él, igual que Orwell, en verdad nunca pudo elegir. Era tan obstinado como los hechos.

Este texto pertenece al libro El ministerio de la verdad. Una biografía del ‘1984’ de George Orwell que, con traducción de Gema Facal Lozano, ha publicado Capitán Swing.

Notas:

[1] Zamiatin, Evgueni, ‘Carta a Stalin’ (1931), en Nosotros, Madrid: Akal, 2021, trad. de S. Hernández-Ranera, p. 8.
[2] Carta de Orwell a Gleb Struve, 17 de febrero de 1944, en CW XVI, 2421, p. 98.
[3] Orwell, ‘Freedom and Happiness’, p. 13.
[4] Carta de Orwell a Warburg, 22 de noviembre de 1948, en CW XIX, 3495, p.471.
[5] Shane, Alex M., The Life and Works of Evgenij Zamjatin, Berkeley: University of California Press, 1968, p. 140.
[6] Deutscher, ‘1984: el misticismo de la crueldad’, p. 54.
[7] Orwell, ‘As I please’, Tribune, 24 de enero de 1947, en CW XIX, 3158, p. 26.
[8] Morris, William, Commonweal, vol. 5, n.o 180, 22 de junio de 1889.
[9] Zamiatin, ‘Autobiography’ (1922), en Soviet Heretic, Londres: Quartet Books, 1991, trad. al inglés de Mirra Ginsberg, p. 4.
[10] Zamiatin, ‘Contemporary Russian Literature’ (1918), en ibid., p. 44.
[11] Zamiatin, Nosotros, p. 84.
[12] Ibid., 277.
[13] Ibid., p. 279.
[14] Zamiatin, ‘OnLiterature, Revolution, Entropy, and Other Matters’ (1923), en Soviet Heretic, pp. 111-112.
[15] Shane, The Life and Works of Evgenij Zamjatin, p. 92.
[16] Zamiatin, Nosotros, p. 33.
[17] Ibid., p. 43.
[18] Este humorista británico era muy famoso en Rusia. Según el historiador Brian
Moynahan, “en los quioscos de todas las estaciones de Moscú a Harbin había un ejemplar de Tres hombres en una barca, de Jerome K. Jerome” (Moynahan, Brian, Comrades 1917: Russia in Revolution, Boston: Little, Brown and Co., 1992, p. 5).
[19] Zamiatin, Nosotros, p. 183. 162
[20] Ibid., p. 67.
[21] Orwell, ‘Freedom and Happiness’, p. 14.
[22]Zamiatin, Nosotros, p. 233.
[23] Ibid., 294.
[24] Orwell, ‘Freedom and Happiness’, p. 13.
[25] Zamiatin, ‘Autobiography’ (1922), en Soviet Heretic, p. 4.
[26] Zamiatin, ‘Autobiography’ (1924), en ibid., p. 5.
[27] Zamiatin, ‘Autobiography’ (1929), en ibid., p. 9.
[28] Struve, Gleb, 25 Years of Soviet Russian Literature (1918–1943), Londres: George Routledge & Sons, 1944, p. 22.
[29] Zamiatin, ‘Autobiography’ (1929), en Soviet Heretic, p. 10.
[30] Zamiatin, ‘Autobiography’ (1922), en ibid., p. 4.
[31] San Petersburgo pasó a llamarse Petrogrado en 1914 y Leningrado en 1924, para volver a su nombre original en 1991.
[32] Zamiatin, ‘Moscow–Petersburg’ (1933), en ibid., p. 144.
[33] Zamiatin, ‘Tomorrow’ (1919), en ibid., p. 51.
[34] Idem.
[35]Zamiatin, ‘Scythians?’ (1918), en ibid., p. 22.
[36] Zamiatin, ‘Maxim Gorky’ (1936), en ibid., p. 250.
[37] Zamiatin, ‘I am afraid’ (1921), en ibid., p. 57.
[38] Citado en Amis, Martin, Koba el Temible, Barcelona: Anagrama, 2004, trad. de Antonio-Prometeo Moya, p. 141.
[39] Zamiatin, ‘I am afraid’ (1921), en Soviet Heretic, p. 57.
[40] Weitzel Hickey, Martha, The Writerin Petrograd and the House of Arts, Evanston: Northwestern University Press, 2009, p. 137.
[41] Zamiatin, ‘H. G. Wells’ (1922), en Soviet Heretic, p. 259.
[42] Ibid., p. 287.
[43] Ibid., p. 290.
[44] Orwell, ‘Freedom and Happiness’, pp. 14-15. Orwell lo compara con un personaje de dibujos animados utilizado en los carteles de los transportes londinenses durante la Segunda Guerra Mundial. (N. de la T.).
[45] Zamiatin, Nosotros, p. 38. 168
[46] Ibid., p. 271.
[47] Orwell, 1984, p. 277.
[48] Dostoievski, Fiodor, Memorias del subsuelo, Madrid: Cátedra, 2006, trad. De Bela Martinova.
[49]  Idem.
[50] Orwell, 1984, p. 91.
[51] Orwell, ‘Freedom and Happiness’, p. 15.
[52] Carta de Orwell a Warburg, 30 de marzo de 1949, en CW XIX, 3583, p. 72.
[53] Rand, Ayn, Himno, Barcelona: Planeta, 2020, trad. De Verónica Puertollano, p. 81.
[54] Mayhew, Robert (ed.), Essays on Ayn Rand’s Anthem, Washington D. C.: Lexington Books, 2005, p. 119.
[55] Ibid., p. 56.
[56] Ibid., p. 24.
[57] Rand, Himno, p. 85.
[58] Lucas, George (director), THX 1138, 1971.
[59] Citado en Baxter, John, George Lucas: A Biography, NuevaYork: Harper Collins, 1999, p. 104.
[60] Idem.
[61] Rush, 2112. Anthem Records, 1976. [Anthem es el título original de la novela de Rand. (N. de la T.)].
[62] Kordosh, J., ‘Rush. But Why Are They in Such a Hurry?’, Creem, junio de 1981.
[63] Zamiatin, Nosotros, p. 45.
[64] Mayhew (ed.), Essays on Ayn Rand’s Anthem, p. 26.
[65] Lord, Phil y Miller, Christopher, La Lego película, 2014.
[66] Carta de Gleb Struve a Tribune, 25 de enero de 1946, en CW XVIII, 2841, p. 16.
[67] Les Nouvelles littéraires, n.o 497, 23 de abril de 1932.
[68] Citado en Richards, D. J., Zamyatin: A Soviet Heretic, Cambridge: Bowes & Bowes, 1962, p. 43 [trad. cast.: Zamiatin, Los fuegos de Santo Domingo, Córdoba: Berenice, 2014, trad. de Rafael Torres].
[69] Hillegas, The Future As Nightmare, p. 105. 174.
[70] Mayhew (ed.), Essays on Ayn Rand’s Anthem, p. 139.
[71] Zamiatin, Nosotros, p. 226.
[72] Shane, The Life and Works of Evgenij Zamjatin, p. 27.
[73] Ibid., p. 59.
[74] Orwell, ‘The Prevention of Literature’, Polemic, enero de 1946, en CW XVII, 2792, p. 378.
[75] Zamiatin, ‘Paradise’ (1921), en Soviet Heretic, p. 65. 176.
[76] Zamiatin, ‘Moscow-Petersburg’, en ibid., p. 153.
[77] Serge, Víctor, Memorias de un revolucionario, Madrid: Traficantes de sueños, 2019, trad. de Tomás Segovia, p. 356.
[78] Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 331.
[79] Serge, Memorias de un revolucionario, p. 356.
[80] Shane, The Life and Works of Evgenij Zamjatin, p. 74.
[81] Citado en Eastman, Max, Artists in Uniform, Crows Nest: G. Allen & Unwin, 1934, p. 87.
[82] Ibid., p. 85.
[83] Struve, 25 Years of Soviet Russian Literature, p. 130.
[84] Shane, The Life and Works of Evgenij Zamjatin, p. 75.
[85] Zamiatin, ‘Carta a Stalin’, prólogo de Nosotros, p. 12.
[86] Ibid., p. 11.
[87] Ibid., p. 12.
[88] Corrieron rumores de que Gorki había sido envenenado por orden de Stalin como preparación para los juicios que marcaron el comienzo de la Gran Purga de agosto de ese año.
[89] Wells, Experimento en autobiografía, p. 747.
[90] Zamiatin, ‘Maxim Gorky’, en Soviet Heretic, p. 254.
[91] Lyons, Assignment in Utopia, pp. 494-495.
[92] Serge, Memorias de un revolucionario, p. 360.
[93] Crossman (ed.), The God that failed, p. 208.
[94] Zamiatin, Nosotros, p. 123.

 

 

Dorian Lynskey (Norwich, Reino Unido, 1974) es periodista musical de The Guardian y escritor especializado en la intersección entre cultura popular y política. Ha colaborado también con The Observer, GQ, Q, Empire, Billboard y The New Statesman. Es el presentador del popular pódcast sobre el Brexit Remainiacs. Es autor del aclamado libro 33 revoluciones por minuto. Historia de la canción protesta (Malpaso, 2015), una historia cultural de la música como herramienta de participación política a lo largo del siglo xx. Ha sido galardonado con el premio New Musical Express (NME) al mejor libro del año y fue reconocido como el mejor libro de música de 2011 por el Daily Telegraph. El ministerio de la verdad (2019) ha sido incluido en la lista de candidatos al Baillie Gifford Prize y del Orwell Prize of Political Writing. Lynskey ha sido también crítico musical de Big Issue durante tres años y ha trabajado como freelance. Es autor de The Guardian Book of Playlists (Aurum, 2008), una colección de sus populares columnas ‘Readers Recommend’ escritas para The Guardian, y presentó el pódcast Oh God, What Now?

1 COMENTARIO

  1. Enhorabuena por este excelente artículo que rescata al imprescindible distopista Evgeni Zamiatin, injustamente olvidado.
    Me gustaría añadir simplemente que, si bien la influencia de Zamiatin en Huxley y Orwell es evidente, creo que la obra que más influyó en ambos es «Señor del mundo», del también inglés (y todavía más olvidado que Zamiatin) Robert Hugh Benson. El futuro con grandes bloques enfrentados en guerras, el sátrapa totalitario y global aupado al poder tras ejercer el falso papel de mediador que evita una guerra global, la sustitución de cultos, la manipulación a través del lenguaje… Todo eso está ya el la distopía canónica de Benson, que además es la primera del siglo XX reconocible como tal.

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