«El misántropo»: la ciudad no es para mí

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Salvo fallo de mi memoria (cosa no demasiado rara), no recuerdo haber visto representada antes ninguna obra de Menandro. Jesús Cimarro, director del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, me aseguró, tras el estreno de este espectáculo dirigido por Carol López, que era la primera vez que se montaba El misántropo en España. No he encontrado ninguna referencia que desmienta esta afirmación, por lo que hay que subrayar a priori el interés de esta iniciativa, pues el campo de la comedia clásica suele estar acaparado en la programación de los festivales por el gigante Aristófanes, gran campeón de la comedia antigua griega, y el latino Plauto, inspirador de argumentos de Bocaccio, Shakespeare y Moliére, y que a su vez, como su colega Terencio, se inspiró en Menandro (342 a. C. – 292 a. C.), máximo representante en Grecia de la denominada comedia nueva.

Jesús Castejón y Beatriz Carvajal, el misántropo y su tentadora vecina (Fotografía: Jero Morales / Festival de Mérida)

Este autor ateniense era un chico de familia bien que pudo llevar una vida alejada de apreturas económicas y moverse con soltura en círculos intelectuales (su madre, Hegesístrata, era hermana del dramaturgo de la comedia media –el juego de palabras es involuntario– Alexis de Turio, y él mismo fue amigo de Epicuro y Zenón de Citio), lo que le tal vez lo ayudara a triunfar en el teatro, donde consiguió ocho premios (cinco en las fiestas Dionisias y tres en las Leneas), aunque no fue el preferido del público de su época, que se inclinó por el más veterano Filemón, otro de los nombres destacados de la comedia nueva junto a Dífilo. Los reiterados triunfos de Filemón, que murió centenario en el 262 a. C., hacen pensar a algunos especialistas que Menandro, más sutil dramáticamente y de mayor recorrido humanístico que su rival, pudo sufrir algún tipo de postergación política (parece que siempre ha habido autores más del régimen que otros). Según la tradición conservada, el autor ateniense, que se dice padecía de estrabismo, murió ahogado mientras nadaba cerca del puerto de El Pireo.

Alejandro Pau y María Ordóñez, los enamorados de la función (Fotografía: Jero Morales / Festival de Mérida)

Menandro, que escribió al parecer más de cien comedias, aunque solo algunas se conservan más o menos completas, resume y explicita los rasgos principales de la comedia nueva: tramas verosímiles relacionadas con la vida cotidiana y, por tanto, alejadas de los grandes relatos heroicos (problemas entre padres e hijos, amoríos dificultosos por motivos sociales, personajes de corte popular que parecen sacados de las calles de Atenas…), respeto por los preceptos aristotélicos, reducción del papel del coro a mero ilustrados musical de los intermedios entre actos y un inveterado optimismo que propicia los finales felices, por supuesto con boda de por medio y a ser posible mecidos por la música del azar.

Con El misántropo, la única de sus obras que se conserva íntegra, ganó Menandro el primer premio en el certamen de las Leneas, en el año 317 a. C.- 316 a. C. El protagonista es un viejo gruñón, Cnemón, que vive dedicado a las faenas agrícolas y alejado de los convencionalismos sociales de la ciudad en compañía de la hija que tuvo con una viuda que aportó un hijo al matrimonio, Gorgias. El caprichoso dios Pan, que tiene un santuario junto a la casa del gruñón que abomina del género humano, enreda para que el joven urbanita Sóstrato se enamore de la Muchacha (no se le da nombre en la obra) y el misántropo, que necesita la ayuda ajena para ser sacado de un pozo en el que ha caído, escarmiente y aprenda a apreciar a sus semejantes. Intervienen también un par de esclavos, un cocinero (Sicón), una vieja criada y Calípides, padre de Sóstrato. En el final feliz, los enamorados terminan unidos y Gorgias se casa a su vez con una hermana de su cuñadastro, si es que esta palabra existe.

Ángel Ruiz, el gurú Sicón, y Beatriz Carvajal, la propietaria de un hotelito rural en la campiña griega (Fotografía: Jero Morales / Festival de Mérida)

Carol López y Xus de la Cruz, adaptadores de la obra, demuestran conocer bien el argumento original, pues hay algún diálogo que se ajusta a la traducción de Pedro Bádenas de la Peña –publicada por Gredos en 1986 en un volumen con comedias del autor y reeditada por Planeta en 1996; yo he consultado también el tomo dedicado al teatro griego por Edaf en 1970, que recoge la traducción de Andrés María del Carpio de 1960– y conservan razonablemente la raspa del enredo primigenio. La por otra parte libérrima adaptación introduce elementos bizarros y disparatados para acercar la obra al supuesto gusto del público de nuestros días. Así, Cnemón ve su tranquilidad hecha añicos por la inauguración de un hotelito rural concebido como retiro espiritual para urbanitas; su propietaria es Mirrina (nombre tomado de otra obra de Menandro, El labrador), madre de Sóstrato, y lo dirige Sicón, que en vez de cocinero es gurú del asunto ataviado con turbante y túnica anaranjados. Hay guiños a la diversidad sexual (Sicón y Gorgias se hacen ojitos), un inicio de romance entre Cnemón y Mirrina, y una decidida apuesta por el empoderamiento femenino, pues la Muchacha exige tener nombre en la obra, eligiendo finalmente el de Glícera, que, miren por dónde, era como se llamaba la amada con la que Menandro, en tiempos de infortunio político, se retiró a El Pireo. Glícera era una hetaira, figura que en la antigua Grecia iba más allá del concepto de prostituta, pues eran mujeres distinguidas, independientes, con cierto poder social, educadas, respetadas, que tenían formación artística y podían ejercer de acompañantes y contertulias muy valoradas en las reuniones entre hombres, vedadas por lo general al resto de sus conciudadanas; se me ocurre que podrían guardar cierto paralelismo con las geishas de Japón. Hay también algún anacronismo no sé si consciente, pues resulta del todo imposible que Cnemón cultivara patatas en el siglo IV antes de Cristo, pues como se sabe este tubérculo es originario de América del Sur.

Vista general de uno de los momentos finales del espectáculo. De izquierda a derecha: Carlos Troya, Alejandro Pau, María Ordóñez, Ángel Ruiz, aquí como Pan, Beatriz Carvajal y Jesús Castejón (Fotografía: Jero Morales / Fest

El montaje, dirigido con soltura por López, que busca por encima de todo la comicidad inmediata, alberga animados números musicales como la formidable versión misantrópica de A mi manera que canta el estupendo Jesús Castejón (Cnemón) poseído por el espíritu de Sinatra o el enardecido Gloria que, a la mayor ídem de Umberto Tozzi, interpreta la energética María Ordóñez mientras pasa a ser Glícera. Los actores están bien entonados en la clave cómica del espectáculo; además de los citados, Beatriz Carvajal compone una atinada Mirrina con uno de los más inteligentes momentos metateatrales de la función cuando confiesa hacerse un lío al interpretar un texto griego en un teatro romano; el versátil Ángel Ruiz, tan buen actor y tan buen cantante, perfila al todopoderoso Pan y un amaneradísimo Sicón (registro, me viene ahora a las mientes, muy criticado en la actualidad al juzgar las comedias de, por ejemplo, Mariano Ozores y otros cineastas del desarrollismo); y Alejandro Pau y Carlos Troya son, respectivamente, unos eficacísimos Sóstrato y Gorgias que explotan con buen sentido los matices hilarantes de sus personajes. Entonados también la realista escenografía campestre de Alessio Meloni, el imaginativo vestuario de Pier Paolo Alvaro y la restallante iluminación de Felipe Ramos. El público que casi llenaba el recinto aplaudió con ganas a todos los oficiantes del montaje.

Título: El misántropo. Autor: Menandro. Adaptación: Carol López y Xus de la Cruz. Dirección: Carol López. Escenografía: Alessio Meloni. Iluminación: Felipe Ramos. Vestuario: Pier Paolo Alvaro. Composición musical: Dani Peña. Coproducción: Festival Internacional de Teatro de Mérida y LAZONA. Dirección de producción: Miguel Cuerdo. Intérpretes: Beatriz Carvajal, Jesús Castejón, Maria Ordóñez, Alejandro Pau, Ángel Ruiz y Carlos Troya . 68 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro Romano de Mérida (Badajoz). 13  de julio de 2022.

 

Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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