
Lo válido del mito es su vigencia. Sobre el solar versátil de su leyenda, muchas veces repleta de versiones contradictorias (y el mito de Teseo abunda mucho en esto), la figura mítica incrusta en el futuro indelebles enseñanzas como reflejo de la conducta, ofreciendo así una gran metáfora que sirva de ejemplo, de modelo a seguir con el fin de enmendarnos, aunque al cabo resulte que los modos de obrar siempre tiendan a mantenerse empecinados en sus errores, estorbando los ideales.

En la leyenda mítica, cualquier detalle, aun anecdótico, contribuye a fijar el objetivo férreo del personaje; y esos detalles, que enseguida devienen figuras literarias, imágenes, mitemas, no son ni más ni menos que una compleja y misteriosa álgebra accionada por el destino para forjar el mito y un raudal fértil de conclusiones y moralejas. En la panoplia imaginativa en la que se inserta el mito de Teseo, el héroe es un muchacho que se cría en Trecén, porque su padre, Egeo, rey de Atenas, de regreso a su patria después de consultar infructuosamente el oráculo, es hospedado por Piteo, quien lo emborracha y le induce a acostarse con su hija Etra, quien esa misma noche también yace con Poseidón, dios del mar. Por eso Teseo puede usar, según le convenga, la ambivalencia de ser hijo de mortal o de dios (sin este último requisito, en la mitología antigua no se puede ser héroe).
Llegada su “hora”, y portando la espada de su padre, que aún no sabe de su existencia, Teseo inicia su misión de camino hacia Atenas no en un cómodo viaje por mar sino por tierra, intrépidamente, limpiando de bandidos el istmo de Corinto, aplicando la ley del Talión al modo de los trabajos hercúleos, ya que no en vano Heracles es su encumbrado primo mayor. Ya en Atenas ha de afrontar las perversas maquinaciones de Medea, la maga, mujer de su padre, que sabiendo quién es Teseo, legítimo heredero de un Egeo que se suponía estéril, decide envenenarlo para evitar que usurpe el trono a su hijo Medo. Menos mal que el brutote Teseo saca la espada para cortar la carne, y su padre, reconociéndolo, llega a tiempo de dar un manotazo a la copa del veneno, a la vez que expulsa a Medea de Atenas.

Sin duda, el episodio más célebre de la leyenda de Teseo es su combate triunfal sobre el Minotauro, hijo de Minos, rey de Creta (aunque en realidad ese animalito era hijo de su esposa Pasífae y Tauro, uno de sus generales). El monstruo devoraba regularmente a siete doncellas y siete efebos atenienses entregados por Egeo a Minos como tributo de guerra. Teseo soluciona el problema ofreciéndose como uno de los jóvenes de la comitiva (no sin antes demostrar a Minos que era hijo de Poseidón) con el propósito de vencer al Minotauro apresado en el infalible laberinto diseñado por el ingeniero Dédalo. Logra matar al monstruo a puñetazos, pero el éxito de la empresa era salir del laberinto, cosa que hace con la inestimable ayuda del ovillo de Ariadna, hija de Minos, quien, enamorada de Teseo, le brinda tan excelente servicio a cambio de que la lleve con él a Atenas.
Teseo así lo cumple, pero a la primera de cambio, en Naxos, la deja tirada en la desierta isla, mas pronto la rabia de Ariadna es resarcida por la presencia del dios Dionisos, que se casa con ella y la deifica. Bien, aquí ya podríamos sacar una enseñanza presentándosela como una admonición a todo hombre obstinado que creyendo poder dominar a la mujer en cualquier circunstancia, al final sufre grandes pérdidas de las que mucho se lamenta. Continuando el viaje a Atenas, a Teseo le remuerde la conciencia por haber dejado plantada a la bella Ariadna; y sin duda le jode que ella se sienta agasajada y recompensada por el borracho dios.
Egeo le había indicado a su hijo que, de vencer al Minotauro, sustituyese las habituales velas negras de la nave por una blanca, y así sabría del éxito o fracaso de la empresa. Pero Teseo, bien pesaroso por su proceder con Ariadna, bien ensoberbecido por el triunfo, olvida esta recomendación del padre quien, intranquilo sobre un promontorio y avistando el mar, creyendo que Teseo ha sido devorado por la astada fiera con cuerpo humano, desesperado se arroja al agua, a ese mar que a partir de entonces lleva su nombre. En esta situación, la leyenda puede significar que el ambicioso Teseo mantiene a sabiendas las velas negras en su barco con el fin de que el padre muera para poder ocupar inmediatamente el trono de Atenas. Un proceder no extraño en muchos gobernantes de la historia.
Teseo, “héroe politizado”; así define Carlos García Gual a nuestro personaje en su cabal “Diccionario de mitos”, donde acierta a reproducir el relato sinóptico (en clara traducción de Margarita Rodríguez) que de Teseo da el mitógrafo tardío Apolodoro, y al que nosotros ahora seguimos. Nada más proclamarse rey de Atenas, Teseo eleva de nivel la constitución política de la ciudad y es celebrado como gran rey del Ática, unificando las dispersas tribus mediante el sinecismo (federación), a la vez que promulga justas leyes que protejan a los más débiles. Incluso Teseo abdica de su condición regia proponiendo una democracia, pero —actuando como muchos de los llamados salvadores de la patria— se reserva para sí las altas magistraturas militar y judicial. Estos hechos confieren a Teseo su más alto valor, debido a su tesón, a su sagacidad y a sus prácticos planteamientos político-sociales que han de servir como espejo en el devenir.

Pero a partir de aquí, como pasa siempre, comienza su decadencia, una última trayectoria desgastada por afanes guerreros (lucha contra las Amazonas y los Centauros), alguno muy insensato, como la pendencia con los Dioscuros por el rapto de Helena; cosecha amargos sinsabores (muerte de su hijo Hipólito provocada por Fedra, su mujer, hermana de Ariadna), y una necia ausencia de cuatro años en el Hades hace que Menesteo ocupe el poder en Atenas obligándole al destierro en Esciro, donde su rey, Licomedes, fingiendo hospitalidad, lo asesina a traición. No obstante, después de muerto en la leyenda, Teseo es revitalizado fervientemente por los atenienses, iniciándose desde entonces su verdadera mitificación.
Recomiendo la lectura de los avatares de Teseo en los capítulos correspondientes del libro Los mitos griegos de Robert Graves (el autor de la novela Yo, Claudio, base de la célebre serie televisiva del mismo nombre que fue, hace años, muy vista), obra que dona puntuales notas de las fuentes bibliográficas y detalladas aclaraciones etnológicas. Fue publicada en confortable edición de bolsillo, en dos tomos, por Alianza Editorial; yo supongo que aún se puede encontrar en el mercado, en Iberlibro o en librerías de lance.
El mito de Teseo cubre un enorme campo referencial y a él se alude en innumerables textos. Muchos son los autores que han glosado y biografiado su figura; la lista sería interminable: el propio Homero, el mismísimo Virgilio, Baquílides, Tucídides, Ovidio, Higinio, Apolodoro, Plutarco… Este último autor latino, en la amenísima biografía dedicada a Teseo, incluida en sus Vidas paralelas, lo empareja con Rómulo diciendo que ambos nacen de un modo ilegítimo y oscuro, ostentando una fama de hijos de dioses. “Ninguno de los dos —relata Plutarco— logró escapar al infortunio en lo privado y a la venganza familiar”. La prosa de Plutarco es luminosa y diáfana. Con un preclaro estilo nos cuenta cómo los componentes de la partida de Teseo, al volver triunfantes de Creta, se detienen en Delos y allí ejecutan la complicada danza de la grulla, conmemorando la reciente victoria; “a imitación de las revueltas y salidas del Laberinto —escribe—, se interpreta en un ritmo formado por alternancias y rodeos”. A Plutarco, como señala García Gual, le interesa el aspecto moral de su biografiado, afinando en trazar “el esquema de ascensión, apogeo y decadencia del héroe”.
El florentino Roberto Calasso (1941) acomete en su fresca obra dulcemente ensayística “Las bodas de Cadmo y Harmonía (publicada, en traducción de Joaquín Jordá, por Anagrama) una gran narración urdida de transparentes interpretaciones donde los dioses adoptan las miserias y grandezas de la conducta humana. Uno de los hilos conductores del relato calassiano es Teseo, “criatura de Apolo”; en esas páginas también se alude, como en la obra de Plutarco, a la danza de la grulla, baile simbólico “que contiene cifrado el secreto del laberinto”.
El mito de Teseo, por consiguiente, se inscribe en abundancia en la vasta producción de las artes y las letras. El arte decorativo, en vasijas y cráteras, reproduce desde muy pronto escenas del mito, al igual que lo reproducen elementos arquitectónicos, tal el frontón del templo de Zeus en Olimpia, o los frescos pompeyanos. Importantes pintores han acudido a este tema mitológico plasmado en lienzos de Rubens, Tintoretto, Tiziano, Picasso, Pollock y muchos más.
La creación musical igualmente ha estado inspirada en muchas ocasiones por este ámbito mítico. El nombre de Teseo se incluye en títulos de óperas de Händel, Lully, Milhaud. Como música incidental, el dramaturgo barroco Juan Bautista Diamante incorpora en su obra “El Laberinto de Creta”, publicada en 1667, dos cantos entonados por los personajes Ariadna y Fedra: “No, no prosigas” y “Veneno de los sentidos”, de significativo título, como subraya la musicóloga Milagros Espido Freire. El tema de Ariadna atrae a muchos compositores, y obras de Monteverdi, Massenet, Richard Strauss, entre otros, así lo atestiguan. En el Teatro Monumental de Madrid tuvo lugar el estreno absoluto de Nueva visión del Minotauro, del compositor Miguel Franco, sobre pinturas de José Lucas.
Y abundantísima es la inclusión del mito de Teseo en la literatura. Chaucer, Dante, Bocaccio, Petrarca, lo evocan en sus magnos textos. Dramaturgos lo adaptan para la escena, como Tirso, Calderón, Lope, entre los españoles. Racine escribe una Fedra y William Shakespeare, en El sueño de una noche de verano, traslada a una corte británica del siglo XVI, y en clave de comedia, personajes como Teseo, duque de Atenas, Egeo, padre de Hermia, o Hipólita, reina de las Amazonas, prometida a Teseo.
Autores posteriores, como Eliot, Rilke y Gide, también lo han recreado. Julio Cortázar, en su poema dramático Los Reyes, actualiza el episodio del Minotauro desde una novedosa perspectiva, confiriendo a los personajes una condición de antihéroes, víctimas de los juegos del tiempo y los cánones de la razón. Por supuesto, el teatro clásico griego cuenta con varios títulos que giran en torno a la existencia de Teseo, como Edipo en Colona, de Sófocles, o el Hipólito de Eurípides, de donde arranca Séneca para tramar su Fedra.
Muy hermosas son tres ficciones creadas alrededor del mito: el poema 64 del Libro de Catulo, donde el poeta de Verona narra el abandono de Ariadna en Naxos, argumento que sirve de fuente a Ovidio para crear su heroida “Ariadna a Teseo”, un poema en que la heroína habla con un expresivo despecho. Ovidio ya había fabulado el tema en las Metamorfosis, extendiéndolo al Arte de amar y a los Fastos. En su libro El Aleph, de 1949, Jorge Luis Borges incluye el breve y suculento relato “La casa de Asterión”, donde el Minotauro anula su monstruosa voracidad, satisfecho con la venida de su redentor. En la frase final, Borges hace hablar así al héroe: “¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—, el Minotauro apenas se defendió”.
El mito de Ariadna constituye uno de los problemas centrales en Nietzsche; y Ariadna, para él, simboliza el paso de la negación (abandonada por Teseo) a la afirmación (acogida por Dionisos). Y este paso del Alma (lo femenino: Ariadna) desde lo masculino negativo, significa en la filosofía nietzschiana el Eterno Retorno, activo, afirmativo. Sin ser nombrado, Teseo protagoniza el texto “Los sublimes”, en el libro II de Zarathustra, quien lo llama “solemne, un penitente del espíritu”. Para Gilles Deleuze, “los caracteres del hombre sublime coinciden en general con los atributos del hombre superior”, un hombre grave, propenso a llevar cargas, incapaz de reír y dado a la venganza; opuesto a Ariadna alígera, redimida por Dionisos. Nietzsche encuentra en Teseo al superhombre.
Con todo, el mito sigue vivo.





