El mono, la compasión y los nazis

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La sindicalista española
Federica Montseny era contundente en las páginas de la Revista Blanca al denunciar el retorno de los bárbaros: “lo han conseguido ya. Erik Müsham es una sombra
del hombre que era: sus mismas facultades mentales están quebrantadas y su
razón peligra”. Müsham, un conocido poeta anarquista alemán, estaba recluido en
uno de los primeros campos de concentración creados por el régimen
nacionalsocialista, el de Sachsenhausen. Precisamente allí fue donde terminaron
una decada después doscientos españoles, entre los que destacaba un anciano
Largo Caballero.

 

Erich Müsham había nacido
en el seno de una familia judía berlinesa. El padre había pretendido que su
hijo siguiera sus pasos en la profesión famacéutica, pero desde joven se decantó más por la literatura y la política. De esta forma, y contra las
prohibiciones familiares, preparó una publicación socialista que causó su
expulsión de la universidad. Comenzó entonces una intensa actividad literaria
en defensa del movimiento anarquista. Por ello, durante la Gran Guerra fue arrestado por sus opiniones antimilitaristas y,
tras su liberación, terminó siendo uno de los insurrectos que proclamaron una
efímera y revolucionaria República de Baviera (1918), en la que fue nombrado
comisario del pueblo. Por su importancia en la misma fue condenado a la pena de
muerte, aunque se le conmutó por quince años de presidio.

 

La larga condena hizo que
en 1933, cuando fue detenido tras la quema del Reichstag por las SA y llevado
al campo de Sonnenberg, Müsham fuera un viejo anarquista sin influencia, que sólo
colaboraba ocasionalmente con la prensa opositora. No era precisamente uno de
los adversarios más poderosos con los que contaba el régimen, pero recibió
varias palizas que le dejaron irreconocible, como aseguró su propia mujer. Poco
después llegó su destino final en Oranienburg, un campo localizado a unos
treinta y cinco kilómetros de Berlín. Comenzó así un auténtico tormento de
diecisiete meses, donde le rompieron la mandíbula y le marcaron en la cabeza a
fuego la svastica. E, incluso, fue obligado a cavar su propia fosa en una
macabro simulacro de ejecución. Fueron días de hambre, terror y hospital.

 

Allí murió el 9 de julio de 1934. Esa misma noche los guardias del campo le
volvieron a torturar como de costumbre. Le rompieron los dedos pulgares y le
escupieron en la boca. No era la primera vez. Él mismo reconoció a sus
compañeros que no tenía miedo a la muerte, pero que ese trato era una forma de asesinato
lenta y cruel. Era un divertimento más para sus maltratadores. Entonces, a uno
de sus ejecutores se le ocurrió una idea humillante y perversa. Había en el
campo un mono que había sido recogido de la casa de uno de los concetrados en
el campo. Ante la debilidad y el estado de Müsham, decidieron introducirlo en
su celda para que lo atacara. Sin embargo, para su sorpresa el animal no
arremetió contra el poeta, sino que le intentó consolar. Sus abrazos y caricias
eran una prueba de compasión y humanidad que desencajó por momentos a los nazis.
Parecía como si el simio hubiese leído uno de los textos del poeta:  “defiéndete contra el odio enconado y
vengativo que te hiere… No seas de vidrio… Desafía a ese que te pega” (Revista
Blanca
, 10-VII-1934).

 

El desafío había sido
absoluto. Había nacido de la anomalía, ¿quién iba a imaginarse ese
comportamiento? Y, por ello, los guardianes no consintieron la respuesta del mono y
comenzaron a torturarlo delante del propio poeta hasta la muerte . Müsham supo,
al fin, que le esperaba lo mismo. Tras el asesinato, decidieron colgarlo para hacer creer que se
había suicidado, pero Müsham lo había anunciado a su mujer: “pase lo que pase, no creas
nunca en mi suicidio”.

 

Según contaron sus
compañeros, nunca tuvo miedo a la muerte, ni siquiera en la tempestad. Aunque
sea díficil creerlo.

 

 

“Cuanto más hablaban y
discutían, menos se comprendían. Luego se hacía el silencio; el odio y
desprecio mutuos era patente. En aquel gemido de mudos y discursos de ciegos,
en aquella espesa mezcla de inviduos, unidos por el horror, la esperanza y la
desgracia, en aquel odio e incomprensión entre hombres que hablaban una misma
lengua, se perfilaba de un modo trágico una de las grandes calamidades del
siglo XX”.

VASILI GROSSMAN.

Joseba Louzao nació en Bilbao en 1983. Es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco (UPV) y en la actualidad es profesor en el Centro Universitario Cardenal Cisneros (Universidad de Alcalá de Henares).
Está especializado en historia de las religiones y es autor del libro Soldados de la fe o amantes del progreso. Catolicismo y modernidad en Vizcaya (1890-1923) (Genueve Ediciones) y, como coordinador, de La restauración social católica en el primer franquismo, 1939-1953 (Publicaciones de la Universidad de Alcalá de Henares). Este blog será su particular maleta preparada, porque el pasado siempre es un país extraño.