El mundo como voluntad (y tik tok)

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Todo comienza con la plataforma social para móviles Snapchat, en 2011. Evan Spiegel, Bobby Murphy y Reggie Brown, en aquel entonces tres estudiantes de Standford, crean esta red cuya característica más destacada era la mensajería efímera, que duraba 24 horas. Fotos y vídeos fácilmente customizables y que duraban un solo día. Facebook quiso comprarla, pero ante la negativa de sus dueños, lanzó Poke, un servicio para mandar fotos que se destruían en 24 horas, pero no funcionó.

Entonces aparecieron los stories de Instagram en 2017 y en menos de ocho meses se llevaron más del 90% de la inversión publicitaria y Snapchat desapareció del mapa.

Entretanto, en 2014, se había lanzado Musical.ly, una red donde primaba la inmediatez y la frescura. Se trataba de una mezcla de Snapchat y Vine, con la que se podían grabar vídeos de 15 segundos hasta un minuto de duración. Su mayor activo es la manera en la que permitía a los adolescentes relacionarse con la música: permitía usar fragmentos de canciones conocidas y, en aquel momento, actuales. Asimismo ofrecía diferentes tipos de grabación (cámara lenta, rápida, normal, timelapse), así como la posibilidad de grabar por cortes, aplicándole posteriormente efectos y filtros. Tal flexibilidad en la creación de contenidos, unida al hecho de ser una red en la que no estaban los padres de los adolescentes, fue la razón de su éxito.

En 2017 contaba ya con más de 200 millones de usuarios totales y fue comprada por casi mil millones de dólares por la empresa china Bytedance Technology. Pero la cosa es que la empresa china ya contaba con Tik-tok, una red de similares características creada en China en 2016 y que se lanzó al exterior al año siguiente. Así las cosas, para no competir, lo que hicieron en agosto de 2018 fue fusionar los millones de seguidores de ambas plataformas y mantener el nombre de tik tok.

Según el estudio IGMobile, elaborado por Smartme Analytics y correspondiente al primer trimestre de 2020, durante el reciente confinamiento Tik Tok ha desbancado a Youtube como red social preferida por los más jóvenes y ha tenido un crecimiento de casi un 80%.

Las razones han sido fundamentalmente la incorporación de otros perfiles de población distintos de la generación Z, en particular los boomers, pues muchos adultos han descubierto la aplicación gracias a sus hijos. Los retos y la presencia de caras conocidas en la red han contribuido también a su crecimiento y popularización.

La pregunta importante es: ¿provocará este cambio demográfico la muerte de Tik-tok? ¿Se convertirá Tik-tok en el nuevo Facebook?

De momento Instagram está ultimando el lanzamiento de Reels, una nueva función de grabación de vídeos que permitirá adaptar la velocidad de los mismos. Al parecer también Youtube, a través de su app para móviles, está probando funcionalidades de grabación para vídeos de 15 segundos.

 

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Los retos, los challenges, los duetos, la viralización de los contenidos humorísticos que propone la red social dan cuenta del cuerpo, lo sitúan en primer plano. Y, en ese sentido, Tiktok es shopenhaueriano. El principio antes del logos. El cuerpo. El elemento mediador que hace posible la autoconsciencia del sujeto y a la vez le manifiesta su naturaleza esencial, que es la identidad esencial que comparten todos los Tiktokers, quienes, de alguna forma, rompen las barreras de la individualidad y todos son “otra vez yo”.

La voluntad irracional y ciega, esa forma de la apariencia en la que se manifiesta la gran Voluntad metafórica del mundo, deja en silencio al conocimiento y a la razón y le abre las puertas a la compasión, a la ética.

Dicho de otra forma mucho más sencilla, durante el confinamiento la sociedad, lejos de cegarse con la negatividad del no-ser, que expresa la problemática del ser, se ha convertido en un conjunto de personas excepcionales y asombrosas, hemos dejado de lado el conocimiento sometido al principio de la razón y nos hemos dado al mundo a través de un conocimiento inmediato e intuitivo, desprovisto de -paradójicamente- toda voluntad de vivir, pues esta encierra, según Schopenhauer, un carácter engañoso, en tanto que representación de una consciencia. Pues el mundo (en su inconsistencia) es el autoconocimiento de la voluntad y el irracionalismo contemporáneo nace del descubrimiento de la voluntad como cosa en sí. Hemos escapado de ese fenómeno (de esa apariencia) que nos oculta la verdadera realidad de las cosas, ese encubrimiento de la manifestación de la verdad.

Aunque también puede ser que nos hayamos equivocado, y esto no sea más que una ilusión pasajera. Que no hayamos sino amortiguado levemente una voluntad que, en sí, encierra la maldad y el dolor del mundo. Y que aguarda agazapada al lado de la puerta, esperando a que retornemos a la circunspecta normalidad.

Sea paréntesis o (auto)engaño, lo que no podemos dejar de afirmar es que, ungidos por un fulgor ascético, ha habido un tiempo -unos meses breves- en el que si no hemos sido mejores, al menos hemos considerado que pod(r)íamos serlo.

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