El Niño y la Araña

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El Niño de Elche cantando junto a una araña (a la izquierda de la imagen, filmada por una cámara) en el auditorio del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid. 31 de octubre de 2019.

El pasado jueves asistí, en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, a un concierto-jam session entre El Niño de Elche, cantando, y una araña de la especie Cyrtophora citrícola, tocando su tela. Como en la mayoría de las jam, no hubo simetría, ni de intenciones ni de resultados y, en este caso, al prodigioso cantante ilicitano le tocó apechugar con el peso de la actuación, porque su compañera arácnida, que durante la presentación previa de Francesca Thyssen-Bornemisza se había mostrado muy expresiva, entró en modo siesta cuando su colega empezó a cantar. Y, exceptuando una ligera actividad hacia la mitad del concierto, así se mantuvo hasta el final.

El evento formaba parte de las actividades que el museo ha organizado con motivo de la exposición Más-que-humanas, comisariada por Stefanie Hessler, en la que se presentan piezas de Dominique González-Foerster y Tomás Saraceno. Este último lleva mucho tiempo interesado en las arañas y en la manera en que ellas conocen el mundo a través de las vibraciones producidas en sus complejísimas telas por aquello que les rodea, unas vibraciones sonoras que pasan completamente desapercibidas para el pobre y limitado oído humano. Por ello, una de las líneas de trabajo de Saraceno en este enorme proyecto ha sido desarrollar interfaces que permitan, por un lado, amplificar las vibraciones de las telas y hacerlas audibles para nosotros, y por otro, traducir sonidos emitidos por humanos en vibraciones que actúen directamente sobre las cuerdas de las telas y las arañas puedan percibir y a las que puedan reaccionar. En esa posible comunicación inter-especie, se basaba el concierto.

Independientemente del resultado, de si hubo esa comunicación o no, de por qué la araña decidió no moverse —cuestiones sujetas probablemente a muchas más variables de las que podamos imaginar—, la relevancia de la apuesta que ha hecho el museo y de la actitud de Saraceno y del Niño de Elche residió, en mi opinión, en haber conseguido que durante una hora un auditorio abarrotado prestara una atención respetuosa y llena de dignidad a un animal con el que, como con tantísimos otros, convivimos a diario y al que solemos eliminar de forma rutinaria y sin ni siquiera preguntarnos por qué.

La atención hacia el otro es el paso previo a todo acto compasivo. Colocar en el foco de esa atención a un ser vivo al que —a pesar de su importancia— solemos rechazar, y hacerlo a través de la sobrecogedora voz de un artista como el Niño de Elche (no es “solo” un cantaor, es un cantante inquieto, poliédrico y emocionante, que se atreve con todo y que allí se dejó el alma), es una declaración de intenciones sobre la necesidad de acercarse a lo distinto de forma considerada y sensible para, conociéndolo mejor, poder respetarlo más.

Christian Bobin lo explica muy bien en su Autorretrato con radiador:

Hacer siempre el esfuerzo de pensar en lo que está ante ti, prestarle una atención real, mantenida, no olvidar ni un segundo que viene de otro sitio, que sus gustos, sus pensamientos o sus gestos han sido formados por una larga historia, poblada por muchas cosas que tú nunca conocerás. Acordarte siempre de que no te debe nada, no forma parte de tu mundo, no hay nadie en tu mundo, ni tan siquiera tú. Este ejercicio mental —que pone en movimiento el pensamiento y también la imaginación— es un poco austero, pero te conduce al gozo mayor que existe: amar lo que está ante ti, amarlo por ser como es, un enigma —y no por ser lo que crees, lo que temes, lo que confías, lo que esperas, lo que buscas, lo que quieres.

Y el profesor de primaria Chema Lera lo pone en práctica en clase. Aquí lo cuenta: Dadles un salva-arañas y cambiarán el mundo

 

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