El oficio de escribir (5): Breve espistolario digital

1
375

Hubo un tiempo en el que las cartas surgían del fondo de algún baúl, un cajón o una carpeta. Incluso desde una papelera o un cubo de basura. Por su tacto y por su imagen corría el paso del tiempo que, sin embargo, se detenía en la fecha y en el mensaje que portaban dentro. Ahí podíamos encontrar los trazos de una escritura particular, la expresión del carácter de una persona que, con el uso de los teclados, hemos dejado de reconocer. Las formas han cambiado y ya tampoco sabemos muy bien cómo llegan a desenterrarse de ese espacio virtual que ocupan, aunque no este el momento de nostalgias plañideras: porque lo escrito nunca muere, sea el formato que sea. Así, el género epistolar, tan utilizado en la historia de la literatura, todavía puede tener su espacio y es que todo pasa por sentarse y ponerse a escribir, así de simple, como ha sido siempre. Y seguirá vigente, sobre todo, si se sigue abordando desde la emoción y la honestidad, pero también de la amistad. Desde esa posición, recibí respuesta a un correo que escribí cuando trabajaba de médico para una ONG internacional en la República Centroafricana. Mucho ha llovido, pero tampoco es cuestión de revisitar lo que experimenté, por muy diferente que sea a lo que podría sentir ahora en una situación similar, y por mucho pudor que tenga al releer este email que redacté con el ruido de fondo de una guerra civil. Por el otro lado, el mensaje provino de un gran amigo (de esos que solo la Fortuna ha podido poner delante) y un magnífico escritor (de esos de los que resulta difícil distinguir la línea que separa su escritura de su propia vida), anulando desde México las distancias que, supuestamente, nos separaban.


De: Rosauro Varo Cobos <rosaurovc@yahoo.es>
Enviado: lunes, 15 de abril, 2013 19:23
Para: remismagno@hotmail.com, carloscastillomail@yahoo.es, nefas25@yahoo.com
Asunto: Desde el corazón de las tinieblas

«[…] Estábamos incapacitados para comprender  todo lo que nos rodeaba […]»

El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad

Pasado el mediodía, de vuelta del hospital para comer, parece que Ndélé se concentre y caiga a plomo con toda su fuerza. Las suelas del zapato abrasan la planta de los pies, el sudor empapa cada milímetro de piel que pueda irritar y los labios secos parecen que nunca podrán volver a despegarse. En esos momentos el castigo es doble. Tras la salida del hospital, el agotamiento es también mental y su día a día parece ir minando sigilosamente mis facultades. Es ahí, exhausto y debajo de un mango, concentrado en poder llegar a la siguiente sombra, cuando todo aparece más inverosímil que nunca. Mis movimientos tratan de ser automáticos, pero nunca les di la oportunidad de llegar a serlo en circunstancias parecidas. Miro a los niños que, descalzos y con las manos sucias, embadurnadas de mango y arena, vienen a saludarme. Y esa irrealidad se transforma en una tortura. No puedo sacarme la idea de cuántos kilómetros de camino inhóspito les queda por recorrer en la vida. De repente, recuerdo al maestro Begines: «… ¿Por qué estará la suerte echada antes de venir al mundo? …» Y busco la siguiente sombra. Pocos minutos después, logro abrir una botella de agua fría, pero ese bienestar momentáneo no da mucho más sentido a lo que me rodea.

Trato de reflexionar sobre la dificultad para explicar lo que veo y llego a la conclusión de que, en esencia, carezco de las armas para afrontar ese proceso. Lejos de mi casa, de mi gente o de mi cultura, mis referencias han dejado de ser válidas. Sin embargo, en Ndélé tampoco tengo el acceso a otras vías de lógica y entendimiento. No pertenezco a este lugar, a esta tierra de nadie (para mí, por supuesto) donde todo adquiere un carácter ilusorio, ocultando esa nueva vara de medir la vida que no encuentro. Y en esa nebulosa temporo-espacial las preguntas impactan con virulencia. ¿Pasa el tiempo de la misma manera aquí? Los días se van haciendo eternos de la misma manera que las semanas pasan a velocidad despiadada. Los estados de ánimo de una jornada se concentran y equivalen a la suma de días y días completos vividos con anterioridad. ¿Y cómo repensar de nuevo y sin previo aviso el concepto de muerte? Sin duda que aquí, su significado es muy diferente a lo que había aprendido, pero entenderla como la gente que habita aquí, como una compañera habitual de viaje, no me está permitido por el momento.

Mientras lloro en cuclillas delante de un niño recién fallecido, el que creo que es su abuelo se agacha para, mirándome a los ojos, consolarme: «No se preocupe, la vida es así». Tras darme las gracias, envuelve el niño en una tela de colores brillantes al tiempo que su familia, con la misma naturalidad, recoge sus enseres. Abandonan el hospital conformando una viva comitiva, muy lejana a lo que antes hubiera considerado un cortejo fúnebre. Y otra vez esa incomprensión que me rebosa. Más que afectado, me encuentro agotado, consumido y decido dejar que mi cuerpo y mi ánimo fluyan. Me permito que el llanto, la risa, la rabia, el odio, el afecto o la indiferencia se expresen por sí solos. Es ahí cuando se alcanza el verdadero Corazón de las tinieblas. Porque a lo uno que se expone es algo más que a los extremos del trópico: el calor, la quietud, la muerte, el cansancio, los insectos, la suciedad o el temor no son los verdaderos enemigos. Todo ello no es más que el señuelo para acercarte a tu epicentro personal, desnudo como nunca ante ti mismo, desprotegido y sin apoyos ante miedos e inseguridades, virtudes o defectos. Y esa confrontación a lo que uno parece ser y a lo que le rodea, sin las referencias personales, sociales o culturales de costumbre hace mucho más grotesca la realidad, pero también mucho más tangible la sensación de soledad.

Sin embargo, todo esto no es más que un sueño del que despertaré y lo que he vivido o escrito en estas líneas perderá rápidamente su sentido, si es que alguna vez tuvo uno. Ese presentimiento tan cierto de que esto va a terminar es lo que me devuelve el aliento. Recuperaré el peso perdido, volveré a estar sentado comiendo con mi familia, viajando con mi novia o tomando unas cervezas con mis amigos. El sentimiento de que, afortunadamente, este no es mi sitio, de que seis meses trabajando en este lugar son una nimiedad al lado de lo que les queda a los niños de los mangos, me hace avanzar a empujones. Me acompaña una extraña calma, el consuelo (¿falso? ¿momentáneo? ¿interesado?) de sentir que, cuando uno alcanza sus límites, no queda nada más que exigirse.


Ndélé (República Centroafricana) visto desde el aire


De: Angel Manuel Remis-Saucedo <remismagno@hotmail.com>
Asunto:
No dejes que se te enferme el alma.
Para:
rosaurovc@yahoo.es
Fecha:
jueves, 18 de abril, 2013 17:31

Querido Rosauro,

¿cómo te va todo en el continente del despertar de la humanidad? Espero que tú estés bien. Leí el texto que escribiste desde República Centroafricana y creí que era necesario escribirte. Sólo te quiero pedir algo muy concreto: no permitas que se te enferme el alma. Una cosa es abordar la tristeza frente a la crueldad que somos capaces de moldear con nuestra inagotable maldad; y otra muy distinta buscar en los terrenos de la razón la explicación a nuestras pulsiones animales, esas que nos empujan a nulificar al otro, al enemigo, al diferente, a la competencia, pero también al hermano.

Quizá a partir de ahora  nos entendamos mejor, amigo mío. Quien ve a la muerte reflejada en los ojos impasibles del otro aborda un nuevo estado de conciencia que le acompañará toda la vida.  Yo nunca te hablé mucho de la antigua Yugoslavia, de mi experiencia allí como militar en presuntos tiempos de paz. No me gusta hacerlo, con nadie. A veces me despierto por las noches sudando, proyectando en la pantalla de mi memoria las imágenes de las fosas comunes de Srebrenica, donde tuvimos que desenterrar cuerpos para su improbable identificación. No hay peor mirada que la que se adivina en la cara reseca del cadáver de un niño con el gesto contraído de angustia y dolor. Esas son mis memorias de la humanidad, amigo mío. Por intentar comprenderlo, por querer hallar una razón que explicara la decadencia, tuve cáncer. Que no te pase lo mismo, compañero. Sólo fluye.

Intenta llevar siempre contigo una navaja y nunca te separes de ella.  Ojalá pudieras aprender algo de utilización de  armamento. Acuérdate, nunca está de más saber algo que puede salvarte la vida en territorio hostil.

Recibe un gran abrazo, hermano. Y cuídate mucho. Te lo repito: no dejes que se te enferme el alma.


 

Rosauro Varo Cobos. Cordobés nacido en 1982, es pediatra, investigador y cooperante. Ha ejercido su profesión en países como India, Perú, Costa Rica, Sudáfrica, Malawi, República Centroafricana o Mozambique. También es Doctor en Medicina en la línea de Salud internacional por la Universidad de Barcelona. Ha realizado el Máster en Creación Literaria y el Máster en Estudios Comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento, ambos de la Universidad Pompeu Fabra. En su ciudad natal fue cofundador de la revista literaria Café con Letras y de las tertulias del mismo nombre. Ha publicado diferentes artículos y cuentos en medios locales y nacionales (tales como Granta o Mercurio o El país), y colabora escribiendo reseñas literarias con Revista de Letras. Ha publicado un libro de cuentos titulado El embudo (Andrómina, 2014) y una novela, Plagio (Ediciones en Huida, 2018).

1 COMENTARIO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí