El oficio de escribir (7): De fonendos, letras y piratas

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A mi padre Antonio

en el día de su cumpleaños.

 

Recordar es mucho más que reconstruir un pasado. Es la comprensión del presente, de lo que uno vive y le rodea, pero también, la proyección futura de lo que hemos sido y podríamos ser. Recordar es al fin y al cabo, trazar el hilo conductor de una vida. Un hilo dinámico que cambia según una mirada o un momento concretos, pero que lleva impregnado en lo más profundo, el humus de lo que somos. Recordar es hoy y en mi caso, recorrer el camino vivido con mi padre y descubrir lo que de él guardo dentro de mí.

Mi primer recuerdo a su lado es del de una tarde en la que tras recogerme a la salida de la guardería, me llevó al cine a ver Piratas, una película de Roman Polanski. Me acuerdo de una escena en la que a los protagonistas les hacían comer una rata. Aquella imagen se me grabó, como suele pasar en la infancia, con una mezcla de miedo, estupor y fascinación. Y si bien no se me quedó el gusto por aquella horrible comida, no he perdido ese conjunto de sentimientos que, como un motor interno, me ha propulsado a sitios tan diversos como Costa Rica, India o Mozambique. En aquella sala de cine fui consciente por primera vez de la cercanía, el cobijo y la seguridad de la figura de mi padre. Todo eso ha estado a mi lado en cada una de mis experiencias a lo largo de todos estos años. Se sorprendería si fuera consciente de cómo su presencia, tal y como lo hizo aquel día, me ha dado una y otra vez la fuerza necesaria para seguir con entereza por los caminos que he recorrido. Sé que en muchos de ellos ha sufrido en la distancia, pero en ningún momento, ha estado lejos de mí.

Mi madre y mi hermana Elena, mi padre y yo en una visita al parque de atracciones de Madrid en el año 1990.

Pero si quisiera hablar de sufrimiento, debería por motivos obvios, comentar mi primer recuerdo futbolístico. Allá por el año 1986 en el Estadio Santiago Bernabéu, donde el Real Madrid ganaba por dos a cero al Bayern de Múnich, con goles de Michel y Gordillo. Un encuentro del que guardo la imagen de la hinchada alemana cantando con bengalas a pocos metros detrás de mí. Desde entonces, cada encuentro juntos ha sido como un partido en directo y bien saben mis amigos, que no cambio un sitio al lado de su sillón, por ningún palco del mundo.

En otro de mis recuerdos, viajamos en coche entre Montilla y Aguilar (seguramente escuchando a Roberto Carlos, Pepe Pinto o Serrat), en un punto donde había una casa abandonada con tres palmeras al borde de la carretera. En una época en la que mi padre nos contaba cuentos de terror a mi hermana y a mí, uno de ellos estaba ambientado en dicha casa. Mucho tiempo después, en uno de sus cumpleaños, mi regalo fue la escritura y dedicatoria de un cuento que se tituló La casa de las tres palmeras. Fue el primer texto que escribí y es fácil entrever el poso que me dejó y el tesoro que encontré en la literatura. De todos modos, no era un tesoro escondido. Es imposible disociar mi vida sin el consuelo, la alegría y el estímulo que los libros con los que crecí me han aportado, entre habitaciones saturadas de tinta y conversaciones constantes entre mis padres. Recuerdo cómo desde muy pequeño, mi padre me traía tras cada uno de sus viajes, ejemplares de Astérix y Obélix o de Tintín. Más tarde, fui recibiendo una serie de cómics del Hobbit que como los anteriores yo esperaba con entusiasmo. Poco tiempo después, yo mismo le pediría la trilogía del Señor de los Anillos, el libro que ocupó el primer gran lugar de mi estantería mental. Esa estantería sigue llena de sus libros y de su mirada hacia la literatura. Espero que cuando yo mismo celebre el día que hoy festejamos, sea capaz de mantener esa voraz, insaciable e infinita ansia de leer y absorber todo aquel libro o autor que pasa por su lado. Es siempre peligroso aparecer con un libro delante suya: dura muy, muy poco antes de que lo haya fagocitado sin previo aviso.

Mi padre y yo en una visita a Manhiça (Mozambique) en el año 2018

No he utilizado el verbo fagocitar por casualidad cuando otra de las cosas que nos une es nuestra profesión. Recuerdo querer ser médico desde niño y cuando en la universidad un profesor me preguntó en clase por el motivo para serlo, respondí que porque mi padre lo era. Antes, otros alumnos habían hablado sobre el conocimiento, la vocación, el cuidado al otro…. Yo contesté simplemente que quería serlo porque mi padre lo era. Quizá, en mi afirmación ya estuvieran implícitas aquellas otras respuestas dadas y que a la vez, también latían en ciertos gestos que me ayudaron a entenderla como paciente. No puedo olvidar aquellas visitas a Sevilla cuando me rompí el tobillo, llorando en el coche de vuelta a Córdoba porque una vez más, el traumatólogo no me permitía volver a jugar al fútbol. Sus manos al volante y sus palabras de aliento, eran el bálsamo que necesitaba.

No vería la medicina tal y como lo hago, ni compartiríamos la misma visión, sino fuera por lo que he aprendido de él. Porque para nosotros, la medicina no es un fin en sí misma, sino el medio que nos acerca al hombre, a sus miserias y a sus bondades, a lo que lo hacer ser hombre. La medicina no es solo una profesión, es una herramienta para mirar al mundo y tratar de entenderlo.

Con ese mirar se presentó mi padre en Mozambique para visitarme y conocer mi trabajo allí. Con esa mirada tan suya, tan inquieta y deseosa de saber, tan perdida como lúcida, tan ignorante como inteligente, tan pequeña como gigantesca. Con esa mirada que impregna desde su escritura a su modo de andar. La mirada de un sabio en continua búsqueda que trata de comprender lo que muchas veces ya ha comprendido: que la vida y el mundo son un sinsentido, pero que, a pesar de todo, merece la pena vivir cada uno de sus instantes. El reflejo de esos ojos, es el mismo con el que intento alumbrar mí día a día.

Y a diario siento esa conexión profunda que me une a mi padre como si fuéramos parte indisoluble del otro. Aquello que nos une detrás de nuestro espíritu inquieto, el ansia de conocimiento, la pasión por la literatura, el fervor madridista, la devoción por la medicina, el amor por la familia y los amigos, la idolatría por las Elenas y sobre todo, la certeza de que la existencia es una condena, pero también un regalo del que disfrutar. El regalo de ser su hijo y vivirla a su lado.

 

Rosauro Varo Cobos. Cordobés nacido en 1982, es pediatra, investigador y cooperante. Ha ejercido su profesión en países como India, Perú, Costa Rica, Sudáfrica, Malawi, República Centroafricana o Mozambique. También es Doctor en Medicina en la línea de Salud internacional por la Universidad de Barcelona. Ha realizado el Máster en Creación Literaria y el Máster en Estudios Comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento, ambos de la Universidad Pompeu Fabra. En su ciudad natal fue cofundador de la revista literaria Café con Letras y de las tertulias del mismo nombre. Ha publicado diferentes artículos y cuentos en medios locales y nacionales (tales como Granta o Mercurio o El país), y colabora escribiendo reseñas literarias con Revista de Letras. Ha publicado un libro de cuentos titulado El embudo (Andrómina, 2014) y una novela, Plagio (Ediciones en Huida, 2018).

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