El ojo morado

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El doctor Gasbarri tuvo que estremecerse un poco cuando el mismísimo Papa le avisaba de que podía ganarse un puñetazo. Lo dijo con tal mezcla de sutilidad y campechanía, a pesar de la brusquedad, que a uno le recordó una escena de Los Soprano...

 

El doctor Gasbarri tuvo que estremecerse un poco cuando el mismísimo Papa le avisaba de que podía ganarse un puñetazo. Lo dijo con tal mezcla de sutilidad y campechanía, a pesar de la brusquedad, que a uno le recordó una escena de Los Soprano en la que Tony y su primo, también Tony, acuden a consultar una duda a un médico a la salida del hospital y éste les remite a admisión. Ambos Soprano insisten en que sólo serán unos minutos y el médico se resiste aduciendo que acaba de salir de una guardia de diecisiete horas, a lo que uno de los dos Tonys, con una sonrisa encantadora, añade antes de conseguir su propósito: “¿Alguna herida de bala o alguna fractura de rótula?” . Bergoglio no es Charlie pero sí lo es, como personas son y al mismo tiempo no lo son Los Soprano, quienes también se rigen por su religión. Uno siempre ha creído estar de acuerdo con que la libertad termina cuando se empieza a molestar al otro, pero igual esto sólo forma parte de la educación, que es un concepto más preciso que la libertad, la cual se expande en otros muchos y más amplios y discutibles significados como amenaza, opresión, tiranía o prohibición. Ser educado es una actitud de agradecer, pero si no se es la respuesta natural quizá no debería ir más allá de no agradecer y a otra cosa, por lo que supone además para la salud. Puede que gracias a ello, día a día (como decía Rambo que iba a vivir a partir de ahora mientras se alejaba luciendo unos bíceps que a lo mejor ya los quisiera Francisco llegado el caso) se podría construir una libertad de uso general; pero la idea se presenta imposible si, por ejemplo, algo tan simple como eructar significa dos cosas antagónicas según que cultura (o religión). Para esto, en última instancia, existen las leyes a las que uno, si es educado (o no), acude cuando lo cree necesario. Claro que no siempre el resultado de su ejercicio es satisfactorio (incluso antes de decidirse por él), donde se llega a tomar la satisfacción al gusto de cada creencia. Lo distinto en esencia entre las declaraciones del Papa y del califa autoproclamado es que aquel daría un puñetazo y éste mata, una enorme diferencia de tamaño (como si la barbarie se cuantificase al peso); pero es cierto que los dos agreden o están dispuestos a hacerlo (uno también lo estaría a propósito de la madre como el Pontífice) y están convencidos de ello en defensa de sus principios por encima de todo. El doctor Gasbarri, que a buen seguro se reiría con su espontánea nominación en lo que se supone un ambiente cordial y de lugares comunes, ya está avisado, pero no exactamente como lo estaban en Charlie Hebdo, quienes también se reían y quienes ojalá hoy siguieran dibujando sus viñetas, aunque fuese con un ojo morado.