El orden del día

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Una mañana entré en el ascensor de mi edificio cargado con las bolsas de la compra: living la vida loca. Yo entonces vivía en un ático, y como me tenía muy visto en el espejo y empezaba a envejecer, me puse a leer el orden del día que la comunidad de propietarios, ese politburó siniestro, había pegado en la pared. El ascensor subía a medida que yo bajaba la vista leyendo ese lenguaje ladinamente politizado, que a veces ya parece que está uno mirando el Zutabe, cuando al llegar al punto número cinco me encontré a mí de golpe, sin preámbulos: “Situación del vecino del Ático B y medidas a adoptar”.

 

Se pueden ser muchas cosas en la vida y yo he sido unas cuantas, todas ellas discretas, pintorescas y municipales, como jurado de un concurso de tortilla de patatas en el Instituto de Hostelería Carlos Oroza. Con lo que no había contado nunca es con ser punto del orden del día. Esa ambición la tenía yo aparcada. La sensación no era ni de éxito ni de fracaso, como cuando te dan plaza de notario en un ayuntamiento del Bajo Aragón. Lo primero que hice fue llamar a mi mamá porque yo soy, en el sentido menos perverso de la expresión, un niño de teta; alguien todavía por destetar, de ahí también mi frenética búsqueda por los bares de pezones paelleros que me acojan en su sonrosado candor. Mamá colgó rápido y medio histérica, y me aconsejó que llamase a la casera. La casera ya estaba avisada de más; me dijo que los vecinos se creían que yo traficaba con drogas y con putas porque subía mucha gente a deshora y a veces se montaban unos guateques locos, pero que ella les había aclarado que era periodista. Por eso, pensé yo, mi fulminante inclusión en el orden del día. Pontevedra está llena de pisos de fulanas y camellos y no pasa nada, pero venir a sugerir que en el cotarro anda un periodista ya es tensar mucho la cuerda.

 

“No vuelva usted a decir que soy periodista”, le contesté agriamente a la casera, “porque yo no estoy titulado ni nada; la próxima vez que le pregunten diga que soy traductor de árabe en una mezquita superradicalizada”.

 

Los días siguientes fueron los más extraños de mi vida. No me sacaba de encima la condición de punto del orden del día de la cabeza. Estábamos solos en el mundo, como quien dice, las cuentas del ejercicio anterior, la derrama del tejado y yo. Mi familia me retiró la palabra como medida cautelar hasta que se resolviese la junta, otra palabra de la nomenklatura que me tuvo noches en vilo. Yo en aquel edificio, la verdad, era un apestado y podría haber aparecido en esa reunión a contar cómo la familia vecina se puso a remodelar el dúplex sólo por el placer de taladrarme la cabeza a partir de las ocho de la mañana mientras asistía desvelado al espectáculo vaciando frascos de valium. Un día un señor gordísimo del que siempre supuse que si aparecía en los áticos sería subiéndolo en montacargas por la fachada, y eso gracias a varios arreones, me vino a la puerta a protestar porque la música estaba muy alta los domingos por la mañana, como si los domingos no fueran días del Señor y a mí no me hubiera dado la gana de organizar en casa un coro de gospel con los muchachos más volubles del Centro Reto. Y así en ese constante sinvivir, que si llego a pensar yo antes la jugada en lugar de cinco puntos del día teníamos treinta.

 

Fui de esta manera el puntazo de la comunidad durante una semana para pasmo de mis visitas, que alucinaban en el ascensor. Antes de la junta timbré en el piso de la casera por si quería preparar una estrategia o algo, y la mujer me dijo que no me preocupase, que los vecinos “eran así”, y que si yo tenía el telefonillo estropeado porque un amigo mío lo había chamuscado una noche que no le abrí, y todos mis amigos llamaban al azar a otros pisos para entrar, era porque la comunidad no me quería pagar otro. “Si tanto les molesta, ¿por qué no lo pagan si está visto, después de cinco años, que tú no lo vas a pagar en la vida?”, se preguntaba ella en alto delante de mí, intentando convencerse con la voz temblorosa. “Van a quemar otra vez a Servet”, le dije antes de dar la media vuelta y bajar a la carrera las escaleras, que la tía aún debe de estar flipándolo.

 

Supe de la junta después gracias al informe vago que me pasó la casera a desgana, con ese tono de voz que ponen los rentistas cuando sus inquilinos se convierten en puntos del orden del día. Se habían esgrimido esos cargos tan poco originales contra mí. El edificio era un edificio bien lleno de familias honradas, numerosas y encoloniadas. “Pero en ese piso nadie sabe muy bien lo que pasa”, dijeron, como si estuvieran pensando en aprobar una derrama para ponerme las paredes de cristal. Yo creo que a la casera le entró todo por un oído y le salió por el otro, pero aún retuvo un par de frases con las que tranquilizarme, tal que allí se me daba “otra oportunidad”, como si el siguiente paso fuera gasearme, expulsarme de la ciudad o ir con ellos de la mano al baile del Casino a ponerme de largo. Así que todo fue bien durante unos meses hasta que un día, tanto fue el cántaro a la fuente, el ático se me empezó efectivamente a llenar de putas.

2 COMENTARIOS

  1. Hace unos días he vuelto a

    Hace unos días he vuelto a ver “El quimérico inquilino”, y desde entonces he vuelto a sufrir las pesadillas de vivir en una comunidad de vecinos en las que los susurros se clavan como arpones en mi espalda, preocupados, más que yo mismo, por el sentido de mi vida ¿quien soy? ¿de donde vengo? ¿a dónde voy? Aunque me deshaga en explicaciones sobre mi trabajo, sobre mi vida amorosa, mi última dieta de adelgazamiento y el programa de televisión de la víspera, todavía esperan prosperar con sus interrogatorios exhaustivos para comprobar la limpieza de mi sangre. Espero que nunca averigüen que soy seguidor de esta columna, y que ello les lleve, definitivamente, a incluirme en el punto del día de la próxima reunión de vecinos. Espero que, como compensación, mi ático también acabe llenándose de putas. Agradecido por dispararme las sonrisas con su prosa descarnada.

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