El origen del dinero, o la banca como usura

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“La lucha dormida, latente durante siglos, y que tendrá lugar tarde o temprano, es la lucha de los pueblos contra los bancos”

(Lord Acton, historiador inglés, 1834-1902)

 

Bankia se desploma, nos llega el miedo al corralito –aunque un tipo de corralito es ya esa estafa de las participaciones preferentes[1]-, eso que creíamos relegado a otros hemisferios, mientras nuestros primos hermanos griegos siguen cayendo ante la mirada atenta, e incólume, de sus primos europeos. Pareciera que todo se desmorona, pero tal vez es tan sólo una consecuencia lógica del sistema. Ese capitalismo de rostro humano que nos ofreció el Estado de bienestar era apenas una concesión temporal, táctica, ante la amenaza roja; cayó el muro de Berlín y el capital nos mostró que nunca tuvo rostro humano. Ni puede tenerlo. ¿Qué rostro humano puede tener un sistema económico que, desde las mismas bases fundacionales, privilegia el capital –el dinero- por encima de los recursos naturales o de las personas?

 

Necesitamos ir a las causas de los problemas. Ayer caía en mis manos el documental Dinero es deuda. El filme, una animación, pretende dar respuesta a una sencilla pregunta: ¿cómo se crea el dinero? Y eso plantea otro interrogante muy inquietante: ¿por qué no se estudia en las escuelas, por qué prácticamente nadie tiene ni idea de cómo se crea el dinero?
La respuesta sigue al hilo de mi post anterior: el banco presta dinero que no tiene; cuando firma un crédito, está creando dinero de la nada. Así que la mayor parte del dinero se crea de la propia deuda: al pedir un crédito de 20.000 euros para comprarme un coche, estoy creando esos 20.000 euros que antes no existían. Más los intereses, claro. Resulta que el sistema es en su más básico funcionamiento una enorme pirámide de Ponzi[2] que simplemente no puede sostenerse en el tiempo; porque para pagar esas deudas con intereses  necesitan ser creadas más deudas y más intereses. Y quienes han tenido un poco de idea de cómo funciona todo esto sabían bien que la forma más eficiente de esclavizar un pueblo es la deuda. Y que, como decía Marshall McLuhan, “sólo los pequeños secretos precisan ser protegidos. Los grandes secretos son protegidos por la incredulidad pública”.

 

Perdimos la batalla del humanismo cuando se institucionalizó la banca y se legalizó la usura. A partir de ahí, todo fueron tímidos intentos de poner parches. Ha llegado el momento de cambiar las bases, porque si no, todo lo que queramos construir tendrá los pies de barro y estará abocado al fracaso. Y el proceso está siendo demasiado mortífero, como recordaba otra tarde de lluvia hace unos días revisitando el magnífico reportaje de Vicente Romero El orden criminal del mundo, un diálogo entre Eduardo Galeano y Jean Ziegler que nos trae verdades tan obscenas como que 100.000 personas mueren de hambre cada año en un planeta que podría alimentar al doble de los seres humanos que sobre él habitan. “No hay nada de fatalidad en esto”, nos dice Ziegler, aunque nos pese[3].

 

¿A qué quejarnos, entonces, de los sinsentidos del sistema con que nos desayunamos cada día, si ningún sinsentido puede ser más cruel y mortífero que esa violencia estructural del sistema que excluye y mata a quienes no nacieron en el hemisferio adecuado? Nos dicen que en España es indispensable recortar en salud y educación pública pero debemos inyectarle 7.000 millones de euros a un banco que fue pésimamente gestionado por quienes cobran salarios millonarios. Afirman que dos auditoras extranjeras deben venir a vigilar nuestras cuentas, aunque una de ellas, la Oliver Wyman, calificase como “uno de los mejores bancos del mundo” a una entidad irlandesa que tuvo que ser nacionalizada, al borde de la quiebra, dos años después. Nos enteramos de que archivan la causa de las cuentas en Suiza de Botín poco después de saber que también archivaron la de Dívar por pagarse con nuestro dinero vacaciones en Puerto Banús. Sería demasiado ingenuo olvidar que los que mandan imponen las normas, y que las instituciones están concebidas para mantener el estado de cosas.

 

No sé si nos lo hemos buscado. Sólo sé que tenemos la obligación moral de cambiarlo.

 

* Ilustración de El Roto, que sobre estas realidades tan indignas se alza cada día, con una lucidez doliente que le ha convertido en uno de los cronistas más certeros de la agónica crisis del euro, por esa contundencia sutil suya, que se apoya en lo cotidiano y lo evidente para mostrarnos el cruel absurdo del mundo que vivimos, y hacemos. El pasado domingo, El País publicaba una selección de sus viñetas.

 


[1] Aclaro, para los lectores que lo desconozcan, que las participaciones preferentes son un producto financiero concebido para las entidades financieras; las entidades bancarias españolas, cuando avisaron sus problemas de liquidez, las colocaron a ahorradores particulares sin contarles que ello implicaba que no podrían recuperar sus ahorros. Eso, en mi pueblo, se llama estafa. Miles de personas reclaman su dinero en España; la salida que a muchos les dieron fue intercambiarlas por acciones del banco en cuestión. Y quienes estaban en Bankia y así lo hicieron acumulan grandes pérdidas. [2] El “esquema Ponzi” se denominó así por una estafa de Carlo Ponzi (1882-1949) y pasó a describir cualquier estaba que paga a los primeros inversiones ganancias de las inversiones de los inversores posteriores. Cuando faltan inversores nuevos, se destapa la estafa. En este sistema piramidal se basa también la estafa de Bernard Madoff destapada en 2008. [3] Ziegler agitaba nuestras conciencias ayer en el siempre recomendable programa de radio Asuntos Propios. Podéis escuchar el audio aquí.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.