El país al que hemos venido a envejecer

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Las heridas en el árbol no son tan solo fruto de la codicia, sino de un modo de vida.

 

La clase extractiva lleva demasiado tiempo aprovechándose del sistema, mintiendo a sabiendas, robando con un rostro de cemento armado, y gran parte de los medios de comunicación y de los periodistas hemos sido cómplices por acción (fomentando el sectarismo: tapando las vergüenzas de los afines, aguijando las del enemigo) o por omisión (callando, mirando hacia otra parte, pasando página, dedicándonos a otros menesteres menos pringosos).

 

Claro que no todos los políticos son iguales. Como no lo son todos los periodistas. Ni todos los ciudadanos. Pero en la segunda edición de Por carreteras secundarias, en más de una ocasión camareras y otros empleados nos preguntaban si queríamos que la factura reflejara el precio real o algo más: la corrupción empieza a ras de suelo. País de pícaros, el nuestro: ¿No es precisamente la picaresca una de las grandes aportaciones españolas, junto a la mística, a la genealogía de los géneros literarios, trasunto moral de un país? Y junto a esa literatura que acabó desembocando en el esperpento –vitriolo estético, pero vitriolo estéril- una ética del trabajo y del esfuerzo, de la apariencia y de la verdad que desde luego no son las de los protestantes. Nuestro capitalismo siempre será más ruin, más cuajado de mala conciencia.

 

Amigos que han pasado años de formación y experiencia laboral en el extranjero, a los que como a Miguel de Unamuno les duele España, a menudo caen en la atroz melancolía (con un punto de exquisito narcisismo autodestructor) de pensar y decir que este país no tiene remedio.

 

¿Cuánto tiempo llevamos extraviando la voluntad desde los pupitres de la educación? ¿Cuánto renegando de lo que es digno de elogio y confundiendo la igualdad con el cultivo de lo mediocre como una forma de rasante? Es hora de volver a un regeneracionismo radical. Desde esta página, y sin creernos misioneros de ninguna nueva fe, estamos dispuestos a intentarlo. Llevamos tres años. La vida es larga y hermosa, como algunos crepúsculos de invierno en los pueblos que no han sido contaminados por la desesperación.