El pálpito de las palabras

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Esta mañana me levanté con intención de escribir algo sobre biografías artísticas, un poco porque mi hermana acaba de publicar una muy buena biografía sobre un pintor español del siglo XX, José Caballero, y otro poco porque ayer me leí en el metro una breve semblanza de El Greco, lectura que además de tenerme de lo más entretenido durante todo el trayecto, me hizo pensar en Le Vite delle più eccellenti pittori, scultori, ed architettori de Vasari. Pero hete aquí que antes de ponerme en faena, eché un vistazo, como hago todas las mañanas, al New York Times y me encontré de sopetón con la noticia de que Google se ha sacado otro nuevo jueguecito de su mágica chistera, al cual ha denominado Books N-gram Viewer, y que es una herramienta que muestra en una gráfica la frecuencia verbal a través de los más de cinco millones de libros que Google Books lleva escaneados.

 

La posibilidad de rastrear con precisión matemática la frecuencia de uso de una palabra cualquiera y poder determinar en cada periodo su mayor o menor popularidad es de un valor incalculable no sólo para lexicógrafos y lingüistas, sino para el historiador, el sociólogo o el psicólogo. Yo me he puesto a hacer algunos experimentos y he obtenido resultados para todos los gustos, algunos ciertamente previsibles, pero otros que me han dejado un tanto desconcertado. Daré algunos ejemplos.

 

El “dinero” es poderoso caballero, pero es interesante observar que en el corpus de libros existente en español en estos últimos 500 años, la “honra” o la “fama” estuvieron muy por delante hasta 1770 en la frecuencia de uso, mientras que “espiritual” era más común que “material” hasta 1830, para ir decreciendo paulatinamente, salvo un repunte entre 1930 y 1950.

 

La palabra “amor” aparece con mucha más frecuencia que la palabra “sexo” en todas las épocas, pero, en cambio, está por debajo de la palabra “muerte”, salvo en un periodo de cinco años, entre 1920 y 1925, que no por nada fueron conocidos como los felices años veinte.

 

Otros términos antinómicos deparan resultados sorprendentes. La frecuencia de la palabra “hombres” con respecto a “mujeres” ha sufrido un cambio radical. Así, el punto álgido y el grado de mayor separación entre una y otra palabra se da a principios de los años cuarenta del siglo pasado, con un grado de frecuencia de 0.0500% frente a 0.0100% a favor de “hombres”, pero a partir de los años cincuenta se cambia la tendencia, de tal manera que a finales del siglo XX la palabra “mujeres” no sólo alcanza a “hombres”, sino que hasta la supera.

 

Al ver un dato como este, uno pensaría que estamos cerca de la igualdad de los sexos, pero es quizá una vaga ilusión, al menos por lo que respecta a España o al mundo hispánico, ya que si se eligen profesiones por su diferencia de género (abogado-abogada, doctor-doctora, profesor-profesora), la marca masculina prevalece en todos los casos y apenas se advierte en las últimas décadas una cercanía en su grado de frecuencia.

 

A mí lo que más me choca es que incluso en un campo como la enseñanza, donde la mujer está mayoritariamente representada, la palabra “profesora” tiene un índice de frecuencia prácticamente igual de bajo con respecto a “profesor” tanto en 1900 como en el 2000.

 

Quiero terminar con un último experimento consistente en determinar el grado de popularidad de “Francia”, “Alemania”, “Inglaterra”, “Italia” o “España” a través de los libros publicados en los Estados Unidos durante el siglo XX. El resultado, aunque previsible, es un tanto descorazonador. Todos los países europeos han sufrido un paulatino descenso en las últimas décadas, y así Inglaterra, el país más citado, pasa de 0.0300% en 1900 a apenas 0.0100% en el año 2000, mientras Francia y Alemania, citadísimos a principios del siglo XX, se arrastran y se ven superados por China, que parece ascender de manera irresistible. Entretanto España está a la cola, aunque no muy por debajo de Italia.

 

Números, sólo números, ciertamente, pero al ver las líneas ascendentes o descendentes de estas gráficas yo no puedo por menos de pensar en una especie de electrocardiograma que nos mostrara día a día el ritmo vital de las palabras.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.