El pan que se quemó en la tostadora

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A estas alturas puede que haya crecido la zarza de la desesperación. Es normal. Cada tramo parece un nuevo círculo en la espiral del purgatorio de Dante. Los días de la semana semejan una nebulosa indistinguible y ya hay quien no puede ocultar más la desazón que empaña la mirada, como vaho en una ventana polvorienta. De lo que se trata entonces es de aligerar la pesadumbre, porque la tristeza es la mayor parálisis. De hallar preciosas gotas en mitad del aguacero.

Entre la barahúnda informativa, los reportajes de Juan Diego Quesada en El País son eso: piezas artísticas del periodismo narrativo. Parte de la antología de lo que está pasando y cuya lectura seguirá impactando mañana. Como la belleza de una melodía o un cuadro lleno de detalles, el periodista coloca a las personas y sus circunstancias en primera fila, y cristaliza por medio del lenguaje literario la experiencia humana en contacto con el sufrimiento.

Los inicios de Juan Diego Quesada fueron en la agencia informativa Europa Press. Experiencia que le sirvió para aprender a «ordenar bien la información». Pero pasado un tiempo crecía su inquietud por «contar las historias de una forma más profunda». Su estancia en México, en la sección deportiva de El País de América, le sirvió para empaparse bien de la cultura de la llamada crónica latinoamericana. Ahora, Quesada narra las intrahistorias de esta crisis.

Se adentra en la zona cero. Vive, por ejemplo, una madrugada entera recorriendo los lugares de trabajo en la capital confinada. Todo un viaje al final de la noche titulado Madrid fundido a negro: la ciudad que ahora sí duerme, y que, como en otros trabajos, firma junto a Manuel Viejo. En este reportaje se busca el rostro, los nombres y apellidos más allá de los datos numéricos. Un empleado de un crematorio que ha enterrado a la madre de algún amigo; un sintecho que vive bajo la bóveda acristalada de la terminal 4 de Barajas con la única ilusión de que su hijo dejará la cárcel en unos meses y así él tendrá una excusa para salir del aeropuerto; los vigilantes de seguridad del Hospital de la Paz, esos «tipos duros» que «también tienen miedo»; un panadero que se engancha a las seis de la mañana y que echa mucho de menos «el ruido ese de Madrid».

Quesada dibuja por medio de sencillas descripciones la vida que late bajo la piel magullada de esta realidad confinada. La relata con el asombro de quien la contempla y la cuestiona por primera vez. «Esa ha sido siempre la actitud de los mejores periodistas y esa será, también, el arma con que los lectores del siglo XXI seguirán aferrados a sus periódicos de siempre», asegura Tomás Eloy Martínez.

Y esa arma son las historias. La llegada de la Guardia Real para desinfectar un convento. Los escenarios irreales de aquel primer sábado ya lejano de un Madrid vacío. Una terapia grupal para quienes ven morir a los ancianos en residencias. El trabajo de un sacerdote que celebra responsos de siete minutos por la acumulación de difuntos. «Al escuchar el ruido del motor, el cura se asoma a la puerta de la capilla. El coche fúnebre acaba de detenerse en la entrada. Transporta el ataúd sellado y hermético de una señora que ha muerto a los 100 años de edad. El padre José Luis Sáenz, encargado de la última oración a los difuntos en el cementerio Sur de Madrid, se ajusta la mascarilla y se coloca al cuello la estola morada». Como si fuera el comienzo de una novela, Quesada inicia su reportaje Siete minutos para cada difunto con uno de los retratos más difíciles de esta crisis: el solitario adiós a los fallecidos bajo la lluvia pertinaz de los primeros días de abril.

Enseña Leila Guerriero que «un buen principio debe tener la fuerza de una lanza bien arrojada y la voluntad de un vikingo: ser capaz de empujar a la crónica a su mejor destino». Las primeras frases de las historias de Quesada arrancan siempre mostrando escenas que consiguen que la lectura sea imparable y que a los lectores «se les queme el pan en la tostadora del desayuno», como dijo Tomás Eloy Martínez.

Como esa lanza, así comienza el texto Don Rafael huyó para que no le llegara su hora, el testimonio de un anciano que se marcha de una residencia al conocer que muchos de sus compañeros habían fallecido: «Era la hora de la cena. Las ocho de la tarde. El trabajador de la residencia servía los platos a don Rafael en su habitación, donde el anciano había quedado confinado desde el comienzo de la pandemia. Don Rafael notó que el empleado, con el que tenía cierta confianza, tenía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando. —¿Es que has visto algún muerto? —preguntó. —Seis, don Rafael. —Pero qué me dices… —Hortensia, Conchita, Leopoldo…».

Las líneas de diálogo no solo aligeran la narración, sino que bastan para esbozar rápidamente el rostro de quien habla. «―¿Ha incinerado algún famoso? ―Sí, claro, y a la madre de algún amigo». «—Además de las dos monjas, ¿ha muerto alguien más? —¿Cómo?—Que si alguien más ha muerto.—No». El ritmo refleja la vida que se cuenta; se amolda a lo que demanda el contenido. En la crónica 24 horas con el Summa móvil, que firma junto a Antonio Nieto, las frases cortas, a veces de una sola palabra, otorgan celeridad y frenetismo a la acción de un día a bordo en la ambulancia de urgencias. «De repente, el sonido del walkie talkie interrumpe estas confesiones de mesa camilla. “Mujer con convulsiones. Cardiopatía previa. Calle…, número 6”. Sirena. Semáforos en rojo. Vestirse a toda prisa. Las calles cruzando a toda velocidad a través de la ventanilla».

Como un vecino que se suma a la sobremesa familiar, Quesada viene y dice, casi al tiempo que suceden los hechos, lo que ha visto en la calle, en su convivencia con el mundo de afuera. Y lo cuenta sin prisas, como los narradores que se toman su tiempo para que el relato cobre vida. Con detalles, con pausas, con diálogos. Modulando la entonación. Con esas artes tan necesarias «para que nos expliquen el mundo y para que nos alejen del mundo, para saber lo más posible sobre la realidad inmediata y para escaparnos y consolarnos de ella», en palabras de Antonio Muñoz Molina. Para aligerar la pesadumbre. Para desbrozar la maleza en la que, a estas alturas, ya crece la zarza de la desesperación.

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