El pantano de la memoria

Donde se recuerda que el boom de la “no ficción” ha creado novelas clónicas donde solo salen solterones que pasean por capitales para ligar con letraheridas

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Los recuerdos se acumulan como gotas de una pequeña fuente sin posibilidad de desagüe. Muchas veces estas aguas estancadas, hediondas en ocasiones, nos traen al presente situaciones que tienden a erosionar lo poco que quede de ego. Otras nos dan una falsa sensación de “invulnerabilidad”, la cual casi siempre se lleva a otras personas por delante de creer al filósofo. Tal es la permeabilidad del cerebro a la construcción de ficciones que en 2013 científicos del MIT pudieron implantar “recuerdos falsos” en ratones, abriendo la veda a que muy pronto todos podamos vivir nuestra particular novela de Philip K. Dick y no tener ya necesidad futura de “abrir los ojos”.

Te va a dejar por intenso.

La “no ficción” hizo de esta subjetividad un recuerdo “verídico” en cuanto a vivido, “una interpretación” siguiendo a los posmodernos, pero esto también ha creado delirantes ficciones andantes. Los escritores, de hecho, han hecho de esta construcción de personajes literarios parte de una publicidad tan estudiada como interesada: no en vano el cuco de Ramón Gómez de la Serna juzgaba a Valle-Inclán “la mejor máscara a pie que cruzaba la calle de Alcalá”. No hay que ser muy listo, tampoco nada clarividente, para sospechar de gentes que hablen de sí mismas en tercera persona, digan la inenarrable cita “a mi persona” o vuelen en reinos oníricos de novelitas tan falsas como imaginadas.

La novela como “yo” consciente, que siempre entra en crisis en los estados socialistas, es el paradigma de nuestro tiempo, incluso en el ensayo más heterodoxo. Se busca la ficción vivida, el viaje iniciático, para obtener una verdad sencilla que no requiera jamás trabajo bibliográfico o uso mínimo de una capacidad cuantificadora. La ficción inicial según Lacan, “el yo”, sirve como pegamento aglutinador de experiencias que más que vividas son creadas por y para la hoja en blanco.

Lo divertido de todos estos asertos, en el fondo el autor es otro posmoderno, es que la mayoría de estas obras de “no ficción” acababan siendo parecidísimas entre sí. Descripciones clónicas de calles en Barcelona o Madrid se repetían una y otra vez en piezas que daba igual que estuvieran pergeñadas por un transexual indonesio, un hombre blanco heterosexual o un enano pigmeo de tendencias sadomasoquistas. La “no ficción” que pretendía acabar con el periodismo aburrido, el pulcro reportaje como ensayo de la actualidad, ha acabado como una delirante sucesión de novelitas cuyos devenires son siempre previsibles y ya fueron descritos por Propp.

En efecto, Henry Miller se parecía a tu abuelo de Soria

Tiene gracia que todos estos autores, todos estos “ratones”, se creyeran especiales por tener un lazo púrpura en la oreja o un collar carísimo de perlas alba. Al fin y al cabo, nunca salieron de esa jaula irrespirable, de ese pantano putrefacto de falsos recuerdos, en que se ha convertido la “no ficción”.

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