El paragüero de Chesterton

0
543

G. K. Chesterton fue uno de los primeros en entender que el crimen no es tanto una cuestión de tramas como de belleza y filosofía. Poco le preocupó a este escritor rotundo, católico y genial dar verosimilitud a sus famosas historias del Padre Brown.

 

Aunque Borges epató con aquello de “hubiera podido ser un Edgar Alan Poe o un Kafka: prefirió –debemos agradecérselo- ser Chesterton”, nosotros (y en el fondo el propio Borges) sabemos que no. No hubiera podido ser Poe ni Kafka: ¿cómo podría serlo aquel ser social, de casi dos metros de humanidad, adicto a los clubs y a las tertulias?  

 

G. K. Chesterton fue uno de los primeros en entender que el crimen no es tanto una cuestión de tramas como de belleza y filosofía. Poco le preocupó a este escritor rotundo, católico y genial dar verosimilitud a sus famosas historias del Padre Brown. Leer los casos que resuelve el candoroso e inteligente sacerdote es como subirse a un luminoso tío-vivo lleno de sospechosos vestidos de colores chillones, tan poco cercanos a un ser humano real como los personajes de la Commedia dell’Arte lo eran a un italiano del siglo XVI.

 

Pero estos personajes, cuando abren la boca, dicen cosas inteligentes, y el espíritu se recrea. Chesterton, que por supuesto era un hombre inteligente, habla por ellos. Chesterton, que naturalmente era moralista, no plantea la resolución del caso como una cuestión de ley y orden, sino de maldad o bondad, y cuando el padre Brown deslumbra con sus deducciones infalibles, uno se queda con la sensación de que al malvado culpable no le van a caer diez o veinte años de cárcel, sino doscientos o trescientos padrenuestros y avemarías. Y Chesterton, que era, of course, muy inglés, todo lo mide por lo que se parece o no a lo que él entendía que era ser inglés acomodado, culto, curioso, conservador e imaginativo.

 

Chesterton creó una asombrosa obra total. Quien desee un punto de partida con la inmediatez de un click, hágalo aquí en lengua inglesa: o aquí, en la española, y podrá comprobar cómo decía (escribía) cosas profundas tal que si hablase distraídamente del tiempo.

 

https://www.fronterad.com/wp-content/files/ficheros_blog/5278/parag%C3%BCero.jpg

Problema: ¿Cuántos paraguas hace falta poner en el paragüero para que el Comandante Brown pueda iniciar su jornada tranquilo? (Respuesta al final del post)


 

En materia de crimen y misterio, que es la que aquí nos atañe, a Chesterton hay que leerle como al gran poeta inglés que es, con emoción, con tranquilidad, con la certeza (sencilla y sublime regla del escritor) de que no hay una línea que este señor haya escrito que no merezca la pena de ser leída.

 

¿Cuándo hay que leer los casos del Padre Brown? Al acostarse. ¿Cuánto? Medio cuento por noche, más o menos. ¿Con que frecuencia? Varios cuentos seguidos durante una semana o dos, abandonándolo luego hasta unos meses después, en que se puede retomar la lectura de la misma manera (no conviene abusar del tío-vivo). ¿Una muestra de su gracia al escribir? Aquí va una, no de los relatos del Padre Brown, sino al personaje del mismo apellido, en Las extraordinarias aventuras del comandante Brown; cuando, casi al inicio de la historia, Chesterton quiere caracterizar a este militar retirado como meticuloso y de costumbres exactas, escribe de manera gozosamente precisa; “Era uno de esos hombres que son capaces de poner cuatro paraguas en el paragüero, en lugar de tres, con objeto de que haya dos a cada lado”.

 ÓSCAR URRA RÍOS. Doctor en Filología y profesor. Ha publicado los manuales Cómo escribir una novela negra (Fragua, 2013), y Literatura Universal (McGraw Hill, 2009), así como diversos artículos y reseñas sobre temas literarios. Como autor de ficción, durante la última década ha sacado a la luz tres novelas negras (A timba abierta, Impar y Rojo -las dos traducidas al alemán por Unionsverlag- y Bacarrá), y otra un tanto oscura (Yo, zombi), todas en la editorial Salto de Página, así como algunos cuentos de género negro. Vive en el centro de Madrid, que es decir el centro del Universo.