El patio trasero de Vietnam. Menores incapacitados por las secuelas de una guerra lejana

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“Will make it clear to volunteers about where he wants to sit”, dice junto a su foto la ficha de Tuán Anh, al que llaman cariñosamente Froggy entre los voluntarios, tiene doble codo, una secuela clásica del agente naranja de la Guerra de Vietnam. Esa es la indicación principal para Tuán Anh: donde quiere sentarse. Cada niño y niña tiene la suya en la lista con su foto y su nombre dependiendo de la discapacidad que padece. Hay muchas personas en este centro de la provincia de Bavi, al noroeste de Hanoi, y no se sabe cuántos de ellos están afectados directa o indirectamente por las armas químicas que usó Estados Unidos en la Guerra desde 1962 a 1971, un drama muy presente en Vietnam, más visible en las calles del sur del país, no tan visible en las del norte, aunque sea igual de real.

 

Tuán Anh, Froggy, sobre la mesa del patio de la room 1 del Bavi Centre.

 

Según el Gobierno de Vietnam, durante la Guerra de Estados Unidos (como allí se la conoce) unos tres millones de personas murieron debido al uso de químicos, 500.000 niños y niñas nacieron con malformaciones congénitas. Desde ese momento, la Cruz Roja estima que hoy en día hasta un millón de personas son discapacitadas o tienen problemas de salud debido al Agente Naranja.

 

Aunque Froggy necesita ayuda para sentarse encima de la mesa, se “arrastra” con sus rodillas por el suelo, no pierde la sonrisa, busca siempre a alguien para jugar, si es alguien nuevo en el centro, mejor, y en cuanto suena un poco de música en el altavoz que va de mano en mano de niños y niñas en el patio, se pone a bailar sin dudarlo.

 

Froggy y algunos niños más de la Room 1 en el patio.

 

Como él, muchos, casi todas, tienen muchas ganas de jugar, con lo que sea. Naturalmente la pelota es el elemento favorito, que pasa a un segundo plano si alguien, como es el caso, aparece con una cámara al cuello, se multiplican las ganas de hacer, hacerse o que se le hagan fotos a todos los presentes.

 

 

Barracones

 

Cartel anunciando la entrada al centro con el mapa de la zona y la calle principal que da acceso al centro, a la derecha.

 

Lo primero que se ve al llegar al terreno que ocupa el centro es un cartel en vietnamita y en inglés que nos da la bienvenida y los edificios administrativos. Más adelante, a la derecha, se encuentran los barracones, otrora usados por el ejército donde se alojan los internos de todas las edades. Al frente, un huerto en el que se cultiva, entre otras cosas, una planta que se cuece y se usa para limpiar las estancias con aroma a limón. El ahorro en jabón y en productos de limpieza es básico; su desinfección, también. Dentro del huerto un buda femenino, típico de algunas zonas de Vietnam. Al llegar al módulo llama la atención el espacio en el que se encuentran, apenas 30 metros cuadrados de patio donde hacen y deshacen, donde una puerta de metal no demasiado fiable impide que salgan de la zona vigilada por voluntarias y trabajadoras del centro.

 

Buda femenino en el centro del huerto.

 

Entrada al patio de la Room 2, a la entrada, un chico con síndrome de Down.

 

Patio de la Room 2 con las sillas de ruedas donde desplazan a los chicos y chicas que no pueden caminar y donde les dan de comer.

 

Las habitaciones son espacios con grandes cunas metálicas donde pueden encontrarse 3 o 4 criaturas. En teoría son las altas temperaturas las que hacen que no tengan en la mayoría de casos colchones, para evitar el sofocante calor, paliado en el interior del espacio con ventiladores con escasa eficacia. Sólo algunas de ellas están provistas de unas finas esterillas para evitar el contacto con el metal de algunos de los chicos y chicas.

 

La sensación que da ver a niños y niñas tumbados sobre láminas de metal es extraña., Algunas pinturas de colores en las paredes recuerdan que estamos en un centro de menores. La austeridad y el mobiliario podrían situarnos fácilmente en sanatorios de hace décadas.

 

 

 

Una de las habitaciones con las cunas de metal donde duermen y pasan la mayoría del tiempo los niños y niñas que tienen más dificultades para moverse.

 

 

En construcción

 

El Bavi Disability Centre es como una ciudad en miniatura. Allí está todo. De allí no salen y probablemente no saldrán nunca los que que allí viven, ajenas completamente a la vida exterior, ajenas a ese Vietnam abierto al turismo externo e interno. Un país que el año pasado recibió a 12 millones de turistas de todo el mundo para admirar sus maravillas humanas y naturales y que en los últimos años ha aumentado el PIB debido a ese turismo en casi un 7%.

 

Uno se da cuenta enseguida que está en un país en construcción. Ese incremento económico se nota en torno a las ciudades principales, Hanoi y Ho Chi Mihn, así como en los principales centros turísticos como la Bahía de Halong o Sapa. En otras áreas no tan turísticas también se aprecia ese desarrollo. Pueblos y ciudades están plagados de grúas y obras. Bavi es una de ellas, pero desde luego el tiempo parece haberse detenido en este centro.

 

El Hanoi nursing centre for elderly & disabled children, que así se llama en inglés, está ubicado cerca del hasta ahora ignoto para el turista foráneo (de momento) Parque Natural de Bavi, una joya de flora y fauna subtropical de casi 11.000 hectáreas. Atravesado por el Red River, unos 70 kilómetros después pasa por Hanoi y acaba desembocando en el Golfo de Tonkin, cerca de la archiconocida Bahía de Halong. Pero aquí no hay cruceros ni turistas, sino un entorno natural rural de campos de arroz, bueyes y arados de hierro y madera, un lago inmenso y este centro, cuya tipología se multiplica a lo largo y ancho del país.

 

Calle principal del centro, a la derecha se encuentran los menores, a la izquierda los mayores.

 

Se trata de instituciones estatales para atender a personas con discapacidades varias, desde síndrome de Down, autismo, malformaciones causadas por la herencia de afectados por el Agente Naranja y muchos otros males sin diagnosticar. Eso ha hecho que las familias de estos niños no puedan atenderlos y su única salida sea ingresarlos en uno de estos centros para discapacitados que se transforman en orfanatos.

 

Muchos no reciben visitas sus familiares. Algunos tienen abuelos que los visitan apenas cada dos meses. En general, su familia son los voluntarios y trabajadoras del centro. Son las caras que ven cada día.

 

Voluntarias del programa Helping Hands, Changing Lives.

 

 

Red Lotus

 

La Red Lotus Foundation se dedica a los bebés, criaturas que ingresan en el centro nada más nacer. A medida que van pasando los años van cambiando de lugar. Cuando se va avanza por las calles de este complejo hospitalario parece una auténtica villa. Los internos, niños y niñas, saludan, sonríen, abrazan… Pero hay también quienes se esconden, por miedo o rechazo… Por lo general están acostumbrados a la presencia de occidentales, voluntarios de la organización no gubernamental Red Lotus Foundation y su programa específico Helping Hands Vietnam.

 

 

El impacto al llegar inevitable. Las condiciones no son fáciles, construcciones nada acogedoras en principio. Pero son las que tienen. Y a pesar de ello los voluntarios y trabajadoras del centro intentan hacer la vida más tolerable para los pequeños pacientes que necesitan más cuidados y atención. “Fue duro la primera semana, mucho, mañana y tarde había algo que me hacía llorar. Uno de esos primeros días, dándole de comer a una de las niñas, me di cuenta que estaba llorando sobre ella”, dice Sara, voluntaria de Barcelona que vive su primera experiencia en el Centro. Así se le llama de forma genérica, “el Centro”, como una suerte de Gran Hermano donde uno entra y no da abasto. Siempre hay miles de cosas que hacer.

 

Incluso en las horas y ratos libres, en los fines de semana, muchos voluntarios no pueden desconectar. Uno se pregunta realmente si se puede desconectar alguna vez de una experiencia así, durante las semanas que se pasan allí, o al regresar a la rutina en el país de origen, en el caso de los voluntarios. En ocasiones es después de volver cuando empiezan a digerir lo que han vivido, las condiciones de los niños, y sobre todo el trato que se les dispensa, a veces poco humano y difícil de entender para muchos occidentales que viven la experiencia.

 

Los occidentales hacen horario partido de mañana y tarde. Las trabajadoras están todo el día y una de ellas se queda de guardia por las noches. Los recursos materiales son escasos. A veces da la sensación de que las ganas y la humanidad de algunas de las trabajadoras del centro, también. Esto a veces resulta chocante para el grupo de voluntarios. Pero es en estos momentos cuando hay que lidiar con el choque cultural.

 

Trabajadoras del centro en el patio de la Room 2 dando de comer a algunos niños y niñas.

 

La ONG australiana ayuda a que el cuidado y la estancia de estas personas no se limite a estar encerrados en las habitaciones, darles de comer, bañarlos y dormir. Ha acondicionado algunas zonas del centro y facilita que jueguen y tengan algo más que hacer que ver cómo la vida va pasando.

 

Ducky, de pie, haciendo carantoñas a un compañero en silla de ruedas.

 

A lo largo de los nueve años que la Red Lotus Foundation trabaja en Vietnam y en concreto en este centro se ha ido construyendo un techado que se ha ido ampliando poco a poco para que se pueda estar fuera de las habitaciones a la sombra. De otro modo sería inviable salir y estar al sol con unas temperaturas que la mayor parte del año son extremas. En los días de agosto hay una sensación térmica continua alrededor de 40 grados.

 

Techado en el exterior de la Room 1.

 

Una aportación importante del programa Helping Hands Vietnam son la Soft Room y la Creative Therapy Room. La primera es una habitación acolchada con elementos de psicomotricidad sobre todo creada para los niños con discapacidad visual, o directamente sin ojos en las cuencas.

 

Mai, sin ojos en las cuencas debido a las secuelas del Agente Naranja, duerme en una de las cunas de la Room 1.

 

He ahí otra secuela típica del agente naranja, fácilmente reconocible: no desarrollo de los ojos y una fina piel que recubre la cuenca vacía. En esa sala acondicionada pueden jugar y moverse sin peligro a hacerse daño.

 

En la segunda, uno o dos voluntarios estimulan con juegos creativos artísticos y lúdicos a los niños y niñas para que desarrollen capacidades espaciales y de psicomotricidad fina, básicamente. Los turnos para estos espacios son de media hora, siempre con uno o dos cuidadores para evitar accidentes.

 

Soft Room y Creative Therapy Room.

 

Van Thuong, sin ojos en las cuencas, puede jugar sin peligro en la Soft Room.

 

Giang, con discapacidad visual severa, también puede jugar sin peligro en la Soft Room.

 

Christine, voluntaria norteamericana, al cuidado de los dos pequeños en la Soft Room.

 

Dos voluntarios trabajan con tres niños en la Creative Therapy Room.

 

Esta ONG fue fundada hace 10 años por Terry Donnelly, un australiano que lo dejó todo allí después de ver las condiciones y la vida de estas personas, muy numerosas en este país y que normalmente son invisibles para los turistas que visitan Vietnam, sobre todo en el norte del país. En esta región, más deprimida económicamente que la del sur, hay numerosos centros porque menos familias pueden hacerse cargo de los familiares con discapacidad.

 

Es la única organización con autorización del Gobierno vietnamita para colaborar en este programa, el Bavi Disability Program, y en otro situado en Huong La, el Huong La Disability/Orphanage Program, operado por diez hermanas católicas en la provincia de Bac Ninh, a unos 60 kilómetros al norte de Hanoi. Ambos en un contexto parecido.

 

 

Región de Bavi

 

Llegar a Bavi es complicado en transporte público. Normalmente, las rutas turísticas vietnamitas son fáciles de seguir desde cualquier hotel, alojamiento o estación de autobús. Todo está señalizado. En el caso de Bavi es más difícil. Desde Hanoi se puede coger un autobús casi imposible de encontrar, ya lo avisan en el hotel. Y difícil es también comunicarse para poder saber cuál es el correcto, básico y principal. Los problemas para decir correctamente Bavi, nombre de la zona a priori sencillo, pero que se complica cuando un occidental quiere llegar a la zona. No están acostumbrados a que alguien quiera ir allí. Al final lo más fácil es la opción de taxi y recorrer aproximadamente la hora y media que separa a Bavi de la urbe.

 

Comparto el taxi con Carmen, española que lleva siete veranos colaborando con Red Lotus Foundation, y cinco en este centro. Ha ido a pasar el fin de semana a Hanoi para relajarse un poco después de tres semanas de ir al centro casi todos los días, fines de semana incluidos. Le costaba mucho estar en su hotel, a unos minutos a pie, pensando en los niños y niñas que están allí. Vuelve para pasar su última semana en el centro, quizás su último verano. Dice que engancha mucho colaborar, pero está muy cansada. Es comprensible…

 

Es francamente difícil, si es que se consigue, acostumbrarse al trato a los niños y niñas cuando les dan de comer, los lavan, los acuestan o levantan, aparte de sus discapacidades o malformaciones. No es maltrato, quizás es costumbre y uso en este tipo de centros. La escasez de recursos influye.

 

Llega la hora de comer. Sobre las 11 de la mañana, y por turnos, se van repartiendo los platos de comida a los niños con capacidad para valerse por sí mismos. A los demás, casi bebés o con un alto grado de discapacidad, hay que darles directamente la comida en el mismo suelo o sentados en unas sillas con correas habilitadas para mantenerlos erguidos y que no se marchen. Voluntarias y trabajadoras del centro se encargan de ello. También de vigilarlos cuando están sentados en las sillas, en el caso de que no puedan mantenerse en pie.

 

Una trabajadora del centro dando de comer a un niño en el suelo de la Room 1.

 

A partir de ahí la cosa funciona por turnos, sobre todo para los niños y niñas de movilidad más reducida, turnos para usar la soft room, turnos para usar las sillas fuera y salir de las habitaciones, turnos para jugar… Ello permite tener más control sobre ellos, sobre todo los que disfrutan de muy baja capacidad motriz.

 

Hora de jugar y escuchar un poco de música en el patio.

 

Entre las 4 y las 5 de la tarde, antes que los voluntarios acaben su jornada, es la hora del baño. En el mismo suelo de las habitaciones o en las cunas las enfermeras enjabonan a los niños y niñas y los enjuagan con mangueras directamente. Luego, cambio de pañales, y a descansar, quizás a dormir hasta el día siguiente, y vuelta a empezar…

 

Baño en una de las habitaciones.

 

 

El futuro

 

Óscar, voluntario durante cinco años, ve difícil que siga durante muchos años más la ayuda que proporciona la ONG al centro, porque cada vez hay menos voluntarios. Es evidente que no son buenos augurios. Carmen es más optimista y tiene esperanzas que seguirán trabajando en el proyecto y colaborando con este tipo de centros. Gracias a la Red Lotus, y pese a la escasez de recursos y a la austeridad evidente, las condiciones objetivas han mejorado. Las cunas, sin ir más lejos. Antes estaban cerradas, a modo de jaulas, y los niños, casi bebés, se pasaban horas tumbados. De ahí que la cabeza de algunos se vea claramente plana sobre todo por la parte de atrás. Si desapareciera esta organización los ratos de ocio y de juego serían mucho menores y los cuidados se reducirían de nuevo a eso, a cuidados, sin más.

 

Otra de las habitaciones donde duermen y descansan los niños y niñas. Estas cunas sí están provistas de esterillas que separan a las criaturas de las láminas de hierro.

 

Sólo una parte de los chicos y chicas están escolarizados, o mejor dicho, van un par de horas, dentro del centro, al colegio, donde una profesora, a modo de clase particular, está con ellos cada mañana. La mayoría, debido a su discapacidad, no están “escolarizados” como algunos de sus compañeros.

 

Mai es una de las niñas que sí recibe clases una o dos horas al día.

 

Veremos si Vietnam, que aún sigue luchando contra las secuelas de una guerra lejana, pero no tanto, es capaz de atender a esta numerosa población. Veremos si el turismo, que crece de forma exponencial en algunas zonas y que revierte directamente en la economía del país, ayuda a que los recursos públicos se destinen también a centros como el de Bavi, además de a infraestructuras. Para que los invisibles (incluso para muchos vietnamitas) dejen de serlo.

 

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