El peñón que se creía diamante

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Gibraltar respira civilización por los cuatro costados. Una conjugación de tradición y modernidad de gran eficacia urbanística. En territorio gibraltareño todo luce extremadamente pensado y cuidado. En la calidad del entorno se respira cosmopolitismo, sin dejar de ser una plaza portuaria a pleno rendimiento. Tiene algo de Cádiz este entramado morisco del Gibraltar intramuros, un punto de distinción urbana por encima de la media andaluza, algo que otorga no sólo el dinero, sino la cultura que se tenga para percibirlo y gestionarlo.

 

 

Existen plazuelas y rincones de profunda poesía andaluza en sus calles. En ellas se vislumbra una suerte de Andalucía puesta de largo, con una distinción poco frecuente. La Andalucía de los ingleses está retocada y decorada con criterios artísticos italianos. Entre todas las paradojas que se experimentan en Gibraltar, perversamente puede llegar uno a preguntarse con auténtico regodeo interno:

 

       – ¿Y si toda Andalucía hubiera sido inglesa?

 

Y la única respuesta racional posible que acude a la cabeza es: «¡Qué maravilla!, ¡cómo se habría conservado!; cómo se habría potenciado y multiplicado el legado de los árabes y judíos; todo su renacimiento y barroco cristiano, sus murallas, sus castillos, sus palacios, sus catedrales. Lo que actualmente entendemos como norma de civilización, en Inglaterra viene siendo ley desde hace siglos.

 

 

La buena calidad de los materiales con que esta vestida y construida la ciudad, le otorga su primera elegancia. El exotismo de este peñón de 426 metros de altura, visible desde cualquier parte de la ciudad, le da a Gibraltar una personalidad insólita. Como todas las ciudades de origen árabe tienen una calle Principal desde la que se administra el dédalo de callejuelas adyacentes que conducen al puerto o a la Roca, como a ellos les gusta bravamente llamarla: The Rock.

 

 

Al otro lado de las puertas árabes de la ciudad, el cementerio de Trafalgar es el primer parque que encuentra el visitante en Gibraltar. Cumple tres funciones en sí mismo: cementerio, jardín y símbolo. Que en una recoleta rinconada por debajo del nivel de la calle, se extienda suelo sagrado, conteniendo entre otros a los muertos ingleses de la batalla de Trafalgar, pone en evidencia las escasas pérdidas de la Armada inglesa. A pesar de todo, el cementerio respira un encanto melancólico, urbanamente muy estimable. La brisa marina favorece con sus humedades la feracidad de las plantas. Prueba palpable de ello es la cercanía de Alameda Gardens, el primer parque en sentido literal que tuvieron los gibraltareños. Convertido en Jardín Botánico desde 1991, los Jardines de la Alameda trepan sobre la roca en majestuosas y serenas terrazas clásicas, donde se agrupa y exhibe toda la riqueza de plantas salvajes del Peñón. 

 

 

Main Street, la calle de las tiendas, con más de un kilómetro de longitud, es la Calle Elvira de la medina gibraltareña. Iglesias católicas, tabernas inglesas, tiendas de diamantes, palacios del gobernador que antaño fueron conventos franciscanos con aires de barroco rondeño; teatros, tiendas de comestibles y tabaquerías, en las que podría haber comprado habanos el mismo Robert Louis Stevenson. El respeto por la tradición y el sentido de la conservación que se respira y aprecia en Gibraltar no puede encontrarse prácticamente en ninguna ciudad andaluza, que en su modernización han dejado atrás gran parte de su patrimonio artístico.

 

 

Gibraltar es una tienda de ultramarinos finos de importación, un mostrador de la Gran Bretaña para vender sus productos -libres de impuestos- más allá de las islas madres. Si de paso, el inglés puede comprarse el local de la tienda, más tarde el edificio, luego todas las manzanas de la calle, y finalmente declararla territorio británico, tendremos el modelo sobre el que se basó la irresistible ascensión del Imperio Británico.

 

 

La importancia estratégica del Peñón, vigía de la entrada al Mediterráneo, forzó que el enclave llegara a manos inglesas por otras vías más directas: como botín de guerra, dirían algunos exaltados; y otros más prudentes lo llamarían compensación a la ayuda inglesa prestada en la Guerra de Sucesión española, que entronizó  a la dinastía aún reinante en España.

 

 

La reina de Gibraltar saluda de turquesa a sus súbditos gibraltareños. Está presente en sus vidas desde ese gigantesco retrato, como un César de su pueblo, cruzado con Margaret Thatcher. En los días que se tomó esta foto se acercaba el Jubileo de Diamante de su reina, sus sesenta años en el trono rigiendo a los ingleses. Los guías gibraltareños que ofrecen a pie de calle excursiones por la Roca, hablan entre sí en español; aunque cuando se dirigen a los turistas hispánicos, lo hacen en lengua inglesa. ¿Será por respeto a su reina?

 

 

Del carácter inglés, en Españal se destaca la flema, esa especie de contención de emociones donde se cultiva la más fina y punzante mordacidad; pero apenas se le da importancia a su pragmatismo poco escrupuloso: «Todo vale, si obtenemos nuestro beneficio».

 

Fotos: Gabriel Faba