El pequeño Napoleón del mal: El joven Moriarty, de Sofía Rhei

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En cierto momento de “El problema final”, uno de los más singulares relatos de cuantos componen las aventuras de Sherlock Holmes escritas por Sir Arthur Conan Doyle, el inquilino del 221B de Baker Street le hace a su ayudante, el doctor Watson, la siguiente descripción del personaje que le sigue la pista dispuesto a acabar con su vida

 

El joven Moriarty Rodriguez Barrera

 

En cierto momento de “El problema final”, uno de los más singulares relatos de cuantos componen las aventuras de Sherlock Holmes escritas por Sir Arthur Conan Doyle, el inquilino del 221B de Baker Street le hace a su ayudante, el doctor Watson, la siguiente descripción del personaje que le sigue la pista dispuesto a acabar con su vida: “Él es el Napoleón del crimen, Watson. Es el organizador de la mitad de lo malo y casi todo lo que no se detecta en esta gran ciudad. Es un genio, un filósofo, un pensador abstracto”.

 

Quien es así caracterizado por el más célebre detective de las letras universales no es otro que el profesor Moriarty, de quien Holmes en ese mismo pasaje destaca su buena cuna, su excelente educación y unas extraordinarias facultades matemáticas que le llevaron con tan sólo 21 años a escribir un importante tratado sobre el teorema del binomio. Pero, quien pasará a ser comúnmente conocido como el “archienemigo” de Holmes –a pesar de que, más allá de esporádicas menciones, sólo jugó un papel destacado en dos de las historias de la serie: la otra, la prehammettiana El valle del terror, era cronológicamente anterior aunque sería compuesta con posterioridad a la antedicha–, portaba unas nocivas tendencias hereditarias de la “más diabólica clase” que le llevarán a renunciar a su brillante carrera científica para consagrar su vida al cultivo del mal.

 

A lo largo de las cuatro novelas y los cincuenta y seis relatos publicados entre 1887 y 1927 que conforman la trayectoria holmesiana conoceremos de manera desperdigada e incluso contradictoria algunos datos reveladores sobre la biografía y la personalidad de este gran villano inspirado parcialmente en el criminal de origen judeoalemán Adam Worth, (1844–1902), ladrón de élite que trajo de cabeza con sus fechorías a las autoridades de Estados Unidos –le dio no poco trabajo a la Agencia de Detectives Pinkerton, con quienes terminaría colaborando– y media Europa hasta el punto de ser descrito precisamente por Scotland Yard como el “Napoleón del mal”. Así, sabremos entre otros detalles que Moriarty tiene un hermano, de profesión jefe de estación –¿o era coronel?–, que es soltero, y que su nombre de pila –¿el de su hermano también?– es James.

 

Sin embargo, poco más, aparte de una porción de su vasta actividad delictiva, es lo que ha llegado hasta nosotros acerca de los orígenes de esta soberbia mente criminal –no olvidemos que su plan definitivo, referido en “La Dinámica de un Asteroide” pasaba por destruir la Tierra–, una figura que, ya sea a través de la propia obra de Conan Doyle o de sus ramificaciones a través de toda una serie de adaptaciones, versiones y pastiches literarios, fílmicos o (jajejijojú) televisivos, ha pasado a ocupar un lugar de excepción dentro de la cultura popular del último siglo. Así ha sido hasta que Sofía Rhei, autora bajo el seudónimo Cornelius Krippa de la serie de humor infantil Krippys, ha querido venir a rellenar esta laguna, escribiendo eso que ha venido a llamarse últimamente –de una forma un tanto odiosa aunque imparable– “precuela”, esto es, la libre y analéptica recreación de la vida pasada de un personaje de ficción tal y como de forma verosímil podría haber sido. De acuerdo, precuela no está tan mal.

 

James Moriarty, “que no es exactamente malo… todavía”, pero que tiene bastante mala uva… ya, se convierte así en el protagonista de El misterio del dodo, una novela dirigida en apariencia a un público infantil pero que puede leerse también como un sabroso entretenimiento por cualquier adulto, y que supone un divertido homenaje a Conan Doyle y su mundo, que es también en gran medida el de todos nosotros. No en vano, a cualquier “lectoespectador”, por utilizar el término acuñado por el crítico Vicente Luis Mora, la Inglaterra victoriana le suena a estas alturas tan familiar como el Lejano Oeste, la Rusia de los zares o la vida en el París ocupado, topografías, en definitiva, que hemos incorporado a través del arte y de los medios de comunicación y por las que podemos transitar con la misma certidumbre, si tal cosa fuera posible, que por las calles de nuestro pueblo.

 

Casi todo en este libro, editado con sumo gusto, nos resulta cercano. Construida en base a la mejor tradición de las obras del género, en la línea que va de Los crímenes de la Calle Morgue a Agatha Christie, esto es, como un caso que habrá que resolver siguiendo el método deductivo, no faltan en El joven Moriarty los elementos característicos de la ambientación de este tipo de ficciones: el bosque, los caballos, la gran mansión; el retrato de la clásica separación entre los ámbitos de los señores y los criados; el exotismo colonial propio de los tiempos del Imperio que se filtra por las rendijas al tiempo que trata de ser exorcizado por el pujante positivismo del momento; e incluso una festiva batalla de puddings. El futuro lord del crimen, que da cumplidas muestras de una precoz y retorcida astucia, brillará así en mitad de la galería de personajes extravagantes (la baronesa tuerta, el insaciable gourmet, la horrible institutriz, la actriz sobreactuada o, uno de los caracteres más divertidos y logrados, la hechicera africana, entre otros) que la obra nos regala, y que se arremolinan en torno a la figura del Raphus cucullatus, el dodo, un curioso y mítico pájaro, presuntamente extinto en el siglo XVII, que ha sido traído directamente desde las islas Mauricio por el estrafalario tío Theodosius, y cuya desaparición –nunca un animal “protegido” se vio tan amenazado, convirtiendo la selva africana en un balneario al lado de los peligros que se ciernen sobre el animal en plena “civilización”– mantendrá en vilo a los habitantes de la mansión de los Moriarty durante las escasas horas en las que, con motivo de la fiesta que el padre de James ha organizado en honor del excéntrico explorador, transcurre la historia.

 

Escrita con una prosa sencilla repleta de simpáticos juegos de palabras y teñida de un humor inocente y en ocasiones delicioso, la obra, bellamente ilustrada por Alfonso Rodríguez Barrera, se ve enriquecida con la incorporación de otros homenajes, consumados en ocasiones, como en el caso del pequeño y ya siniestro Jack Reaper, en forma de apariciones fugaces o “cameos”, bien merced a la irrupción de una serie de secundarios mejor perfilados. De este modo, entre los personajes destacados que deambulan por el libro, se encuentran un flemático Charles Darwin, cuya teoría de la evolución de las especies se enfrenta a la disparatada hipótesis que el dodo encauza, un tartajeante reverendo Charles Hodgson, más conocido como Lewis Carroll, o la propia Alicia, el único personaje de la obra con el que James llega a sintonizar, encarnada en la pequeña Alice Lidell. Y es que, como recordarán muchos lectores –y como Rhei se encarga de subrayar– para muchos de nosotros el legendario “dodo”, “estúpido” en la lengua coloquial portuguesa, fue antes que nada aquella sorprendente criatura que aparecía en el tercer capítulo de Alicia en el país de las maravillas para organizar una disparatada carrera en la que todos resultaban ganadores y, consecuentemente, todos debían recibir su premio: en el caso de Alicia, su propio dedal.

 

A los anteriores habrá que sumar también la aparición de otro personaje de capital importancia en el universo holmesiano, presentado ahora a través la figura del hijo del jardinero y amigo de Moriarty, un John Watson sufridor de las bromas pesadas del avieso señorito que dista mucho de imaginar que unas décadas más tarde ese mismo pillastre, –aficionado al espionaje doméstico, al ajedrez, claro, y a los libros de táctica militar, por supuesto–, que lo arrastra de lío en follón hará todo lo que esté en su mano para acabar con la vida de su inseparable compañero de aventuras.

 

Algún fanático del personaje, de aquellos que se refieren al corpus holmesiano como las Sagradas Escrituras (reconozco que no es mi caso), tal vez crea encontrar en este último aspecto una prueba de la inconsistencia de la historia publicada esta primavera por la anglófila Fábulas de Albión. ¿Cómo iba a ser Watson un secuaz, de acuerdo que a regañadientes, en pantalón corto del malvado Moriarty cuando el cronista manifestará en su momento un casi completo desconocimiento del personaje en las obras de Doyle? ¡Si en “El problema final” llega a afirmar que nunca ha escuchado hablar de él! Pero, esto no tiene por qué ser síntoma de incoherencia y hasta, por qué no, es posible que en las próximas entregas de la obra (que, según se infiere del colofón, llegarán) se esclarezca esta aparente contradicción. Al fin y al cabo, si como Rhei sugiere en algún momento, será el padre de James Moriarty el encargado de sufragar los estudios del inteligente hijo de su empleado, ¿no podría resultar esto un motivo de vergüenza para un Watson dispuesto a hacer todo lo posible por ocultar su cercanía con el taimado rufián? Más aún, esta posibilidad incluso podría venir a paliar un llamativo desliz de Doyle cuando en El valle del terror, pese al desconocimiento del personaje del que hará gala más tarde, hace que Watson sí lo identifique ahora como “el más famoso científico criminal”. ¿No sería este balbuceo, nacido tal vez de un insoportable sentimiento de culpa, la mejor prueba de que efectivamente Watson y el vengativo Moriarty se conocían más de lo que hasta ahora sospechábamos?

 

En fin, a todas estas estimulantes cuestiones deberá hacer frente Rhei en el futuro, exponiéndose a la furia de los irregulares pero sabedora al mismo tiempo de que no es tarea sencilla amagar con retirarse, a riesgo de que sus jóvenes y no tan jóvenes lectores le terminen espetando lo mismo que la madre de Conan Doyle le dijo al escritor cuando este la hizo partícipe de su idea de matar a Holmes para dedicarse a tareas de mayor enjundia: “You won’t! You can’t! You mustn’t!” Prueba de lo infructuoso de su propósito es que lo intentó en “El problema final”, donde el detective libró al pie de las cataratas de Reichenbach y tras resultar Watson burlado con un falso mensaje –¿o acaso lo sabía y actuó como cómplice?, vale, perdón– su definitiva batalla con su más ilustre antagonista. Pero, el proyecto no prosperó, y los muertos de Doyle demostraron gozar de tan buena salud que, ante las violentas protestas de los lectores, el autor no tuvo más remedio que resucitar al mítico detective inventando una argucia, como se cuenta en “La casa vacía”, un tanto rocambolesca.

 

Ahora, por si no tuviéramos bastante, descubrimos que Moriarty, esa figura que de evanescente llegamos a pensar si verdaderamente existe, ese “cerebro de primer orden”, como Holmes lo definió, a quien creíamos yaciendo en el fondo de un barranco suizo después de que su oponente se deshiciera de él con una llave de baritsu, no sólo no ha pasado a mejor vida sino que se ha corporeizado en el cuerpo y, lo que es peor, en la cabeza de un niño.

 

Horror sobre horror. El problema sigue sin final. Los malos nunca mueren. Y Moriarty, menos: “that’s the man!”

 

©Imagen superior: ilustración de Alfonso Rodríguez Barrera para El joven Moriarty.

 

El joven Moriarty

FICHA DEL LIBRO

El joven Moriarty. El misterio del dodo.

Sofía Rhei.

Ilustraciones: Alfonso Rodríguez Barrera.

Fábulas de Albión.

Formato: rústica con solapa. 14 x 20 cm.

208 páginas.

PVP: €15.20.

ISBN: 978-84-939379-5-9

Fecha de publicación: abril de 2013.

José María Matás nació en Vélez-Málaga un poco más abajo de la casa en la que María Zambrano dio sus primeros pasos, lo que, sin suponer ningún mérito, siempre ayuda a decorar cualquier perfil biográfico. Y, además, es verdad. Debe a Verne y a Ibáñez sus primeros grandes gozos como lector, aunque probablemente ningún otro libro de su infancia le marcaría tanto como aquella espantable antología de relatos que “la señorita Charo” le obligó a leer, titulada Los cuentos de la calle Broca.   Apasionado de la política (siempre acarreará el lastre de no haber podido votar en el referéndum de la OTAN con la absurda excusa de que sólo tenía nueve años) y periodista frustrado, vocacional y autodidacta (el orden de los factores no altera el resultado), terminó estudiando Filología Hispánica en la Universidad de Málaga - donde cursaría estudios de doctorado dentro del programa Tradición Clásica y Modernidad Literaria en Hispanoamérica- y años más tarde, acaso como postrero desquite, Ciencias Políticas en la UNED.   Fundador de la extinta revista cultural La Pluma y el Tiempo y autor, entre otros, del libro de poemas Cristales rotos y de la obra teatral Un mar de fondo, con la que fue finalista del III Premio Internacional de Teatro para Autores Noveles Agustín González, viene colaborando desde hace más de una década con artículos sobre crítica cultural y reseñas de libros en diferentes publicaciones y medios digitales.   Piensa, con Kafka, que “un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro” y, con Sartre, que “El mundo puede prescindir perfectamente de la literatura, pero puede prescindir del hombre todavía mejor”.   De vez en cuando habla de sí mismo en tercera persona, pero solo por pudor.   No tiene e-reader, pero sí un limonero.