El perfil nocturno

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Cruza el barco el East River en dirección a Queens y es sólo para nosotros y en el restaurante junto al río esperan dry martinis, un blanco de Napa Valley, ostras, camareros con chaleco y demás. El huracán Earl, Atlántico adentro, sopla una brisa tibia que sube por el agua negra hasta enroscarse en los pilares del puente de Queens. El fin del mundo que Earl iba a traer a las calles ha pasado de largo una vez más y en su lugar, en esas mismas calles, tan lejanas de repente, la humedad relativa del aire asfixia el paso. Subimos por el East, tan elegantes de repente, y el perfil nocturno de Nueva York me reta, el perfil paralizante del Empire y el Chrysler y el Met y las ventanas iluminadas me reta a descifrarlo. ¿Qué soy?, parece preguntarme la ciudad. Yo no sé qué contestar, todo lo que me viene a la cabeza son tópicos: el monstruo dormido, las catedrales modernas, la fortaleza de la soledad, etc.

 

 

Pienso que, quizás, el perfil nocturno de Nueva York es un enigma sin solución y que ese es el motivo de que generaciones enteras se hayan quedado atrapados por él y lo hayan dado todo por esta ciudad: para luego preguntarse cada noche, ante sus gigantescas puertas de acero y cristal, qué es Nueva York.