El perfume

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Todavía hoy me pasa que detecto el perfume de mi primera novia en el aire, como uno de esos perros viejos que mantienen alerta un cierto sentido de la nostalgia y gimotean desde el fondo del tiempo. Ensombrezco la mirada y me consiento unos segundos de abatimiento mientras miro fijamente a la chica que lo lleva puesto como una estola, y al cruzarnos en la calle me doy la vuelta y detengo la mirada en su espalda, como si con ese olor suyo se llevase también una parte de mí encimada, ya despegada hace tiempo de mi vida, como uno de esos grandes trozos de hielo desgajados que deambulan por el océano sólo sostenidos por las dos miradas que lo perdieron y ahora lo velan.

 

De aquella relación lo único que se conserva intacto, tras la corrupción del desencanto y el camino tan largo que regresa del amor eterno, es ese perfume que todavía me agita cuando me lo cruzo por la calle una década después. Todo lo que trae el viento es bueno; no hay paraíso más resistente que el de los dieciocho años. A mí me deja sentado en el parque de Las Palmeras, me trae de golpe a la cabeza los minutos insólitos que dedicamos en silencio a estar juntos, y me devuelve finalmente bajando A Caeira dándole patadas a las piedras pensando en escribir algún día la historia del desaliento que me empezaba a enfriar la sangre mientras esperaba una de esas olas gigantes de las que se tienen noticia un año antes de que caiga arrasándolo todo.

 

El día en que se acabó cumplí de repente tres años seguidos, y cuando pretendí volver atrás, no a por ella sino a por mí, no recuperé más que aquel perfume y la piedra sepulcral sobre la que escribí, a modo de homenaje, un epitafio de amor. No se sobrevive a las mujeres. Las lleva uno colgando del corazón como esas latas que se ponen en los tubos de escape de los coches de los recién casados y acaban dejando un muro en mitad de tu vida separando lo que eres de lo que fuiste. Y si me quiero recordar, si quiero tirar de mí hacia atrás para regresarme, no acudo a las fotos sino al perfume, y me sorprendo arrinconando aromas, sorbiéndolos al vuelo como un animal marchito saciado de sí mismo, envuelto en heridas de las que sólo mana la felicidad de entonces.

1 COMENTARIO

  1. La plastilina y la pintura de

    La plastilina y la pintura de manos, el cuero de la chupa de mi primer amor, el aroma de una amiga me hace sentir en casa cuando me encuentro a miles de kilómetros de distancia. Aquel campamento de verano. Entrar en Pontevedra en coche y sentir el olor a mar (antes que el de celulosa) cuando aún faltan cincuenta kilómetros para llegar.

    Cuando pienso en dejar de fumar, pienso en todos esos olores que tal vez he perdido, tan lentamente que no soy capaz de echarlos de menos. ¿Cuántas cosas recordaría? Finalmente recuerdo que somos el tiempo que nos queda, no el que hemos vivido, y sigo fumando para no perderme en el pasado. Cuando menos, es una bonita excusa.

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