El poder de Perla

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El protagonista de este cuento, un chico de 12 años, se enamora de la bibliotecaria de su barrio, una atractiva hippie de 22 años, amante de los libros y algo cruel con el muchacho.

 

El protagonista de este cuento, un chico de 12 años se enamora de la bibliotecaria de su barrio, una atractiva hippie de 22 años, amante de los libros y algo cruel con el muchacho.

 

Cuando yo tenía 12 años estaba enamorado de Perla, la bibliotecaria del barrio, que debía tener unos 22 o 23 años y creo que había terminado una carrera en Literatura en la Universidad de Antioquia. El poder de Perla consistía en destrozarme los nervios, una cosa rarísima porque ninguna otra chica hacía lo mismo conmigo. Lo normal era comportarme tranquilo con las mujeres del colegio, conversábamos, yo les contaba chistes y reíamos, pero con Perla algo me pasaba. Creo que así es el amor.

 

Cuando iba a la biblioteca, me sentaba en una mesa y me quedaba mirándola trabajar en su escritorio. A veces, le caía un gajo de pelo sobre la frente y se lo corría a un lado de la oreja. Cuando ella miraba lo hacía con un intenso brillo en sus ojos que transmitían algo, no sé cómo explicar, además en sus movimientos yo veía cosas, no sé cuáles, pero eran sus movimientos. Luego, cuando se levantaba de su escritorio para atender a los usuarios, lo hacía con cordialidad, y cuando me miraba, yo me hacía el desentendido y volteaba para otro lado. Por lo general, cuando ella estaba en la biblioteca todos los usuarios nos dábamos cuenta. Creo que era su risa, su mirada, su pelo, no sé, pero el solo hecho de estar allí, Perla le daba al ambiente un toque distinto.

 

Una tarde, camino de la biblioteca, con una tarea de álgebra pendiente, me encontré con Felipe. Le dije que iba para donde mi novia. A Felipe le dio risa.

 

―Es verdad, ―le dije― Perla es mi novia, pero ella no sabe.

 

Cuando llevábamos un rato sentados en una de las mesas cerca de la colección de historia, Felipe me dijo:

 

―¿Por qué no vas y le conversas?

 

Me quedé callado porque no quería confesarle lo que me pasaba, pero Felipe era muy inteligente y lo supo de inmediato: yo no sabía de qué hablarle.

 

―¿Y si vas y le preguntas algo?

 

―¡Noooo, qué tal! ―contesté clavado en la resolución de un binomio.

 

―¿No es tu novia? ―dijo.

 

―¿Y qué quieres que le diga?

 

―Vas, y le preguntas si el ejercicio te quedó bueno.

 

―Ella sabe de literatura, no de matemáticas ―dije―. Y los que saben de literatura no saben de matemáticas.

 

―Tiene cara de nerd ―dijo Felipe―, es seguro que sabe de todo.

 

―¿Nerd? ―contesté molesto―. Es una mamacita.

 

―¿Mamacita? ―contestó―. Es una hippie que se baña con jabón azul de ropa.

 

―Hippie tu novia que se pone gotas de limón en los sobacos.

 

―¡Vas a ir, o no! ―dijo fastidiado.

 

Lo miré acongojado, con ganas de un consejo.

 

―Haces de cuenta que es una profe de colegio ―dijo―, así no recuerdas que es tu novia y no gagueas.

 

Había llegado la hora de demostrarle a Felipe unas cuantas cosas. Me levanté con el cuaderno y me dirigí al escritorio de Perla. Ella estaba leyendo unas carpetas. Tenía lentes, una diadema tejida sobre el pelo suelto y un anillo con una enorme piedra morada en cada dedo medio. Lucía como una bruja, una hermosa y nerd bruja, oliendo a Palo Santo, ese aroma que me recordaba a los hippies que vendían manillas, collares y otras artesanías en la calle Junín.

 

Perla levantó la vista, sonrió, y yo, en vez de dejar el cuaderno, en un movimiento torpe y en falso, le derramé el café que tenía en una de las esquinas de la mesa. Sus carpetas quedaron inundadas y negras y yo quedé con el agua del espanto hasta el cuello. Al fondo de la biblioteca, Felipe no podía de la risa.

 

―No pasa nada ―dijo ella― sólo es volver a imprimir las carpetas.

 

Perla tenía el poder de intranquilizarme. La muchacha del aseo me miraba desde un rincón, como si yo fuera un gamín de medias podridas.

 

Perla tratando de sonreír me repitió:

 

―No pasa nada, de verdad.

 

Salí empujando mi cuerpo y mi ánimo como si pesaran una tonelada y entonces no volví a la biblioteca.

 

 

Yo no era de los chicos retraídos del barrio. De hecho era tan buen jugador de futbol como Felipe, uno de los mejores. Hacíamos gambetas y metíamos goles cuando organizábamos los partidos al frente de mi casa, cerrando la calle. Pero ni el juego, ni los goles, me producían la ansiedad que me producía la bibliotecaria.

 

Por esa época sólo quería acostarme en mi cama, escuchar música romántica y soñar despierto con Perla. Imaginaba que ya era tan grande como ella y tenía barba, me iba para la biblioteca, hablábamos con soltura y salíamos a la panadería de don Rodolfo, a comer pastel de brevas, con vasos de leche. Para calmar las ganas de verla le escribí una poesía. Y me la aprendí de memoria. Incluso se la mostré a Felipe, corriendo el riesgo que el hombre me ridiculizara. Pero él y yo ya lo habíamos comprobado: los piropos y regalitos que a nosotros nos parecían cursis a las chicas les encantaba. Luego de declamarle mi poesía de memoria, Felipe se burló, pero finalmente me la pidió en préstamo para dedicársela a Divana, la chica de sus sueños.

 

Un sábado por la tarde, me decidí a jugar un partido de microfútbol al frente de la casa. Mi equipo era: “Sin camiseta”, y el equipo contrario: “con camiseta”. Cuando estábamos guerreando un empate de 2-2, mi mamá salió al balcón y me gritó que tenía una llamada.

 

―Mamá, diga que dejen la razón ―le contesté, alzando el cuello para mirarla.

 

Y mi mamá desde arriba gritó de nuevo:

 

―Es Perla, de la biblioteca.

 

“Uy, Perla” decían unos y otros de la gallada. El corazón me saltó a mil. Felipe dijo:

 

―A ver pues, hermano…, no se haga esperar.

 

En el barrio quedé como un verdadero ganador. La bibliotecaria me invitó para que fuera al día siguiente a la biblioteca, a las siete de la noche:

 

―Te tengo una sorpresa ―dijo.

 

Me olvidé del partido. No podía olvidar esas palabras: Te tengo una sorpresa. No veía la hora que anocheciera para dormirme, para amanecer, desayunar, almorzar y en la tarde ir donde Perla. Entonces volvía a recordar la voz de Perla diciéndome: Te tengo una sorpresa. Para relajarme y tomar confianza, le dije a Felipe que me acompañara y así fue. Esa noche lavé las zapatillas tenis y las puse a secar detrás de la nevera y al día siguiente me puse camisa de botones y me la metí por dentro del pantalón. En el camino, me encontré con Felipe, que venía tan arreglado como yo. Eran casi las siete de la noche, pero venía con unas gafas de sol. Venía mascando chicle de menta. Me ofreció.

 

―¿Y tú le diste el teléfono para que te llamara? ―me preguntó y yo apreté los labios para negar.

 

―Entonces ―preguntó Felipe― ¿de dónde rayos sacó tu número de teléfono?

 

Cuando llegamos había una concurrencia de unas 50 personas del barrio. Era el día del cumpleaños de la biblioteca comunitaria. ¡Carajos, era la sorpresita! Las mesas de estudio estaban arrinconadas y la sala estaba dispuesta con silletería y una tarima para la presentación. Mi ánimo otra vez bajó hasta las baldosas. Perla no me había llamado solamente a mí.

 

―Sacó tu teléfono de una lista de usuarios ―dedujo Felipe.

 

Me sentí engañado. Sentí que Perla era malvada conmigo. Creo que así es el amor. Uno se enamora deseando que esa persona sea de una manera, y resulta que es de una manera diferente.

 

Ya nos habíamos metido la camisa por dentro, ya estábamos allí, ya había comenzado el evento, entonces sentimos que ya no había otra opción más que quedarnos. Casi no alcanzamos puesto. Vimos la presentación artística de unos bailarines de freestyle, luego vimos a un payaso mal vestido interpretando a otro payaso llamado Silvio Rodríguez. Le cantamos el cumpleaños a la biblioteca, mirando a Perla que estaba hermosa. Cuando me miraba y me sonreía, yo olvidada mi decepción. Creo que así es el amor. Parecía una mujer elfo, con esa falda, ese pelo, esa nariz. A Felipe, le parecía horrenda la pinta, al hombre le gustaban las chicas de tacones y minifaldas. No le gustaban las hippies y más viendo que Perla tenía sandalias y tenía llenos de polvo y mugre los talones de los pies. Pobrecita. Al acabar con lo que tenía preparado, Perla preguntó si había en el público alguien que quisiera compartir una expresión artística con la comunidad del barrio.

 

Felipe alzó la mano. “Vea pues, es un varón ―pensé―, solo Dios sabe qué bobadas va a decir.”

 

―Mi amigo acá ―dijo señalándome―, tiene de memoria una poesía muy famosa.

 

Todos los asistentes me miraron.

 

―¡No, yo no, qué va! ―protesté y palidecí.

 

Felipe me daba palmaditas en la espalda.

 

―A las mujeres ―dijo mientras me empujaba para levantarme―, les encanta que uno demuestre el amor delante de todo el mundo. ―Y me picó el ojo ―. Vas a quedar como un príncipe.

 

―Maldito ―le dije, odiándolo.

 

Salí a la tarima sudando frío. Tomé el micrófono y comencé a recitar el poema que había escrito para ella. En los primeros dos versos vi que las señoras de las primeras filas tenían los ojos iluminados. Felipe, atrás, me alzaba el dedo pulgar. Miré a Perla y me sostenía una mirada brillante y enamorada. Y de nuevo, carajo, usó el súper poder de volverme bruto. Silencio total. No pude recordar qué seguía y ni siquiera tuve la valentía para improvisar algunos versos. Los ojos del público se apagaron. La señora del aseo, desde un rincón, se burlaba de mí, como una zarigüeya. Volví a repetir la última frase. Cuando Perla vio que ya no era capaz de seguir con el bendito poema pidió un aplauso y yo me bajé de esa tarima sintiéndome como una cucaracha aplastada. Le rogué al cielo porque comenzara el apocalipsis zombi, entrara una pandilla de muertos vivientes, y todos se largaran a correr y se olvidaran de mí.

 

En el camino de salida de la biblioteca no volví a mirar a Perla. Cuando salí a buscar a Felipe, para encenderlo, ya no estaba en la biblioteca.

 

Más adelante, una tarde, cuando estábamos jugando varios muchachos del barrio “seguimiento” con la bicicleta, el líder hizo un pique en una rampa que todos teníamos que seguir. Por supuesto con nosotros no estaba Felipe. Así fuera mayor que yo, no se dejaba ver de mí.

 

Esa tarde, yo era el último en la fila de bicis y cuando todos hicieron el truco y me tocaba, salté por el aire, caí mal y quedé con la bicicleta encima. El resto de los muchachos no se dio cuenta y siguió a toda velocidad a la siguiente prueba. Estaba sentado, como un perro lamiéndose las heridas, cuando llegó Perla. Se agachó y se sentó a mi lado. “Uno no puede tener tan mala suerte”, pensé.

 

No sé qué me pasó, pero verla allí, socorriéndome y dándome ánimo, me solté a llorar. Era ridículo, pero no podía controlarlo. Tal vez porque en esa oportunidad el súper poder de Perla de destrozarme los nervios, me puso a chillar. Ella sacó un tarro plástico con agua, de esa agua verde que mantienen en las mochilas los hippies vegetarianos. Me ofreció, tomé y me supo horrible.

 

A los 5 minutos ya estaba más calmado, con el rostro colorado, cuando me preguntó qué más podía hacer para que me calmara. No sé de dónde saqué el valor, pero se lo dije sin pensarlo.

 

―Seamos novios.

 

Estaba a punto de decirme que no y yo estaba a punto de soltar de nuevo el berrido.

 

―Está bien, está bien. Pero con dos condiciones.

 

Entonces yo dejé de moquear.

 

―Dos condiciones ―repetí.

 

―Vamos a hacer novios de los que sólo se dan piquitos en las mejillas… cuando se saludan y despiden.

 

Me puse feliz. Ya era grande. Ya tenía novia.

 

―Lo otro es que será nuestro secreto ―dijo.

 

Me levanté y la ayudé a levantarse. Cerramos el trato con la mirada y me despedí con pico en la mejilla de mi novia.

 

Esa noche casi no duermo. Estaba feliz. Al día siguiente fui a la biblioteca, la saludé de piquito y sin decir una sola palabra me senté a leer a Julio Verne. Cuando ya me estaban ardiendo los ojos, dejé el libro, fui donde ella y la vi preciosa. Estaba con el payaso de Silvio Rodríguez, pero él no sabía que ella era mi novia. Perla y yo hablamos un poco del libro de Verne y al final nos despedimos riéndonos de ese mequetrefe que estaba a su lado.

 

Camino a mi casa, vi a Felipe. Al atisbarme se erizó como un gato, listo a salir corriendo.

 

―Relájese ―le dije―, no pasa nada.

 

Entonces ambos nos reímos y reconocí en sus ojos la mirada de mi amigo.

 

―Con esa cara ―me dijo―, te paso algo muy rico

 

―Es un secreto ―le dije.

 

―Pero yo te conozco y viniendo de la biblioteca… Pero fresco, que el secreto también es mío.

 

Habían llegado las vacaciones y me fui donde los primos en Cali. Estuve casi un mes allá. Entendí que Felipe era maldadoso, pero era mi amigo. Su malicia nunca superó la de Perla. Cuando volví ya no me gustaba ella. Además supe que Silvio Rodríguez era el hombre con el que se besaba de verdad. Pero a mí ya no me importó. Al barrio se había mudado una nueva chica. Se llamaba Sara, era hermosa, inteligente y tenía 12 años, como yo. Y lo mejor era que no poseía el poder de Perla y en cambio me sentía súper bien cuando estaba con ella.