El policía secreto

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Este texto forma parte de la novela por entregas La privada moderna

Capítulo 20

Y para terminar con ese número cinco, ¿qué os voy a contar del siniestro policía secreto?
Se llamaba Diego Pinillas, tenía cuarenta y tantos años, ojos claros, glaucos, mentón prominente, con cierto prognatismo que él acentuaba al andar para po­ner énfasis en sus pisadas. Usaba sombrero con la par­te delantera del ala echada sobre los ojos, vestía gabar­dina con cinturón apretado y el cuello subido. Medía 1,62, calzaba un nueve, era Rh negativo, oriundo de Lugo, casado con la Emeteria, mujer de cuidado y, se­gún algunas lenguas, muy suelta de andares y de otras menudencias, y tenían una hija medio enana que se lla­maba Restituta. Pero él, erre que erre, siempre decía que era policía secreto.

No tenía teléfono, claro, y cuando quería transmi­tir un mensaje cifrado se iba a la tienda de abastos y allí montaba el número. La verdad es que él era analfabeto y por eso tenía problemas con las claves. El marido de la tende­ra, que era asturiano como ella, y muy curiosón y has­ta algo cojo, muy leedor de novelas, y con una fantasía digna de mejor causa, era el que le leía las claves y le iba codificando las palabras. Pero no podía dejar de despachar, ya que buena era ella, y así, ora pesando el azúcar, ora cortando el bacalao, o bien dándole vueltas al manubrio del molinillo del café iba deletreándole a gritos las palabras del mensaje cifrado.

Diego Pinillas estaba en el ángulo de la tienda con el teléfono pegado a la oreja, sombrero puesto con el ala caída y el cuello de la gabardina subido. El tendero, que se llamaba Severino, iba y venía entre las mujeres gritándole las pa­labras y así podían estarse seis o siete horas transmi­tiendo el mensaje de marras.

Aunque, la verdad, a veces, eran algo pintorescos. Porque tiene su aquél que a la señora Hipocandria se le moviera el parche de un ojo para el otro. Vamos, como para ponerse a llover diecisiete años seguidos. Pero, esta vez tampo­co. Por culpa de los bomberos. Eran muy suyos. Y co­mo lo que quita el frío quita el calor los bomberos esta­ban hartos de apagar incendios y lo que, de verdad, querían era abortar un diluvio. Por eso, en los Gazules nos teníamos quietos cuando sucedía alguna pequeña extravagancia ya que, de verdad de verdad, lo que a aquellas gentes nos gustaba era ver llover.

Llover a cántaros. Y juntarnos todos para llorar bajo nuestros inmensos paraguas de carpas. Los había muy llamativos y, a veces, los hacíamos girar para provocar el arco iris. Se nos rompían muchos palos de la veloci­dad que les metíamos a las carpas circenses. Pero ¿pa­ra qué estaba allí el aserradero? Pues, claro. Y con las gomas de Alan hacíamos “tira estrellas” y nos largába­mos con el viento. En noches de volandas bajo la lluvia, hartos de llorar a gusto, nos reconciliábamos hasta con la Rusa.

Éramos muy nuestros en los Gazules. Sí. Nos gustaban las hopalandas y todo el mundo tenía una guardada en casa y almidonada para salir por las ventanas en las noches de siroco a dibujar signos cabalísticos en un mutismo imponente. ¡Qué noches aquéllas! Hasta la Rara tenía su hopalanda y, en aquellas ocasiones, su hi­ja Ciscla, no bajaba a la ciudad a trabajar, como ella de­cía. Eran gentes curiosas. Cuando soplaba ese viento y vestíamos las hopalandas era como si se firmase una tácita tregua. Desde Encarna hasta Casilda y la Eufe­mia, desde la señora Celeste hasta el Capullo y los die­cisiete hijos del Talabartero, que recuperaban su edad verdadera, todos salíamos envueltos en el silencio y nos dejábamos llevar hasta el convento de las clarisas, que también subían, ya lo creo y con sus hábitos grises y el cíngulo blanco. Nunca nos fallaban el rubio dueño de la fábrica de gomas, a quien llamábamos “Alan” por el del cine, claro, y los del aserradero también se elevaban soltando lluvias de aserrín que llevaban en sacos.

Nadie decía nada, nos comunicábamos por truenos y por variaciones de destellos. Los extraños no nos podí­an ver y por eso se reconciliaban todas las gentes. Era una catarsis, algo nuestro que nunca se había escrito hasta ahora por respeto a Crista y a Doña Margarita. Sí. Todos participábamos, hasta las gallinas, los gatos y los crisantemos. Las pasiones se aquietaban, los instintos dormían y habíamos trascendido las cárceles de la ra­zón sin producir monstruos en nuestros vuelos.
Noches de hopalandas, ¡cuánto os echo de menos!

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M

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