‘El Principito’ y el lenguaje de la muerte

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Entrada al castillo de Saint-Maurice-de-Rémens en el que Antoine y François de Saint-Exupéry pasaron su infancia.

«Parecerá que he muerto y no será verdad», le decía el pequeño príncipe al piloto justo antes de desaparecer.

A los quince años François de Saint-Exupéry le había pedido a su hermano Antoine que algún día escribiese aquello que le dijo en su lecho de muerte.

En la madrugada del 10 de julio de 1917 el joven François, habiendo aceptado que iba a morir, mandó llamar a su hermano, dos años mayor que él, para dictarle un testamento en el que le legaba sus pertenencias: una bicicleta, un motor de vapor y una carabina. «No te asustes… no sufro. No me duele nada. No puedo evitarlo. Es mi cuerpo», pronunció ante los estertores que interrumpían sus palabras. «Su cuerpo, territorio extranjero, ya otro», recordaba Antoine de Saint-Exupéry mientras se enfrentaba a su propia muerte en la misión de reconocimiento fotográfico aéreo que realizó sobre la ciudad de Arras durante la Segunda Guerra Mundial, narrada en Piloto de guerra. Una misión casi suicida, pero en la que, como tantas otras, sobrevivió. «¿Saben los que nos disparan desde abajo que nos están forjando?», pensaba mientras la artillería nazi trataba de abatirlo.

«Uno no muere. Nos imaginamos que tememos a la muerte, pero tememos lo inesperado, la explosión, nos tememos a nosotros mismos. ¿La muerte? No. Cuando se la encuentra ya no hay muerte. Mi hermano me dijo: ‘No te olvides de escribir todo esto…’. Cuando el cuerpo se deshace aparece lo esencial. El hombre solo es un nudo de relaciones, solo las relaciones cuentan para el ser humano.

El cuerpo, caballo viejo, lo abandonamos. ¿Quién piensa en sí mismo cuando muere?».

Saint-Exupéry nunca pareció temer a la muerte, con la que convivió desde niño en su corta pero intensa existencia de 44 años, los primeros del siglo XX en la Europa de dos guerras mundiales. Como pionero de la aviación había aceptado su destino que alcanzó, antes que a él, a algunos de sus mejores amigos y fue visionario de su propia muerte en El Principito, que escribió poco antes de desaparecer igual su célebre personaje, sin dejar rastro. Pero con un mensaje, el mismo que 27 años atrás le había dejado su hermano, que tampoco era un niño ni llegaba todavía a ser un hombre. Heredero de aquella revelación, desarrolló un misticismo poético que impregna toda su obra, consecuencia directa de su vida. «Has ascendido a esa altitud en la que todos los amores no tienen más que una común medida. Si tú sufrías, si estabas solo, si ese cuerpo no tenía dónde refugiarse, ahora eres recibido por el amor», decía del hombre de la guerra, al que había conocido en las trincheras de Carabanchel, durante la Guerra Civil Española. Conviviendo con aquellos milicianos se había preguntado sobre el origen de esa fuerza que los impulsaba a encontrar el sentido de la vida en una muerte con propósito, en la que transcendían a su propia individualidad. «Hay que dar un sentido a la vida de los hombres», decía recordando aquella fraternidad que él mismo había experimentado entre sus compañeros pilotos, los primeros mensajeros aéreos que se jugaban la vida por transportar el correo. «Solo vale la pena vivir por lo mismo por lo que vale la pena morir».

La muerte silenciada

La muerte de la que nos hablaba Saint-Exupéry desde su experiencia es, sin embargo, la certeza silenciada de nuestro tiempo. Un concepto social incómodo, desfigurado por los lugares comunes y por la falta de un lenguaje propio. No es solo un tabú, casi como la espiritualidad, sino también una experiencia solitaria y sin asideros, atomizada y acallada por la pérdida de rituales heredados, apenas en el mundo rural se preservan de la uniformidad. La pandemia no ha mejorado las cosas. Como sociedad seguimos sin mirar de frente a la muerte. Ni a quienes sufren el duelo como una experiencia intransferible, cerrada y densa como un sueño. Es la muerte silenciada o prohibida, como la denomina el historiador francés Phillipe Ariès en su estudio antropológico Historia de la muerte en Occidente, en el que analiza las distintas formas de entenderla desde la Edad Media hasta el momento actual.

Desposeídos de la dimensión espiritual del ser humano, del imaginario colectivo y de la iconografía de otro tiempo, carecemos de un lenguaje mediante el que enfrentarnos a la tan temida. Sobre la muerte recae la certeza positivista que ya ha encontrado todas las respuestas, como una defensa ante la incertidumbre, o el miedo, que puede provocar la única certeza que tenemos sobre nuestra existencia. Cuestionar esa idea, pensar en la vida después de la muerte, nos convierte a ojos sociales en sospechosos de supersticiones y creencias. Se diría incluso que en este terreno dudar de la nada es de necios. El pensamiento imperante considera que lo más audaz e ¿inteligente? frente a aquello de lo que nada sabemos es quedarnos con la peor de las posibilidades. Se acabó. Confundimos religión y espiritualidad lo mismo que dogma y trascendencia creando silogismos imposibles entre empirismo y verdad. Confundimos lo real con su apariencia. Y mezclamos lenguajes que, sin embargo, no se invalidan entre sí como medio de conocimiento sino que responden a distintos órdenes. Como sociedad renunciamos en este caso a interrogarnos sobre lo que no tenemos respuesta, o creemos tenerla, que viene a ser lo mismo. Sin embargo, por decirlo con Pascal, «muy débil es la razón si no llega a comprender que hay muchas cosas que la sobrepasan».

Una metáfora del universo

La física y la metafísica comparten a veces territorios que confluyen en la mirada poética y el pensamiento abstracto. Explorar lo invisible, creer en lo que no vemos. Hablamos ya con naturalidad de física cuántica, galaxias y universos en plural. Sin embargo, carecemos de un lenguaje de aproximación a la muerte, un territorio para el que tan insuficiente resulta el método científico actual como el ámbito de las creencias, secuestrado a menudo en el imaginario colectivo por la superstición y lo esotérico.

De momento solo las experiencias propias constituyen nuestra verdad y nuestro medio de conocimiento siendo como son, intransferibles. Como la idea del amor, incomunicable en su plenitud. ¿Será entonces morir como amar, que no hay dos personas que lo hagan del mismo modo? Y si en el mundo de las dualidades todo está dirigido por el amor o por el miedo, ¿en cuál de estos dos senderos se hallará la muerte?

«Como arriba es abajo», reza uno de los trece preceptos de la famosa Tabla Esmeralda. No vemos las raíces, solo las ramas. Quizá podamos pensar entonces que somos como el agua que replica un océano en cada gota. O como el átomo, la unidad a escala de la materia. Tal vez estemos hechos, como decía Shakespeare, «de la misma materia de los sueños» y seamos como el pequeño príncipe que regresó a su estrella, sencillamente, una metáfora del universo.

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