El profesor Ortega quiere ser alcalde

Crónica de la pre-campaña del candidato de UPyD a la alcaldía de Madrid

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Crónica de la campaña a la alcaldía de Madrid del candidato de Unión, Progreso y Democracia (UPyD), que cita a Unamuno e intenta romper el férreo bipartidismo español

 

Martes, 15 de marzo

El acto de hoy tiene previsto su comienzo a las 12.00. Se espera que David Ortega Gutiérrez, candidato a la alcaldía de Madrid por Unión, Progreso y Democracia (UPyD), celebre una charla-mitin en la que, como él subraya, ha sido su casa durante más de quince años. Sin embargo, cinco minutos pasadas las doce, el salón de grados de la Facultad de Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos se encuentra vacío.

       Jurista de formación y profesor universitario de profesión, este cuarentón de pelo corto y canoso, rostro afilado y nariz aguileña, es el encargado de captar en la capital ese “voto del desencanto” que la formación política reclama desde su fundación en septiembre de 2007. De repente, le veo entrar por la puerta principal y dirigirse rápidamente hacia donde me encuentro junto a Manuel Custodio, el coordinador de estudiantes en Madrid, un chaval tranquilo, de pelo moreno corto y tímida sonrisa perenne.

       Ortega va vestido con vaqueros azul marino, chaqueta negra y camisa de cuadros. Nos saluda y pasa a la sala dejando atrás el cartel promocional del acto. Se trata de un folio pegado con celofán a la puerta y la mesa de la entrada, en blanco y negro, sin fotografía ni adornos de ningún tipo. Escrito en mayúsculas, con tipografía Lucida Console y en tres líneas puede leerse: Conferencia de David Ortega. Debajo, con letra más pequeña, se indican los cuatro pilares sobre los que se asienta el discurso político con el que Ortega espera dar la sorpresa en los próximos comicios: la reforma del sistema electoral, la independencia del poder judicial, el coste del estado autonómico y el control del gasto municipal.

—Os voy a tutear porque nos conocemos casi todos. Se me hace extraño estar aquí no como profesor o vicerrector. Es mi primer acto en esta casa como político.

Contándonos a nosotros dos, en la sala estamos dieciocho personas.

       Utiliza palabras y frases que se repiten de continuo. “Pretendemos ser la alternativa de las dos Españas”; “la gente está harta de la política pero no hace nada” o, el clásico, “como decía Unamuno, ‘me duele España’. Por eso me metí en política”. Entre medias, un par de nuevas referencias para la colección y un error de pronunciación que comienza a ser habitual: Upidé, en vez de U-P-y-D.

—Álvaro Pombo habla del español como el rebelde de sillón (…) Como dijo Melquíades Álvarez, el Estado necesita cultura y ética, entendiendo cultura por gente formada y preparada.

       Poco a poco, Ortega se impregna del carácter íntimo de la reunión y expresa en voz alta, sin filtros o tapujos, una reflexión personal que suena más a un ejercicio de fe que a una convicción.

—Creo que Gallardón va a ganar; pero mi objetivo es que no sea por mayoría absoluta, eso sería desastroso (…) Somos la capital más endeudada y Moody´s ha decidido rebajar la solvencia de la deuda española por segunda vez en seis meses. ¡Lo peor es que lo vamos a pagar todos! —exclama con una media sonrisa irónica y el brazo estirado hacia delante con la mano abierta.

       Tras quince minutos de preguntas y respuestas, el acto acaba con unos tímidos aplausos. La mayoría de los asistentes se acerca a la mesa para hablar con él y hacerse una foto. Se muestra dispuesto y afable a pesar de las circunstancias.

—Bueno, los comienzos son así. ¡Seguro que ya habrá más y mejor!, me dice Ortega con algo de resignación.

Con palmaditas en la espalda, el candidato se despide de Manuel Custodio, Jesús Hernández, coordinador del distrito de Arganzuela, y otros cuatro simpatizantes que se quedaron tras la charla. En un par de horas acudirá a la cita con sus alumnos de Derecho Constitucional.

—Gracias por todo. Sí, nos vemos. ¡Como no!, hablamos.

 

Martes, 8 de febrero

Cinco semanas antes, en el número once de la calle Cedaceros, a escasos 200 metros del Congreso de los Diputados, me encuentro en la sede nacional de UPyD. Allí está previsto un encuentro con la prensa en el que serán presentados los elegidos para encabezar en Madrid la “marea magenta” y poner, de cara a la opinión pública, las cartas sobre la mesa.

       En esta ocasión la carrera electoral cambia de escenario, objetivos y protagonistas. Para David Ortega, a pesar de haber sido galardonado, entre otros, con el Premio Nacional de Investigación e Innovación Educativas del Ministerio de Educación y Ciencia y ser máster en Filosofía por la Universidad Francisco de Vitoria y doctor en Ciencias Políticas, esta es su primera incursión en la arena política .

       Los primeros periodistas en llegar empiezan a tomar posiciones mientras hablan entre ellos.

—¿Cómo se llaman los candidatos?

—Dicen que el de la alcaldía es bastante guapo.

—¿Ah, sí? ¡Está bueno y todo! Eso hay que verlo…

De repente aparece por la puerta Gabriela Aldea, jefa de prensa de UPyD en Madrid, con anorak violeta y gafas de pasta. Enseguida se contagia del ambiente frenético que se respira. En menos de un minuto habla con la recepcionista, pregunta por Ortega, guarda sus cosas y se acerca hasta mí.

—Al final han venido más medios de los que se esperaban (…) Trata de sacar una foto de toda la mesa y que también salga la cámara de TVE. Asegúrate de que se le vea bien a David.

 

 

En esto que se acerca Sara, la jefa de gabinete de Ortega, joven mujer de media melena rubia, ojos claros y pecas. Pregunta por él con insistencia mientras se despoja de su abrigo.

—Hola, ¿qué tal? ¿Eres el ex-alumno de David? Qué bien, encantada.

Se apartan para hablar a solas.

En ese momento Ortega sale de un despacho. Viste traje oscuro, camisa  azul clara con rayas blancas y corbata de color dorado. Viene hasta nosotros.

—Buenos días José Antonio, ¿cómo andas? Gracias por venir.

       No ha pasado ni una semana desde que escribiera un mail a Ortega contándole mis intenciones: “…Quería comentarte mi interés por trabajar de manera voluntaria (…) Asisto a un taller de periodismo literario y tenemos programado para junio la elaboración de un reportaje-ensayo y, aprovechando la  propuesta de la entrevista que te hice, pensé que sería una grata experiencia personal y profesional seguir la campaña desde dentro…”. Al día siguiente, el jueves 3 de febrero, recibí un mail de Gabriela para vernos el lunes en la sede regional de la calle Montesa. “No tenemos a nadie que tire fotos y así podremos tener las nuestras propias”, dice Gabriela. Comencé al día siguiente.

       De nuevo en la sede nacional, tras unos segundos de guasa, Ortega da un pequeño paseo por el local, saluda a la gente y se encuentra con Luis de Velasco, el candidato a la Comunidad de Madrid, un viejo zorro de la política de cabello y barba blancos, semblante serio y, al igual que su jefa, pasado socialista. Intentan sacudirse la tensión del directo con bromas e idas y venidas por la sede.

       Mientras llega el resto de los convocados, Ortega se encierra de nuevo. Antes de entrar se cruza con Rosa Díez, la líder, que acaba de salir del despacho contiguo. Porta un singular traje negro y una sonrisa de oreja a oreja con la que concentra toda la atención allá por donde pasa. Saluda a uno, da dos besos a otro, se acerca hasta un despacho y pregunta por alguien…

Vuelve a salir Ortega. Su debut es inminente.

—¿Está todo listo?

       Comienzan hablando Carlos Martínez Gorriarán, miembro principal del Consejo de Dirección y responsable de programa y acción política de UPyD, y Luis de Velasco. Tras la intervención de ambos, le toca el turno a Ortega. Antes de la pertinente ronda de preguntas, pronuncia una breve disertación acerca de los puntos clave de su campaña mientras los periodistas toman notas con la cabeza gacha, como si de una de sus clases se tratara.

Upidé pactará solo con aquel o aquellos partidos que muestren firmemente y de manera pública su apoyo a una reforma de la ley electoral y a la devolución al Estado de la competencia en educación —declara Ortega reiterando las anteriores palabras de Luis de Velasco.

       Finaliza el acto. Las cámaras se apagan y los micrófonos se recogen. Entretanto aparece Rosa Díez en la sala de prensa y agarra uno de los cruasanes que lucen intactos en las bandejas.

—Oye, coged, no os cortéis. Con la buena pinta que tienen, no se van a quedar ahí.

       Se lleva a un lado a Ortega para hablar con él mientras se come a pellizcos su tentempié. Él presta atención a todo lo que ella le dice; se le escapa alguna que otra mueca o sonrisa y la agarra sutilmente del brazo para llamarle la atención sobre algo. Parecen entenderse perfectamente. Mientras, fuera, se comenta “la jugada”.

—Esa postura de David, apoyado hacia adelante con los brazos encima de la mesa, no me ha gustado nada —manifiesta Sara.

—¿Os  habéis fijado que ha dicho todo el rato Upidé? —comenta Gabriela con el tono bajo.

—Le he dicho muchas veces que no es Upidé. ¡U, P y D! ¡Cómo lo vuelva a decir se va a enterar de lo que le hago…! —apostilla Velasco provocando la carcajada general.

Al cabo de cinco minutos Ortega se marcha de la sala de prensa en dirección a la salida. Sara trata de frenarlo. Quiere corregirle cierta actitud y confirmarle unas fechas para su agenda. Ortega parece olérselo. La espera con una frase que la desarma:

—Sara, hoy estás especialmente guapa.

 

Jueves, 10 de febrero

Primera puesta en escena pública de Ortega como candidato delante de simpatizantes y afiliados del partido. Esta vez tocan los salones Mily de Alcobendas. A las 20.15 el local está a rebosar. Algo más de 300 afiliados esperan atentos el discurso de las grandes figuras y principales candidatos de la formación magenta. Al fondo, un improvisado escenario cubierto por una gran tela con las siglas del partido y completamente iluminada. Como aperitivo, Rosa Díez.

—¡Este país necesita de una regeneración democrática! ¡El próximo 22 de mayo vamos a consolidarnos como la auténtica alternativa a este bipartidismo! —arenga con júbilo Rosa Díez antes de acabar su discurso y presentar al resto de ponentes.

       El público tributa una sonora ovación a su líder mientras Ortega y Velasco aplauden, lanzan gestos al aire y se confiesan algo al oído desde la primera fila. Le llega el turno a Ortega. Antes de nada, comienza dirigiéndose a “la jefa” en broma.

—Casi agradezco hablar al final porque así no podré extenderme mucho y seré breve…

       Durante buena parte del tiempo, entre unos pocos datos y críticas al actual alcalde, su intervención recuerda una de sus disertaciones filosóficas en clase de Derecho de la Información. Pronuncia un discurso sin mucho hueco para las bromas u ocurrencias.

—He sido vicerrector; soy profesor universitario y, como diría Unamuno, me duele la situación en que está este país. La gente está desilusionada y se queja, pero después no hace nada. Por eso me embarqué yo en la política (…) El actual panorama necesita un cambio.

       Desde su asiento en la primera fila Rosa Díez observa con atención y mueve la cabeza de arriba abajo en un gesto de aprobación.

 

 

       Diez minutos después el acto llega a su fin. La gente se pone en pie y aplaude mientras los candidatos se juntan en el escenario para saludar y posar sonrientes delante de una media docena de cámaras digitales. Luis de Velasco y Rosa Díez dan dos pasos al frente y se dirigen al graderío entre risas, miradas cómplices y abrazos. Ortega se queda rezagado en un segundo plano, aplaudiendo y mirando sonriente al infinito.

Tras varios amagos, conseguimos movernos hacia el aparcamiento en el que Sara tiene el coche.

—¿Qué os ha parecido? —pregunta Ortega ajustándose la corbata.

—Muy bien, jefe —le contesta Sara.

Mientras vamos en el coche, repasan la agenda de Ortega. El próximo acto será el domingo en la Glorieta de Embajadores a partir de las 11.00 y allí me citan para aportar mi testimonio visual.

—¿Vas a pasarte por El Rastro? —pregunto.

—Supongo que después sí iremos —me responde Ortega.

—Estaría bien sacarse una foto con alguien de algún puesto y que te cuenten sobre la problemática que tienen con el Ayuntamiento.

—¿Ah sí? ¿Qué problemática existe?

—Pues que no les renuevan la licencia; los quieren echar de ahí.

—No lo sabía…

—También está al lado el CSA La Tabacalera.

—¿Qué es eso?

—Es un Centro Social Autogestionado situado en el antiguo edificio de La Tabacalera. Allí estaba proyectado el que iba a ser futuro Centro Nacional de Artes Visuales y se interrumpió por el tema de la crisis. Lo cedieron a un colectivo de vecinos.

       Al llegar, agarra su chaqueta, da un apretón de manos, agradece la colaboración y cierra la puerta.

 

Domingo, 13 de febrero

Mañana completamente nublada en Madrid. Aún con bastante riesgo de lluvia, Ortega y su fiel grupo de colaboradores se citan en el distrito de Arganzuela. En la bifurcación que hay entre la Ronda de Atocha y el Paseo de las Acacias, al lado de una gran marquesina metálica decorada con la cabeza de un león, se ha colocado una pequeña tropa de veinte afiliados de UPyD ataviados con vistosas gorras y camisetas de color magenta. En medio, una mesa que soporta cientos de folletos que reparten a todo el que pasa.

       Nada más llegar, observo a Ortega riéndose a carcajadas junto a varios miembros del partido. Se acerca hasta mí y me saluda efusivamente.

—¡Hombre, Jose! ¿Qué tal todo? ¿Me tiras una fotografía aquí con la gente?

       Se le ve bastante contento. No para de saludar a todo el que pasa a su lado. Constantemente intercambia apretones de manos, gestos y bromas con las que amenizar la mañana. Además de buen orador, Ortega demuestra una facilidad innata para comunicarse con la gente. Sin embargo, ya sea en la Glorieta de Embajadores, en la Quinta Los Molinos o en el distrito de Fuencarral, Ortega parece sentirse más cómodo lejos de los micrófonos, los grandes protocolos y los deslumbrantes focos.

—Señora, tiene toda la razón. Está harta de palabras —se escucha a Ortega—. A mí, como decía Unamuno, me duele España. Todo el mundo se queja y nadie hace nada.

—¡Pues sí! Bueno, nosotras te votamos y tú, cuando salgas, te pasas por aquí de nuevo y nos arreglas el piso, que lo tenemos…

—¡Faltaría más, señora! ¡Cuente con ello!

        Ortega se gira hacia su gente: “¡A este paso, salgo alcalde!”.

Inesperadamente, el secretario general de Izquierda Unida, Cayo Lara, que pasaba por ahí, se detiene junto a Ortega. Tras un breve saludo y unas risas cada uno vuelve a lo suyo. La mañana transcurre sin mayores contratiempos hasta el momento en que llega Virginia, una peculiar y espontánea señora rechoncha de cabello alborotado con mechas y doble mentón que viste pantalones elásticos ajustados de color negro, zapatillas deportivas rojas y chubasquero rosa. Se acerca hasta donde está Ortega y el resto. Hace un par de preguntas y, de repente, agarra un taco de octavillas y se pone en medio de la calle a repartirlas como la que vende melones o salmonetes en la plaza de abastos.

—¡Señores, UPyD, la alternativa necesaria! —vocifera entre el gentío.

       Virginia dobla la esquina y se va sola a seguir repartiendo. Una semana más tarde Ortega se acordará de ella.

—¡Virginia, qué mujer más grande!

 

Miércoles, 16 de febrero

A las doce y media Ortega sube por las escaleras mecánicas del Pabellón de Cristal. Se celebra la sexta edición de la feria internacional de arte contemporáneo Art Madrid y la directora, Gema Lazcano, le recibirá y hará de guía en una visita personalizada por el recinto.

       Al principio parece un poco desorientado en medio de toda esa enorme amalgama de artistas, obras y galerías. Se apresura a pedir información en el stand de la entrada. Le da las gracias al joven. Siempre correcto. Después de un breve momento de desconcierto en el que nadie sabe hacia donde ir, nos movemos. El candidato observa con curiosidad a un lado y otro sin detener su vista en algo concreto. Se dirige hacia mí para decirme algo:

—Jose, esto tiene muy buena pinta…

—¿No habías estado nunca aquí?

—No. La verdad es que es una pasada este espacio. Creo recordar que aquí al lado jugaba el Real Madrid de baloncesto…

 

 

—Creo que actualmente juega en la Caja Mágica. Aquí lo hace el Estudiantes y se celebra también el torneo de tenis Mutua Madrileña Madrid Open

—¡Ah, sí! Ha venido Nadal una vez y todo…

       Aparece sonriente y radiante Gema. Viste un traje azul marino que disimula algo su avanzado estado de gestación. Se saludan con bastante cordialidad y naturalidad. Ortega dice:

—Oye Gema, supongo que estarás liada, tú cuando puedas, faltaría más…

      —Iros si queréis a tomar un café y en cuanto pueda estoy con vosotros que tengo ahí a los de TVE. De lo mejor casi de la feria son las vistas de la ciudad. Bueno, esto no lo he dicho que después lo malinterpretan, pero merecen mucho la pena —responde ella.

—Tranquila, esto quedará entre nosotros —continúa Ortega la broma en un gesto de complicidad.

       El candidato se da media vuelta para responder al teléfono. De repente, se escucha una exclamación.

—¡Mirad esto! Es la cabeza de los Playmobil.

Y señala una obra de dos por dos metros, titulada El origen del mundo y compuesta por un mural dividido en seis filas y cinco columnas con la cara de un conocido juguete.

—Son legos, mis sobrinos los tienen —discuerda Sara. 

—¿A que son los Playmobil? —dice Ortega.

   Se inclina poco a poco, frunciendo el ceño, como buscando algo escondido en medio de todas esas cabezas. Lee en voz alta el título.

—El origen del mundo ¡Já, que bueno! El origen del mundo.

       Cien metros más adelante se para de nuevo. Habla con un galerista, responde al teléfono móvil. Luego se sienta en la cafetería y toma un refresco. Gema se sienta junto a ellos y con una apariencia más sosegada. Dice:

—Esta es la sexta edición de ArtMadrid y Gallardón no se ha dignado a pasarse en ninguna ocasión. Sin embargo, en Arco es el primero en salir en la foto porque está por medio su amigo del alma, ¿qué te parece?

—¡La vida es muy dura, Gema! —contesta Ortega con tono irónico, intentando de este modo quitarle dramatismo al asunto.

—Encima nadie cuenta esto ni le interesa escribirlo…

       La indignación de Gema es compartida y parece de verdad interesarle, pero después de quince minutos se levanta sacudiendo cualquier atisbo de enojo. Me pide que les saque unas fotografías a los dos juntos y nos insta a conocer la feria de la mano de su directora.

       Ortega y Gema se paran en la obra de los Playmobil y hablan con un par de galeristas. Posan. Al apartar mi mirada del visor reparo en uno de los cuadros que sirve de fondo a la estampa. Se trata de una pintura donde Mao Zedong aparece con el puño en alto. Sin pensarlo dos veces advierto de este detalle a Ortega.

—Me has sacado una fotografía con Mao de fondo, ¡yo que soy un profundo liberal! Como sois los fotógrafos, siempre buscando el trasfondo —me dice mientras sonríe.

       Nos movemos hacia el otro lado del pabellón. Gema le explica a Ortega una por una las galerías y las obras que puedan llamarle la atención. De repente se frena ante una obra de Juan Genovés compuesta de pequeños pegotes de pintura con puntos negros. Mira atento, con la misma cara de fascinación que puso anteriormente.

—¡Alucinante! ¡Cojonudo! ¡Este tío es un creador!

—Lo que diferencia a un gran artista de otro que no lo es es su capacidad de crear su propio lenguaje —le dice Gema.

—¡Alucinante! Es que a mí me gustan los creadores y ese tío es un creador de verdad.

       Después de recorrer un par de galerías más, se dirigen a la salida. En el coche, Sara comenta:

—El jefe de prensa me ha caído muy bien, muy sensato. Además, me pareció el típico votante de centro izquierda desencantado al que se puede captar —dice Sara.

—Sí, puede ser —contesta Ortega con aire ausente mientras mira su teléfono móvil.

—¿Qué os parece la Ley Antitabaco? A mí me parece bien —pregunto para cambiar de tema.

—A mí también la verdad —dice Sara.

—Nosotros votamos en contra de la ley, si no recuerdo mal —comenta Ortega mientras  sigue enfrascado en su aparato.

       Discuten cuál es la mejor ruta de vuelta al centro de la ciudad.

—¿Os gusta mi corbata? ¿Está bien conjuntada? ¿No es un poco atrevida?

—Está perfecta, jefe. Me has sorprendido. Pero, a ver, ¿en qué carril me tengo que situar para llegar a Atocha?

—A la derecha creo

—¿Crees? No sé para dónde voy. Ya veremos donde acabamos…

—La vida es muy dura! Se meten conmigo porque dicen que llevo siempre la misma corbata.

—Es que eres tan perfecto que con algo teníamos que meternos —contesta ella.

 

Miércoles, 9 de marzo

Al llegar al número 35 de la calle de Montesa veo acercarse a Ortega con una bolsa de plástico transparente en su mano derecha. Sonríe levemente y me saluda sin la fuerza efusiva de otras veces. Le pregunto por la bolsa. “Es la comida para los pájaros que tenemos en casa”, me responde.

       Faltan dos minutos para las diez y media de la mañana, hora a la que tiene previsto recibir a algunos técnicos del Servicio de Asistencia Municipal de Urgencia y Rescate, SAMUR, en la sede regional de UPyD. En el ascensor, su expresión denota cansancio, pero no resignación.

—Estamos con muchas cosas al mismo tiempo. Es lo que nos ha tocado; está bien…

 

 

       Al llegar a la tercera planta, la puerta de la izquierda está abierta. En la entrada nos esperan Gabriela, Sara, Ana y Francisco Andujar, el responsable de comunicación del consejo local de Madrid, un amable señor con gafas, poco pelo y una rala barba blanca que le otorgan un entrañable aspecto de abuelo cebolleta. Le saluda efusivamente con un “¡Paco!, ¿qué tal, artista?”.

       Ya en el despacho, se escucha:

—¡Noticia! Javier García Núñez, ex UPyD, encabezará la lista del CDS a la Comunidad de Madrid. Este tipo siempre que aparece va con el cartel de ex UPyD.

—¡Fenomenal, publicidad indirecta que nos hace! —responde Ortega mientras repasa sus dos folios con información del SAMUR.

       Continúa hablando.

—Paco, ven, cuéntame cosas. A ver si es así: El SAMUR se crea el año 1992…, bien ¿Cuántos interinos tiene? ¿Podría decirse que aproximadamente 4.000 contratados y 6.000 voluntarios?

       Los técnicos han llegado. Ortega termina de hablar por teléfono. Cuelga y pronuncia una frase que volverá a repetir varias veces.

—No quiero convertirme en el típico político.

       Tras las presentaciones, sin mucha dilación, entran todos en la sala multiusos que está junto a la entrada. Se trata de una habitación blanca, con suelo de madera y totalmente diáfana que tiene como único decorado una gran mesa rectangular en el centro y varias sillas alrededor. El candidato toma la iniciativa.

—Conozco el SAMUR. Creo sinceramente que funciona bien y tengo una imagen muy buena de vosotros. Sé un poquito del nacimiento y la historia, pero prefiero que me contéis (…) Por ejemplo, el tema de Madrid Espacios y Congresos y Mercadona, ¿se piensan que soy tonto?… Por eso me meto en la política. Porque, como diría Unamuno, “me duele España”; todos se quejan pero nadie hace nada.

       Minutos después, el representante que se sienta a su lado comienza a transmitirle alguna de las principales demandas que la Coalición Independiente de Trabajadores del Ayuntamiento lleva tiempo reclamando. Paco toma nota de todo. Al terminar de hablar, Ortega le responde:

—Conozco bastante bien la CITAM. Tengo entendido que sois un poco rebeldes; ¡eso está bien! (…) ¡Hay que ser un poco rebelde en esta vida! Es que, no sé quién lo decía: El mundo progresa por los insatisfechos.

—¡Pues aquí tienes unos cuantos! —contesta el único que hasta el momento no había hablado, provocando la risa de todos.

       El ambiente se torna cada vez más relajado y comienzan a soltarse la melena. A cada queja y reclamación le sigue algún propósito o pregunta de Ortega con la que hurgar más en “la herida que la gestión de los populares les ha provocado“.

—Este es el único servicio sanitario sin carrera profesional. No se convocan plazas desde el año 2000 y, aún así, 300 de los funcionarios del SAMUR son trabajadores interinos, comenta uno de los técnicos.

—No lo sabía ¿Cómo funcionan y cuál es la relación entre SAMUR y SUMMA? —pregunta Ortega.

—Fatal, empezando por los jefes. La relación institucional es nula (…) Por simplificar, el SAMUR actúa en la calle y el SUMMA se dedica más a la atención domiciliaria.

—Si es que no se puede politiquear con todo. Y, ¿desde cuándo esa mala situación?

—Pues, a partir de 2004 que desembarcó este hombre. Lo del 11-M, cómo se trató, lo que se hizo y, sobre todo, lo que no se hizo…

—Generar buen ambiente es clave en la vida, pero con Gallardón se ha perdido esa costumbre de querer hacer las cosas bien. Tiene el problema de venderlo todo, pero no puedes estar constantemente preocupado por tu imagen.

 

—Lo ha planteado mal. Números, más números… Sin embargo, los que trabajamos ahí no contamos para nada.

—Nuestro objetivo es el mismo que el vuestro, mejorar la vida de los ciudadanos. No nacemos para crear chiringuitos, sino para defender a los ciudadanos el tiempo que estemos, sin caciquismos. Yo, si salgo concejal, me comprometo a hacer todo lo que buenamente esté en mi mano.

—Si no, vendremos a tirarte huevos.

       Risas de nuevo.

—Quedamos entonces en que me pasaré un día por vuestras instalaciones. Para ser sincero, dudo que pueda ser antes del 22 de mayo.

Al cerrar la puerta se da media vuelta y coloca sus dos manos detrás de la cabeza mientras mira al infinito y resopla levemente por la nariz. Recoge las cosas para marcharse. En un rato tendrá que volver a sus clases.

—Bueno: Parque de bomberos, SAMUR… La semana que viene Greenpeace, después Facua… Bien, pues yo me voy.

 

Sábado, 12 de marzo

Al final de la calle Carballino, el Centro Cultural de San José de Valderas, en Alcorcón, es un edificio blanco con forma de corazón de cuyo vértice superior sobresale el auditorio. Más que una cebolla, parece un enorme tomate raf metálico, ondulado y con decenas de pequeñas ventanas en su parte superior. En el interior de aquella singular construcción está programado un encuentro de afiliados para presentar de nuevo a los principales candidatos de UPyD en Madrid.

       La sala, con capacidad para 250 personas, está repleta. A simple vista no hay ninguna butaca libre. Cerca del escenario son muchas las caras conocidas que se ven entre el mini-ejército magenta de afiliados que escuchan atentamente de pie la intervención de Ortega. Viste pantalones claros, camisa de cuadros y chaqueta marrón oscura. Esta vez no lleva corbata. Gesticula.

 

 

—¡Estamos hartos de estar hartos! Cuando visito los distritos y hablo con la gente por la calle, me piden ilusión. ¡Yo os pido que nos ayudéis! (…) Las entidades financieras y el exceso del gasto autonómico son el problema. Somos la primera asociación o partido que encarga un estudio serio sobre la organización autonómica y el primer partido político que, a través de la diputada Rosa Díez, propone despolitizar las cajas de ahorro.

       La gente reacciona con un fuerte aplauso.

—Tenemos que reorganizar, dar sentido común, nada más y nada menos. ¡Señores, hay que coger el toro por los cuernos!

       Con esta exclamación Ortega provoca una sonora ovación.

       Para concluir, y siguiendo con el protocolo, presenta a Luis de Velasco. Los aplausos continúan mientras los candidatos posan dándose apretones de mano. Con ese aire sobrio que siempre le acompaña, Velasco se dirige lentamente al atril. Comienza su discurso dejando muestras de sus dotes para el humor inglés.

—Voy a empezar comprometiéndome con ustedes. ¡Puedo asegurar y juro que el Metrobús existe!

       La carcajada es general. Rosa Díez se retuerce de risa en la primera fila. Minutos después, le toca el turno a ella. Se muestra exultante. Ataviada con una blusa magenta y unos pantalones negros holgados, se dirige a la platea haciendo referencia al slogan del partido, “la verdadera seña de identidad” y razón de ser de UPyD.

—Lo que nos diferencia, no nos separa y ¡hay que luchar y defender lo que nos une! Un país no es un país si no podemos salir juntos a la calle en un día como ayer —afirma Rosa Díez refiriéndose a la conmemoración del séptimo aniversario de los atentados del 11-M—.

       Arranca la primera ovación de un público entregado.

—¡No es un debate ideológico o teórico! Se trata de la defensa del Estado que es lo que identifica a todos los españoles, el sentido constitucional de la patria y no lo que defienden las sectas

       Ortega asiente con cara de admiración desde la primera fila. Se muestra remilgado y atento.

—¡Esto de la Plaza de Vistalegre es una bilbainada! —exclama Díez en alusión a la reciente cancelación por parte del PSOE de su mitin de presentación de precampaña.

—¿La ley de muerte digna? ¡A ver si hacen la ley de la muerte digna del Gobierno! Pensarán: Ya que hemos pagado el alquiler de la Moncloa al PNV, ahora tendremos que agotarlo.

       Ortega sonríe sin histrionismos y mira a los lados y atrás para ver la reacción del resto del palco.

       El mitin finaliza. Risas, saludos, abrazos, besos y más risas. Todo el mundo quiere acercarse a Díez mientras Ortega y Velasco se unen a un nutrido grupo de voluntarios y coordinadores de distritos para que les saque una fotografía colectiva con la que inmortalizar este momento. Minutos más tarde me dirijo al vestíbulo en busca de Ortega y Sara. No están. Llamo a Sara y me dice que van de camino a Madrid. Parece ser que Ortega anda con prisa y no ha querido pararse a hablar con nadie.

       Por suerte, me encuentro con Beatriz Becerra, mujer alta de pelo corto castaño y dulce rostro afilado que es la responsable de comunicación de UpyD, y Paco Pimentel, un tipo bajo, rapado, con ojos claros y aire decidido que es miembro del Consejo de Dirección y un poco el que maneja el cotarro durante la pre-campaña y la campaña electoral. Amablemente se ofrecen a acercarme hasta la capital. De camino al centro, Pimentel relata cómo surgió la idea de celebrar el mitin inaugural de precampaña en el Palacio de Vistalegre, feudo talismán de Zapatero.

—Estábamos comiendo Rosa, otro miembro del partido y yo cuando, de repente, alguien dijo medio en broma: ¿Por qué no le echamos valor al asunto y lo hacemos nosotros en Vistalegre? Empezamos a creérnoslo y así, a lo tonto, por la tarde decidimos pedir presupuesto para ver si era factible. Y ahí estamos, que si todo va bien, nos vamos a Vistalegre…

 

Miércoles, 23 de marzo

A las 11.00 en la sede regional de Montesa. Llaman a la puerta. Una mujer joven, morena, con profundos hoyuelos y cara de no haber roto nunca un plato, entra sonriente. Se llama Sara y es la representante de Greenpeace. Se verá hoy con Ortega en la sala de reuniones, un despacho austero y muy luminoso, con el suelo de parqué, las paredes de color vainilla, una mesa redonda de cristal al lado de la entrada, un escritorio al fondo, junto a la ventana, y un mapa de uno por uno del área metropolitana de Madrid con chinchetas de colores rojo y verde repartidas por diferentes distritos o localidades.

—Muy buenas. David Ortega, encantado. ¿Quieres un vaso de agua?

—¡Sí, por favor! Vengo en la bicicleta muerta de sed.

—Te presento a José María, asesor-experto del partido en medio ambiente. Entiende mucho más que yo y seguro que te sabe explicar mejor las propuestas.

—Encantada. Sara, un gusto.

       Hablan Ortega y Sara.

—Me parece un tema muy serio el medio ambiente en Madrid, los niveles de contaminación que hemos alcanzado (…) Personalmente me deja preocupado cuando se hacen bromas sobre temas que no son bromas; cuando dicen que a los habitantes de Madrid lo que les asfixia es el paro —comienza comentando Ortega.

—Te pongo en situación. Hay dos opciones: Una es restringir el acceso al centro y la otra los aparcamientos disuasorios, integrándolos al bono transporte como se hace en Friburgo.

—¿Quién lo hace?

—En Friburgo se hace.

—Eso implica previsión, cosa que el alcalde…

           Ortega le pregunta acerca de algo que él mismo afirmó una semana antes en la universidad.

—¿Es verdad que las farmacéuticas prueban sus anti-alérgicos en Milán y Madrid?

 

 

       Sara se pone la mano en la boca para disimular la risa.

—Me pillas con eso.

—Es que me lo habían dicho —se justifica Ortega.

—Lo que si te puedo asegurar es que desde que vine a Madrid tengo alergi.

—Te aseguro que no eres la única.

—Bueno, volviendo a lo otro…

—¿Habéis hecho algún análisis que diga que la propiedad contamina más que el alquiler?

—Nnnnnn… no. Nuestro análisis es que cuanto más compactos los edificios, mayor eficiencia energética. No he visto datos al respecto. Yo no usaría este argumento. Además, el alquiler tiene otras mil ventajas…

       En ese momento Sara le explica a Ortega una primera iniciativa que la ONG considera importante para la reducción del tráfico en la capital: El tele-trabajo.

—Está bien visto. No había pensado en eso del tele-trabajo… “El tele-trabajo mejora el medio ambiente”, ensaya Ortega en voz alta.

—¿Cómo? —pregunta Sara tras unos segundos de despiste.

 

—“El tele-trabajo mejora el medio ambiente” —repite Ortega mientras da un trago a su vaso de agua.  

       Sara agarra un folio en blanco que hay en la mesa y dibuja un cuadrado que simboliza el centro de Madrid. Dibuja flechas.

—Cuestión cultural es a largo plazo, si es que fuera posible. Cambio climático, corto —contesta Sara.

—Sí, sí, corto —añade José María, que hasta ahora se había limitado a escuchar y observar atentamente.

—Por ejemplo, aviación y naval están fuera del Protocolo de Kyoto —añade Sara.

—Eso tiene que ser a nivel mundial porque si un país lo impone, se encarecen los costes.  Está ligado al turismo, ¡factor protegido! —contesta José María mientras resopla y se pasa la mano por la cabeza.

—Por lo menos que se respete la norma EURO —replica Sara.

—¿Qué dice? —pregunta Ortega.

—…Lo que no puede ser es que en España la gasolina sea tan barata.

—Ese impacto económico nadie lo quiere —dice José María mirando a Ortega de reojo.

—Vienen los transportistas con los cuchillos y… —comenta Ortega de guasa.

       Con una sonrisa complaciente, Sara contesta:

—El problema son los coches y no los camiones (…) ¿Sabías que la tercera empresa más contaminante es la del cemento?

—¿En serio? No sabía yo ese dato. Pues a Gallardón el cemento le encanta.

       La reunión finaliza. De camino a la puerta, Ortega le emplaza para futuras ocasiones.

—Bueno Sara, gracias por venir.

—Gracias a vosotros.

—Si entramos en el Ayuntamiento, estaremos en contacto.

—Y, si no, también, espero. Podemos hablar y pensar en cosas …

—Sí, claro, pero si estuviéramos dentro sería más factible y tendría más sentido (…) En serio, un placer; hasta otra.

       Ortega se dirige al despacho de prensa.

—No me habéis dicho nada de mi vestimenta de hoy. Jersey verde y camisa de cuadros verdes para hacerles la pelota a los de Greenpeace —bromea.

—Sí, sobre todo te queda genial la chapita magenta ahí en el pecho, ¡que se vea bien!, contesta irónicamente Gabriela, la jefa de prensa.

—A ver, Gabriela, ¿cuál de estos dos titulares te gusta más?: “A los madrileños nos va a costar sangre, sudor y lágrimas” o “Gallardón es despilfarrador en lo superfluo y cicatero en lo realmente importante”.

—La primera, no. La segunda mejor.

—¡Joder, Gabriela! La frase de Churchill en la II Guerra Mundial. No hay nada más grande.

—Vale, ¿y el dato? ¿Cuánto va a costar?

—2.000 euros

—Pues eso.

—OK: “A los madrileños nos va a costar sangre, sudor, lágrimas y 2.000 euros”.

 

Jueves, 24 de marzo

Llego una hora antes a la sede nacional de Cedaceros, donde hoy a las 11.00 se celebra una rueda de prensa en la que serán presentados los candidatos y el programa político de UPyD de cara a los comicios del 22 de mayo. Desde la puerta de la entrada puede verse enfrente una pequeña sala de reuniones en la que Ortega y Velasco hablan y señalan unos folios. En la sala contigua, la de prensa, Sara y Gabriela juegan al Tetris con las mesas, buscando la mejor manera de distribuir y acomodar el espacio. Van conjuntadas de la misma manera; pantalones, blusa negra y chaqueta gris encima.

       Ortega y Velasco salen. Se encuentran con Sara y Gabriela en la zona común que hay junto a la  recepción. En esto que se aproxima Rosa Diez por detrás, con un vestido gris verdoso sin mangas, lunares blancos y una camiseta gris debajo cubriéndole los brazos. Ortega entra en la sala de prensa.

—¡Eh! ¿Has visto qué atrevimiento? —dice Ortega en referencia a su corbata blanca estampada con pequeñas flores negras.

       Después de tomarle las primeras instantáneas, llama a Sara.

—Sarita, ven aquí, que quiero sacarme una foto contigo. Creo que no tenemos ninguna de los dos juntos así posando.

—Gracias, jefe.

 

 

       Después de Ortega, es el turno de Luis de Velasco. Entre flashazos me confiesa lo que ya se sabe: no le gustan las fotos. Faltan veinte minutos para la hora del estreno y empiezan a llegar los primeros periodistas. Gabriela y Sara se impacientan porque aún no tiro las instantáneas de los candidatos junto a Rosa Díez. Me paseo por delante del despacho de ella. La puerta está entreabierta y consigo verla mostrando a Ortega un vídeo de su intervención del día anterior en el Congreso de los Diputados. Le hago un gesto a Ortega avisándole que faltan las últimas fotos pero no se inmuta y vuelve a mirar la pantalla del ordenador de su jefa.

       Regreso a la sala de prensa. En lo que terminan de colocar tazas, dulces y jarras de zumo, aparece Díez escoltada por Ortega y Luis de Velasco. Ortega se ha cambiado la corbata para la ocasión. Ahora lleva una azul claro bordada con motivos florales de colores rojo y amarillo. Posan para las fotografías. Una de estas se usará más tarde en la publicidad oficial del partido durante la campaña.

—Rosa, por favor, échate un poco a la derecha.

—¡Ay, la derecha, la derecha…! —dice Díez.

—Luis, por favor, más al centro.

—¿Cuál centro, izquierda o derecha?

—Centro, centro.

—Eso no existe en política.

—¡Qué razón tienes! —comenta Díez con los dientes apretados mientras posa sonriente.

 

—Cuidado con lo que decís, que después todo se sabe —profetiza Ortega.

       Poco a poco van llegando todos los periodistas. La sala de prensa, pequeña para la ocasión y completamente acristalada, se colma de cámaras, grabadoras, micrófonos y cables. Aunque, entre bromas e improvisaciones, el ambiente parezca de lo más distendido, Ortega parece concentrado y algo nervioso. Cuando llega su turno, le cuesta arrancar. Su discurso se entrecorta y no suena tan convincente. Sin embargo, al poco tiempo, consigue soltarse y alcanzar su tono y ritmo habituales de la mano de sus célebres “me duele España” o “la gente por la calle está muy desilusionada”.

       Es el turno de las preguntas. Ortega se apresura a contestar la cuestión del medio ambiente.

—Esto se trata claramente de un problema de voluntad política. Por ejemplo, el parking de Serrano, totalmente innecesario. Vaya a dar una vuelta por las plazas reformadas de Madrid. Mucho más cemento que verde…

—Teniendo en cuenta los tiempos que corren y la falta de recursos económicos, ¿cómo pretende llevar a cabo las propuestas en esta materia?, pregunta un periodista situado de pie al fondo.

—Me parece una pregunta lógica. La clave son tres palabras: Control, control y control. Controlar e invertir mejor los recursos de que se dispongan. Gallardón es como Robin Hood, pero al contrario. Exactamente, Hood Robin. Robin Hood robaba a los pobres para dárselo a los ricos y este hombre está haciendo lo contrario.

       Termina la rueda de prensa y algunos de los periodistas salen rápidamente. El resto se queda trabajando, bien recogiendo las cámaras, entrevistando o redactando la información. Se acercan varias personas hasta el fondo de la sala donde se encuentran Ortega y el resto de los cabeza de cartel. Al cabo de unos minutos entra Mayka Paniagua, jefa de prensa nacional de UPyD.

—¡Gente!, tan solo recordaros que el domingo 3 de abril tenemos el mitin de presentación de precampaña en Vistalegre.

—¿Nos cobraréis a nosotros también un euro? —pregunta uno.

—Es voluntario, lo dejamos a vuestra elección.

       Entre tanto, Ortega continúa hablando junto a Luis de Velasco y Rosa Díez, que se acerca a la mesa para coger su carpeta. De repente, pone cara de asombro.

—¡No! Se han llevado mi carpeta.

—¿Alguien tiene la carpeta de la jefa? —suelta Mayka en voz alta.

       Nadie responde, la gente sigue a lo suyo.

—No, es que… No, no —se lamenta Díez.

       La noticia corre rápidamente de boca en boca. Parece ser que el interior de esa carpeta contenía documentos personales. “Le han chorizeado la carpeta a la jefa”, se escucha decir desde la puerta.

       La sala está casi vacía. Ortega y Velasco se disponen a abandonarla cuando Gabriela agarra del brazo a este último.

—Luis, ¿te parece entrar en directo en Radio Tentación?

—Bueno, con ese nombre no me puedo resistir —responde Velasco girándose hacia el periodista que está en mitad de la sala.

       Afuera, entre la recepción y el espacio común, Ortega habla con Sara y Gabriela antes de que nos marchemos a la sede de Montesa para descargar las fotos y redactar la nota de prensa.

—Te has pasado gran parte del tiempo mirando hacia abajo —reprende Sara a Ortega.

—¡Esto de los medios es un mundo! —suspira él.

—¡Menudo fallo! Nadie ha comentado lo de Vistalegre. Por lo visto, ha entrado hace un rato Mayka pero ya no quedaba casi nadie —dice Gabriela con voz de alucinada.

—¡Ostras, es verdad! —exclama Sara.

 

Domingo, 4 de abril

Llega el día de la verdad, la hora de descubrir los naipes y comprobar si todo es un farol, una estrategia precipitada o, por el contrario, hay cartas suficientes para lanzarse al envite de Vistalegre. Son las 11.15 y no veo a Ortega por ningún lado. Llamo al teléfono móvil de Arantxa de Irala, miembro del consejo local y persona que ha sustituido a Sara en sus quehaceres la última semana,  pero no responde. En la entrada se concentran alrededor de 300 personas ataviadas con pancartas, jerseys, banderas y gorras color magenta. El ambiente que se respira es el de un día festivo.

 

 

       Dentro hay un amasijo de cables, banderas y cientos de personas abarrotando el espacio. Detrás de la zona de prensa, junto a la mesa de luces y sonido, veo a Paco Pimentel terminando la puesta a punto, controlándolo todo. Me dirijo a él con la esperanza de que me ayude en mi afán por llegar hasta Ortega antes de que la función comience.

—Ven conmigo, me dice mientras camina rápidamente.

       Después de recorrer doscientos metros rodeando externamente la plaza, llegamos a una entrada trasera donde está Ortega.

—Hombre, ¿cómo estás, señor Pimentel?

—¿Qué pasa chaval? —responde Pimentel dándole una palmada en el hombro.

       Mientras subimos por el ascensor hasta uno de los palcos de arriba, Ortega rompe el silencio:

—Está animado el asunto. Por lo menos nos aseguramos que no será un fracaso…

—Esa palabra no existe en nuestro diccionario —responde Pimentel.

—Ya, hombre, era un decir, pero después de la gente que se ve, puede ir bien, mejor o ser un éxito rotundo.

       En lo alto del edificio está la plana mayor de UPyD, junto a afiliados y simpatizantes ilustres que participarán en el mitin. A los habituales Carlos Martínez Gorriarán, Rosa Díez o Luis de Velasco se unen personalidades como los escritores Álvaro Pombo y Fernando Iwasaki, el actor Toni Cantó y el dramaturgo y productor teatral José Luis Alonso de Santos. En la terraza exterior, con césped artificial y vistas al sur de Madrid, Ortega saluda efusivamente a Toni Cantó y se coloca la chapa del partido en el mismo lugar y en el mismo instante que Díez. Alguien se acerca y le pide un euro.

—Lo busqué, pero la verdad es que no tengo un euro. Soy como el rey, o con billetes o nada —responde.

       Se acerca un numeroso grupo de almerienses que no para de gritar y saludar hacia donde estamos.  “¡Qué no cabéis!”, comenta Díez a viva voz, sonriente y agitando los brazos. Ortega mira por la ventana.

—Ahora mismo me siento como Gallardón aquí arriba divisándolo todo. Construimos aquí; construimos allí… —bromea.

       Una vez abajo, aguarda la señal que le permita entrar en escena.

—Acercaos aquí. Tenéis el privilegio y honor de torear en esta plaza. ¡Suerte, y al toro! —arenga a todo el que tiene a su lado mientras hace cábalas acerca de la asistencia de público.

—A mí me han dicho que hay más de 6.000 personas —le dice a un voluntario del partido.

       Antes de llegar al portón metálico que da acceso al coso, una multitud de curiosos se agolpa en los laterales del pasillo buscando ver de cerca a sus valientes. Cuando entran los líderes, el júbilo se desborda. El numeroso público congregado silba, aplaude y aclama sin censar. Ortega está visiblemente cautivado por toda la atmósfera creada. Con una sonrisa de oreja a oreja y la mirada un tanto perdida, se gira una y otra vez mientras aplaude en dirección a las gradas.

       Avanza un poco por inercia hasta que, al llegar a los improvisados palcos centrales de debajo del escenario, un nutrido grupo de familiares, amigos y gente cercana le saluda. Ocupa el primer asiento del palco derecho, a seis metros del palco izquierdo en el que están Luis de Velasco y Rosa Díez, pero fuera del grupo de ponentes, lejos de los grandes focos y peces gordos del partido. Él continúa con sus risas y abrazos. Parece no importarle su rol de secundario a pesar de ser el candidato a la alcaldía de Madrid.

       Después de una primera vuelta al ruedo de Díez al clamor de “¡torera!, ¡torera!”, comienza el acto con el discurso de José Luis Alonso de Santos, que parece recitar un inicio de discurso de David Ortega.

—Como decía Unamuno, que era una persona educada, “Tropiezas con uno que miente y apúntale a la cara ¡Mentira! Y adelante”. 

       Desde abajo, Ortega mira atento y asiente.

       Aparece en escena Fernando Iwasaki y luego Álvaro Pombo, histriónico, con un discurso que contrasta radicalmente con la sobria actuación de sus compañeros. Deja varias frases y momentos que provocan el júbilo entre el público y a posteriori se convierten en auténticos emblemas. Un gran showman:

—¡UPyD!, ¡UPyD! (…) ¡Viva Rosa Díez! ¡UPyD! ¡UPyD!…

       Los asistentes le siguen y gritan al unísono el acrónico del partido.

—El aforo de esta plaza es de 14.000 personas y nosotros estamos 7.000. ¡Hemos llenado la mitad de la totalidad!

       Al igual que sus compañeros, Ortega suelta una expresiva carcajada.

—La política se ha transformado en algo muy aburrido. A, o B; o blanco o negro; o, o…, continúa Álvaro Pombo. 

       Díez se retuerce de la risa en su asiento. Entre tos y tos, exclama un gran ¡o!  Por su parte Ortega sonríe mientras envía un mensaje desde su teléfono móvil.

—Este partido constituye una red (…) ¿Cómo se llama? ¡Wikipedia!, ¡no, Wikileaks!. ¡Estamos en internet! …

       Toda la plaza emite una sonora risotada. Mientras tanto, Ortega no puede evitar mirar a su izquierda en cada momento destacado o gracioso, como buscando algún gesto cómplice que de alguna manera le conecte a la primera fila de al lado.

       Después es el turno de Toni Cantó que, al igual que Ortega, acostumbra a hacer al presentarse, expresa la impotencia que siente cuando va por la calle y escucha las quejas de la gente. Ortega continúa mirando de reojo de vez en cuando hacia su izquierda. Ya por último, Luis de Velasco deja para su repertorio una frase que evidencia el estado de desinhibición y euforia que se vive entre los organizadores del evento.

—¡Esto es espectacular! En dos palabras: ¡Aco-jonante!

       En primera fila, Ortega observa con la mirada fija y los brazos y piernas cruzadas.

 

 

       Tras esta lección de retórica por parte del candidato a la Asamblea de Madrid, se pasa a la última intervención de la mañana: Rosa Díez. Por primera vez Ortega abandona su porte erguido y se inclina hacia adelante. Ya queda poco para el final y la presión y emociones comienzan a diluirse tras los numerosos vítores tributados a Díez. “¡Oa, oa, oa, Rosa a la Moncloa!”.

       Termina el acto. Ortega sube al escenario y saluda al público con el resto. “Finalmente ha sido un éxito rotundo”, comenta orgulloso.

 

Miércoles, 6 de abril

A mitad de la calle de Doctor Esquerdo, a escasos 200 metros del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, espero de mañana a que Sara y Ortega me recojan para ir al próximo acto en la Universidad Autónoma de Madrid. A un mes escaso del pistoletazo de salida de la campaña electoral, Ortega tendrá su particular reválida tras la primera charla universitaria como candidato tres semanas antes.

       Los primeros minutos del trayecto transcurren en silencio. Sara mira fijamente la carretera buscando la mejor salida hacia nuestro destino. Ortega, por su parte, revisa su correo electrónico y lee la prensa desde su teléfono móvil.

—Parlamento Catalán debatirá una ley para la declaración de independencia. ¡Pero en que mundo vivimos! —comenta Ortega con voz de resignación.

       Al rato:

—Voy a estudiarme la conferencia con vuestro permiso.

       En ese momento Ortega agarra un folio. Señala con el dedo y repite concentrado en voz muy baja el contenido de esa hoja. Tras unos minutos llegamos al campus de Cantoblanco. Ortega se baja del coche. Viste vaqueros azul marino y una camisa de cuadros blanca y naranja. En la mano, la chaqueta de pana, también naranja. En la entrada está Jaime Berenguer, número tres en las listas de la alcaldía, un tipo simpático que, al igual que Ortega, es profesor y acostumbra a vestir vaqueros y camisa.

—Qué bueno el otro día en Vistalegre con Álvaro Pombo ¡La mitad de la totalidad! (…) Yo apuesto a que no hay más de diez personas hoy —comenta Berenguer.

—Yo digo que, por lo menos, cuarenta o cincuenta si habrá —replica Sara convencida.

       Parece ser que hemos llegado con bastante antelación y deciden hacer tiempo en la cafetería.

—La vida es que da muchas vueltas, uno no sabe (…) Yo, por ejemplo, aquí en la Autónoma me tenían por uno de derechas y, sin embargo, en la Francisco de Vitoria era un rojo -—expresa Ortega.

       Llegamos a la sala. Hay más de cuarenta personas. Tras las pertinentes presentaciones, Ortega comienza haciendo referencia a un reciente estudio estadístico:

—Señores, la clase política es concebida por los ciudadanos como el tercer mayor problema de la sociedad. No puede ser que los responsables de solucionar las cosas sean el principal problema. Ahí hay que hacer algo…

       Más adelante, el tema de las “competencias fantasma”, el endeudamiento de Madrid y la reforma de la ley electoral completaron las claves de su discurso y sus mayores frentes abiertos. Llega el turno de las preguntas.

—Es la primera vez que oigo que la ley electoral es mala para los partidos políticos cuando en realidad los perjudicados somos los ciudadanos. Supongo que habrá sido un lapsus —le apunta una mujer desde la primera fila.

—Tiene toda la razón, señora. En primer lugar, por supuesto, el ciudadano. El de Madrid, sin ir más lejos, que su voto vale mucho menos que el de uno de cualquier otra comunidad autónoma. Sin embargo, a nosotros también nos afecta como representantes de esos ciudadanos que nos confiaron su voto.

       El acto finaliza y Ortega saluda a colegas y viejos conocidos.

—Bueno, nos vamos —dice Ortega

—¿No os quedáis a comer? —pregunta Berenguer.

—No, tengo un día bastante liado. A las cinco clases y después entrevista en RNE (…) Al final ha estado muy bien. ¿He explicado bien el tema de medio ambiente?

—¡He ganado yo la apuesta! —exclama Sara.

Ortega comenta antes de irse: “No hay duda de que quien ha venido es porque le interesaba”.

 

Sábado, 9 de abril

En la calle Luchana diviso pequeños grupos de diez o quince personas que se cobijan a la sombra y solo al fondo, 300 metros más adelante, en la Glorieta de Bilbao, puede verse un continuo flujo de individuos que se mueven de un lado a otro con banderas de España e infinidad de rótulos de todo tipo.

       Convocados a las 17.00 por la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) y Dignidad y Justicia, más de cuarenta fundaciones, colectivos y asociaciones, sindicatos de la Ñolicía y de la Guardia Civil, juntan voces por primera vez para “exigir que ETA esté fuera de las instituciones”.

       Al comienzo de la propia calle Luchana, una furgoneta de Intereconomía en la que tres personas ultiman detalles desplegando antenas y trípodes. Enfrente, otra furgoneta, esta vez de la Policía Nacional y aparentemente vacía. Entre ambos vehículos, en el paso de cebra, uno de los cientos de voluntarios de AVT desafía al clima vistiendo una cazadora negra y un peto amarillo fluorescente mientras reparte unos carteles con un lema: “No más mentiras. No más treguas –trampa”.

       Son las 16.45 y, ahora sí, pueden verse miles de personas concentradas lejos de la céntrica fuente de Bilbao, principalmente en la calle Sagasta, hacia donde se dirige gran parte de la masa y paso obligado antes de llegar a la Glorieta de Alonso Martínez y la Plaza de Colón.

       Rosa Díez camina junto a la presidenta de Unidad Editorial, Carmen Iglesias. Tienen la piel enrojecida y se encuentran visiblemente sofocadas. Detrás de ellas, Ortega, con camisa blanca de cuadros azules, pantalón beige y cinturón negro, habla al oído de Luis de Velasco, vestido de manera idéntica, a excepción de la camisa, que es a rayas.

       A algunos metros, Ortega camina con Gorka Maneiro, diputado del Parlamento vasco por UPyD. Se le acerca Díez y le agarra del brazo. Lo conduce al borde izquierdo de la calzada, donde le esperan un par de matrimonios mayores.

—Aquí lo tienes, el candidato a la alcaldía —dice Díez.

—¿Usted es el candidato?

—Ese soy yo, dígame —contesta sonriente Ortega.

       Después de una breve charla, se vuelve hacia atrás junto a Gorka mientras resopla y se quita el sudor de la frente.

       Durante el acto pasa buena parte del tiempo con la cabeza gacha haciendo caso a los mensajes que le llegan a su celular. Mientras, en los laterales, el flujo de personas que se acerca hacia donde se encuentra Rosa Díez para tirarle una fotografía es incesante.

—¡Rosa, Rosa! Suerte y gracias —le dice una señora mientras le lanza varios besos.

—A vosotros —contesta Díez.

—Rosa, ¡quitad a Gallardón de alcalde! —le pide otro señor que aparece repentinamente.

—De vosotros depende…

Rosa Díez es la protagonista. La mayoría solo la reconoce a ella.

—Esa Rosa Díez es buena paisana -comenta una señora a su marido.

—¡Ay! ¡Mira! ¡Ahí está Rosa Díez! -exclama otra mujer que casi tropieza con un mozo.

—¡Rosa Díez! ¡Rosa Díez! —gritan otras cuatro señoras.

—Esta es la única persona que defiende España —expresa orgullosa una señora que está a su lado.

—Bueno, lo que le interesa, como a todos —replica su acompañante.

       Tras tres cuartos de hora caminando llegan a la Glorieta de Alonso Martínez. Ortega sigue pegado a su teléfono móvil. Al fondo de la glorieta destaca una pantalla gigante que muestra la retransmisión en directo de Telemadrid. Entrevistan a Díez y Ortega se suma al corro a su alrededor y observa tiernamente a su líder. Al acabar, aplaude y aclama su intervención junto al resto de congregados.

       Doscientos metros más adelante entramos en la calle Génova, coto privado de los populares. El gentío continúa sus proclamas. “¡Zapatero a prisión!”,”«¡Rubalcaba terrorista!”, “¡Gobierno, cómplice de los asesinos!”.

       En la Plaza de Colón, a las 18.40, miles de personas guardan un minuto de silencio por las más de 800 personas asesinadas a manos de ETA desde que en 1968 cometiera su primer atentado. El minuto acaba con un sonoro aplauso que da paso al discurso de los representantes más destacados de las víctimas del terrorismo.

       Entretanto, debajo de un andamio ocupado por un equipo de La Sexta y al lado del Museo de Cera, Ortega se sitúa junto a Gorka Maneiro y el resto de los miembros del partido. Ya más relajados y al cobijo de la sombra y una ligera brisa fresca, escuchamos el discurso de María del Mar Blanco, la hermana de Miguel Ángel Blanco. Antes de que se dé por concluido el evento hablan Ángeles Pedraza, presidenta de AVT, y Daniel Portero, hijo del fiscal jefe de Andalucía, Luis Portero, asesinado en el año 2000. Durante sus intervenciones, Ortega permanece recto, inmóvil, serio, de brazos cruzados y con la mirada perdida en el infinito. Quizá tenga alguna frase de Unamuno en la punta de la lengua. 

 

 

* José Antonio Sánchez Manzano es periodista, diplomado en Estudios Brasileños y participante en el Taller de Periodismo Literario de Doménico Chiappe

 


Autor: José Antonio Sánchez Manzano