El protocolo de París

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En este artículo el autor comenta la reciente reunión de los presidentes africanos con François Hollande para tratar sobre la escabechina infame en la República Centroafricana. Pero también de cómo tras intentar entrar en Europa vía Lampedusa y ser fumigados allí los inmigrantes africanos deberían intentar el ingreso ante la valla metálica de Melilla. En este punto se puso solemne y dijo que a los europeos les había costado mucho sufrimiento conseguir todo lo que tenían, así que quien quisiera gozar de aquel bienestar tenía que hacer su correspondiente ofrenda de sangre.

 

Hace poco el presidente de Francia reunió en París a los principales hombres de poder de África, la mayoría de ellos reputados dictadores, y los animó a discutir el principal punto de aquel encuentro, el repaso a la prensa internacional. Eligieron para ello el también reputado periódico Le Monde. En aquel repaso, el primer punto en que insistió fue el trazado ideal de la ruta de la inmigración. Con la mirada fija en los presidentes que habían acudido a aquel encuentro, el francés les dijo que a partir de aquella fecha apuntaran el que debía ser el recorrido de todo africano, sobre todo de raza negra, que quisiera entrar en Europa. Les dijo que vinieran de donde sea, lo primero era tomar el este y recalar en la isla italiana de Lampedusa, donde todo aspirante a ingresar en la Unión Europea sería convenientemente fumigado. Insistió en este punto y dijo que qué era aquello de querer entrar en Europa con el cuerpo lleno de sarna, por Dios. Dijo que en aquel punto no podían transigir, aunque los hipócritas se rasgaran las vestiduras.

 

Luego dijo que después de aquella preceptiva fumigación, los inmigrantes tenían que volver al oeste y lo ideal sería hacer el intento del ingreso ante la valla metálica de Melilla. En este punto se puso solemne y dijo que a los europeos les había costado mucho sufrimiento conseguir todo lo que tenían, así que quien quería venir a gozar de aquel bienestar tenía que hacer su correspondiente ofrenda de sangre. Quiso recordar todas las batallas y guerras europeas para conseguir la igualdad, la felicidad…, pero al final creyó que aquello era tan sobradamente conocido que no hacía falta. Pero no pudo reprimir su impulso y mencionó, casi en voz baja, la batalla de Verdún. O sea, había dos pasos importantes que nadie tenía que saltar: ir a Lampedusa a ser fumigados y escalar por las cuchillas de Melilla.

 

Luego dijo que eran los puntos principales de aquel repaso de la prensa, pero no estaba de más recordar la gran labor que estaba prestando a la causa europea muchos presidentes del África negra. Les dio las gracias en nombre de Europa a todos ellos, pero quiso poner el ejemplo del «dictador» de Guinea, Teodoro Obiang. Que conste que las comillas son del anfitrión. Al respecto, dijo que hasta ahora la comunidad mundial no había dado suficiente importancia el hecho de que los presidentes africanos guardaran su dinero y adquirieran bienes de lujo en toda Europa, y concretamente en Francia. Dijo que gracias a estos dineros guardados en los bancos europeos los jóvenes solidarios de Europa podían ir a cualquier poblado remoto de África a abrir un pozo de agua para unos cuantos africanos sedientos. Y dijo que el hecho de que los africanos no gozaran del agua potable, de la sanidad universal y de las otras ventajas del mundo civilizado permitía que no fueran capaces de pedirlo en ningún país europeo, y gracias a la diligencia de estos «dictadores», utilizando otra vez las comillas.

 

Dijo, para finalizar sobre aquel punto, que las leyes francesas ya sabían muy bien lo que había que hacer con los bienes requisados a ciertos dirigentes, como el caso de los once coches de lujo del hijo de Obiang, y que nadie se preocupara por una dinámica habitual, ya que la justicia europea siempre había sido imparcial y cuando se inclinaba por un lado, siempre era en beneficio de los humildes. Ya casi los presidentes aquellos estaban en pie para despedirse, y en cinco minutos mencionó la cuestión de las fuerzas militares de interposición, que eran necesarias en la República Centroafricana. Sobre aquel punto dijo que era bueno para los africanos que en vez de mantenerse en sus creencias antiguas, bárbaras, hicieran un gran esfuerzo para afianzarse en la fe cristiana o que demostraran mucho interés en la musulmana, pues es una «fe aliada» desde que Estados Unidos se convirtió en el aliado principal de Europa para luchar contra el mal. Dijo, por ejemplo, que Estados Unidos seguía siendo una potencia porque había sabido tender una mano a los musulmanes, como los sauditas. Fue la manera en que el presidente francés hizo alusión a las matanzas entre cristianos y musulmanes en el mencionado país centroafricano. Lo de los centroafricanos lo veía, dijo, como un esfuerzo loable. Añadió que cierta firmeza en el uso de la fuerza era necesaria en toda África, porque era la única manera de que los africanos residentes en Europa aceptaran las condiciones más infames, pues su país era un infierno, en comparación. En este punto valoró los esfuerzos que hacía Teodoro Obiang y sus hijos al frente de las fuerzas armadas de Guinea Ecuatorial.

 

En todo caso, dijo con cierto aire triunfante, Francia siempre estaría donde se le necesitara para quitarle los pañales a los pobres africanos, tan patéticamente desvalidos.

 

Ahí si que iba a dar por terminada aquella reunión y les deseó un feliz viaje a los funerales de Mandela, pues sería una bonita ocasión para mostrar sus carísimos trajes y los relojes de oro que todos lucían, pero no quería que se entusiasmaran, pues Mandela había luchado por la igualdad entre negros y blancos, pero si lo hubiera conseguido, no se lo hubieran perdonado.

 

 

Barcelona, 19 de diciembre de 2013

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.