El puto amo

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En estos tiempos impúdicos, uno le cuenta su vida hasta al conserje del exclusivo y parisino hotel de Crillon apostado a la puerta para preguntarle cómo entrar en el museo de la Marina, el guardamuebles del rey Luis XV donde la familia catarí de los Al Thani ha invertido con la prepotencia que les caracteriza en una lujosa galería de nuevo cuño. Unos pocos metros más allá hay que arrepentirse por la culpa de no haber hecho demasiado para reducir la brecha social y le doy un billete de 20 euros a un harapiento africano tumbado en una de las esquinas de la rue Royale, que ni siquiera lo agradece. Yo en su lugar tampoco lo haría. Distraído, un turista golpea el platillo de su mendicidad y saltan por el aire las cuatro monedas que ha logrado reunir esta mañana. Tampoco abre la boca. Incluso a lo mejor está muerto. Nadie lo echará de menos.

Qué nos importará a la ciudadanía. Me siento tan avergonzado que recojo las piezas y las coloco de nuevo en el platillo. Entretanto, allá que vamos todos caminando y soportando los rigores estivales como ovejas de rebaño. Así llamó a sus compañeros diputados tories el histriónico Boris Johnson cuando le exigieron su dimisión como premier británico.

Todos, casi sin excepción excluidos niños, indigentes y perros,  todos vamos agarrados a un dispositivo llamado teléfono móvil. Portable lo llaman los franceses, que son más cursis. Es nuestro alter ego. Está incorporado a nuestra piel. No podemos mentirle. Si acaso él nos miente a nosotros con actualizaciones que no pedimos y que las compañías de servicios nos aseguran que lo hacen para que nuestra vida sea más sencilla. Mentira. La complican y nos agobian. Al menos a la gente de mi generación.

Si lo extraviamos o nos lo roban resulta un drama. Es tan grave como si se tratara de la sustracción de nuestras tarjetas de crédito o la libretita donde apuntábamos el teléfono de Maripili o de la academia de inglés. Nos acompaña a todos los lugares. Incluso a los más escatológicos. Yo tuve un colega en la empresa donde trabajé que seguía con la regularidad que requerían sus tripas la máxima de que el tiempo es oro. Se metía en el retrete con el artilugio de marras para mantener una conversación telefónica profesional. Y tú desde fuera oías los últimos datos de la cuenta de resultados, positivos afortunadamente, de la compañía entremezclados con embarazosas ventosidades. Cuando salía de lo que entonces las chicas llamaban “el excusado”, ajustándose la bragueta y el cinturón, clavaba la mirada en la mía con aire de pocos amigos y yo me sentía obligado a disculparme.

Tienen vida propia. Pueden ayudar en más de una ocasión, pero también poseen capacidad para desestabilizarnos, para romper nuestro equilibrio psicológico. Nos dominan y nos controlan. Son nuestro puto amo, nuestro querido y también odiado y necesitado puto amo. Como dijo Pep Guardiola al referirse a José Mourinho cuando los blaugranas se enfrentaron a los merengues en semifinales de Champions en el Bernabéu hace años. Mou controlaba todo: al presidente, a los jugadores, a la prensa y a los aficionados. Era el puto amo.

Siempre me ha asaltado la duda de qué les contaría a mis padres si resucitaran y ellos me preguntaran por lo más notable que hubiese ocurrido en los últimos 25 años. Evitaría entristecerles sobre objetivos incumplidos, fracasos personales y demás miserias, y me centraría en el puto amo. Es decir, en el teléfono móvil. “Mirad”, les trataría de explicar, “con este artilugio uno puede hablar con otros que estén cerca o lejos, acceder a una vastísima fuente de información llamada internet, realizar operaciones bancarias muy sofisticadas incluso hasta desestabilizar la Bolsa, escribir mensajes, ver una peli o el fútbol, comprar un billete de avión, reservar un hotel, consultar las previsiones climatológicas muy ajustadas y hasta seguir la Misa papal, querida mamá. Pero además, encontrar nuevas amistades, buscar trabajo y también romper con una pareja si él o ella descubren que en las últimas semanas has llamado veinte veces a un teléfono misterioso”. Oído esto, pienso que los dos se mirarían para concluir en silencio que era más sensato seguir en la tumba. Yo hubiese hecho igual o incluso hasta les pediría si podría acompañarlos en su retorno al más allá.

En los ochenta en Estados Unidos quien no dispusiera de una tarjeta de crédito era considerado como un homeless, un marginado social o incluso, en una sociedad que ya por entonces destacaba en la paranoia, en un sospechoso o potencial delincuente. Hoy en día quien no tiene móvil es visto como un tipo peculiar o estrafalario.  Sus amigos y sus conocidos piensan que no está bien de la cabeza o que miente, porque la auténtica verdad es que no sólo dispone de un móvil, sino que incluso guarda dos o tres escondidos bajo llave en un cajón de su escritorio. Si lo descubres se justifica inmediatamente y sostiene que son de la empresa y que apenas los utiliza. Es como lo de la tele. El intelectual medio asegura en una reunión social que la tiene metida en el garaje, pero una buena tarde cuando vas a verlo porque ha pillado una gripe, que no significa tener el covid, te aparece con los ojos afiebrados y te dice que como estaba aburrido la sacó del garaje y la instaló en el salón.

Cuando escribo estas líneas es lunes a primera hora. En pocos instantes recibiré un informe semanal que yo jamás pedí y que me envía la empresa telefónica que contraté. Se trata de “una aplicación”, palabra de moda. Un anglicismo más en el mundo informático. La tal aplicación me comunica el consumo semanal de horas de uso del móvil y lo compara con la semana anterior. Yo le doy una rápida ojeada y luego borro el mensaje. Me encanta eliminar los mensajes. Tal vez porque en el fondo pretendo suprimir el pasado. El artilugio me pregunta si quiero enviarlo al cesto de la basura y me advierte que si lo hago desaparecerá para siempre, lo cual es incierto porque en las tripas del portable siempre queda huella, según me explica un amigo ducho en estas lides. Hoy en día es muy útil tener amistades informáticas. Te sientes menos solo, más protegido. Apenas presto atención a esos informes de consumo.

Sin embargo, en una ocasión que me sentía más despierto que otras veces descubrí que el documento está desglosado por horas de consumo, mensajes profesionales, ocio y diversión y finalmente fantasía. Me quedé muy decepcionado cuando observé que el puto amo concluía que yo en aquella semana sólo había dedicado tres minutos a la fantasía y la imaginación. Y que por tanto yo era tan autómata como el resto de los mortales.

Por las calles deambulamos agarrados al móvil. Cuando estamos acompañados y el otro recibe una llamada, casi al instante yo saco el bicho del pantalón y comienzo a rastrear internet o comprobar si alguien me quiere y me ha enviado un whatsapp. Por consiguiente, nunca estamos solos. Si tenemos un disgusto con la otra persona recurrimos al telefonino, como gustan llamarlo los italianos, para hablar con él, para que nos acaricie y nos repita que para él somos importantes. Para que nos dé las últimas noticias sobre, por ejemplo, el US Open de Golf o las habilidades de Pedro Sánchez sobre donde digo diego, digo digo. Todo esencial para nuestro vivir, según parece.

Nos acaricia como guía peatonal o automovilístico. A veces nuestra fidelidad, nuestra convicción de que no yerra nos conduce a desgracias como despeñar el coche por un barranco o toparnos con un muro que se ha levantado y no hemos actualizado la maldita “aplicación”. Y encima te asegura que “has llegado a tu destino”. Claro, el de la muerte a la que tarde o temprano, con o sin la ayuda del puto amo, iremos a parar. Un colega ya fallecido me dijo en una ocasión hace años que todos estos artilugios son tontos. Responden a lo que nosotros les pedimos. Yo creo que no. Son diabólicos. Descubren nuestro ánimo. Tienen alma propia e inteligencia artificial. ¿Quién es más tonto? ¿El móvil o aquel que habla con aspavientos por la calle con una persona que está al otro lado de la línea ayudándose de los auriculares o colocándose el bichejo en horizontal cerca de la boca porque le han dicho que las ondas que emite pueden ser cancerígenas?

A mí me encantan los mapas. Conservo unos cuantos de las ciudades que he visitado o he vivido, aun cuando luego me pierdo a la hora de encontrar una calle, un museo o un restaurante. El puto amo se ha cargado el mapa tradicional con la aplicación de Googlemap. Lo observo en los últimos tiempos. Y cuando veo a un par de turistas desplegando un plano enorme me despiertan ternura. Hoy en día uno se cruza con otro viandante que pone su mirada en el artilugio como un poseso donde antes ha programado el destino y la ubicación presente. Casi nos saludamos con la vista: “Sí, yo busco el norte. ¿Y usted?” El puto amo inmediatamente responde gráficamente e incluso te ofrece la posibilidad de recibir la información oral en tu propio idioma y sin la pronunciación que requiere la lengua extranjera. Así entonces una voz femenina te comunica tal cual: “tome placedelaconcorde y diríjase a champselisés”. ¿Para qué estudiar lenguas me digo entonces si estos cacharros solucionan mis necesidades con el francés, el inglés o el italiano? ¿Para qué preocuparse de las pronunciaciones en chino o en alemán si la caritativa voz enlatada nos arrulla y nos dice al final que hemos llegado al destino deseado?

Yo soy muy raro y por tanto tengo sueños raros. Anoché soñé que el puto amo se me rebelaba de una manera cruel. Me engañaba cuando yo le pedía que me indicara cómo ir en coche hasta el parisino hospital de la Pitié-Salpêtrière para llevar a un vecino gravemente enfermo y sin darme cuenta me dejaba en el Stade de France y con la víctima en trance de muerte. Sonaba como a venganza por las críticas que recibieron las autoridades francesas por la pésima organización de la última final de la Champions. Allí me topaba con otros ciudadanos a los que su artilugio les había hecho igual trastada. Soñé que los móviles se apoderaban del Estado, que manipulaban nuestras cuentas y publicitaban delitos odiosos que jamás ninguno de nosotros osaría cometer.

Al despertar sudoroso de la pesadilla vi que mi móvil estaba tranquilo, en silencio sobre la mesilla de noche. Al poco sonó. Era la alarma. Menos mal. No recordaba que la tenía programada como tantas veces a una hora precisa. Pero no contento con ello y puesto que el puto amo tiene vida propia escuché la voz enlatada femenina que decía: “levántese, póngase las zapatillas, diríjase en línea recta hasta el baño para llevar a cabo su higiene matinal”. Yo como un autómata lo hice y la voz lo debió de agradecer porque cerró la absurda comunicación con un “ha llegado a su destino”.

 

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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