El que deja lo que ama, de Yehuda Amijai (1924-2000)

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La poesía destriza los mapas políticos: no reconozco más gentilicio que la poesía.

 

No para de nevar sobre Budapest, el aeropuerto está cerrado, las estatuas engurruñadas. La nieve en las ciudades juega como un trilero con los tiempos verbales, alisa los frunces del espacio y enroma los segunderos.

 

Sima mira por la ventana. Llevamos largo rato conversando. Es palestina, trabaja para Naciones Unidas, vive en Jerusalén este. Acarrea una sonrisa leve y obstinada, más manifiesto que crónica. Sima es uno de los inacabables millones de seres humanos que viven engarzados a la pérdida, desasidos de sus derechos, amaneciendo cada día sobre un taburete cojo. Para nosotros, los privilegiados, son una masa informe y anónima a la que compadecer. Sima tiene nombre y mirada. En realidad ella y yo únicamente compartimos una exigencia: el presente de indicativo.

 

Cuando me habla de su abuelo se le ilumina la faz: ‘Era un hombre asombroso, culto, digno. Se llamaba Wasef Jawahariyeh. Convirtió su casa de Jerusalén en un museo: reunió vajillas chinas, mesas árabes, sillas con inscripciones del Corán en el respaldo, objetos de medio mundo. Escribió dos libros sobre la vida diaria en la Palestina ocupada por los británicos que pronto serán traducidos al inglés. Cuando estalló la guerra del 48 tuvo que huir de su casa con su mujer y sus hijos. Jamás pudo regresar’. Se observa transcurrir la historia de los suyos detrás de su frente. ‘Veinte años después mi padre, el único de la familia que permaneció en Jerusalén este pues los demás partieron como refugiados lejos de Palestina, fue autorizado a entrar en Jerusalén oeste y decidió visitar la casa en la que había nacido. Llamó a la puerta y le abrió la madre de la familia judía que ahora la ocupaba. Mi padre le explicó quién era y le pidió permiso para entrar, ella se lo concedió. La nueva familia apenas había modificado el interior: los objetos de arte seguían donde estaban. Mi padre le iba contando a la señora cuándo y dónde los había adquirido mi abuelo. Incluso le mostró secretos de la casa que ella ignoraba, huecos, sentidos. Aquella familia judía fue generosa: nos devolvieron las cosas que mi abuelo había pasado décadas coleccionando. La casa, no, se quedaron con la casa. Nunca recibimos compesación alguna’.

 

Sima tiene dos hijas, ambas se casaron con cisjordanos y viven en Ramallah. Los habitantes de Cisjordania no pueden, salvo con permisos especiales que rara vez se conceden, entrar en Jerusalén este: ‘Por eso tuvimos que organizar la boda de mi hija mayor en Ramallah, para que los familiares y amigos del novio pudieran asistir. Para nosotros, aunque siempre lo ponen difícil, era más sencillo recorrer los quince kilómetros que separan las dos ciudades y atravesar los controles de seguridad israelíes. Según la tradición los padres del novio deben acudir a la casa de la novia para recogerla y llevarla a la iglesia: nosotros somos cristianos. Era imposible, no les permitían venir a Jerusalén. El día de la boda alquilamos autobuses para llevar a nuestros invitados. Los padres de mi yerno nos estaban esperando del otro lado de la barrera militar. Ante los ojos de los soldados israelíes mi hija, vestida de blanco, se bajó del coche frente a sus futuros suegros. Los soldados, inquietos por la multitud congregada, nos apuntaban con sus ametralladoras. Yo lloraba de rabia.’

 

Al escudriñar el futuro su endeble y constante sonrisa, por primera vez, cede. ‘Casarse con un cisjordano significa perder el documento de identidad que te permite vivir y entrar en Jerusalén este, por eso no hemos informado del matrimonio de mis hijas, mantengo sus cuartos como si aún habitaran la casa y mis vecinos saben que si alguien viene preguntando deben decir que todavía viven allí. Si les quitaran la documentación de Jerusalén no podrían venir a verme.‘ Pero los avances tecnológicos trabajan contra ella: ‘Este año los israelíes implementarán el registro magnético en los controles militares, averiguarán que ya no viven en Jerusalén, les arrebatarán el documento de identidad y les impedirán acudir a visitarme’. ¿Y qué harás tú? ‘Abandonaré mi casa y mi ciudad, y me tendré que marchar a vivir a Ramallah’. Pero, Sima, entonces tú también perderás el documento de identidad y no podrás entrar en Jerusalén. ‘Ni podré encontrarme con mis amigos y tal vez pierda mi trabajo, pero no puedo vivir sin ver a mis hijas y a mis nietos. Por ellos dejaré el lugar que tanto amo’.

 

El pueblo palestino no es el único que ha tenido que abandonar lo que ama. Por todas partes la gente se ve obligada a huir para salvar la vida o para ganarla. El pueblo hebreo también conoció la pérdida y el alejamiento. Yehuda Amijai fue el mejor poeta judío del siglo pasado. Durante su juventud tuvo que combatir en tres guerras: la Segunda Guerra Mundial, la del Sinaí y la de Yom Kippur. Pasó su edad adulta bregando por la reconciliación, trabajando con escritores árabes, reclamando la paz. En 1989 escribió un poema llamado, El que deja lo que ama, un poema que las pupilas de Sima están declamando frente a la nieve que cae:

 

 

EL QUE DEJA LO QUE AMA

 

El que deja lo que ama,

sacará sus cosas a la ventana

y dirá, es todo lo que tenía.

 

Al que deja lo que ama

le ocurrirán milagros al revés

el vino se volverá sangre

y el pan piedra

y el Mar Rojo no se abrirá a una nueva vida

sino que se quedará intacto, como un recuerdo

infranqueable en el que se ahogará.

 

 

Hace diez días Benjamin Netanyahu, Primer Ministro de Israel, declaró: ‘Israel no cederá jamás el control de parte de Jerusalén, que seguirá siendo su capital unificada, y no volveremos nunca a las fronteras de 1967’. Después invitó a los palestinos a negociar ‘sin condiciones’.

 

La pregunta no es si eres pro-israelí o pro-palestino: la pregunta es si crees en el derecho internacional; en las resoluciones de Naciones Unidas que sistemáticamente denuncian las violaciones de derechos humanos por parte de Israel, los asentamientos en tierras que no le pertenecen y el uso desproporcionado de la fuerza; en la Corte Internacional de Justicia que condenó la construcción del muro que convierte a Cisjordania en un campo de concentración.   

 

Sima es uno más de los innumerables copos de existencia que padecen la iniquidad del mundo. No puedo ni sé consolarla. Sólo es dable, para cualquiera de nosotros, hacer de la lucha por una humanidad digna y justa la Plaza Mayor de nuestras vidas. Otra manera de estar en el tiempo es renunciar a ser.

 

Gonzalo Sánchez-Terán ha trabajado desde 2002 implementado proyectos de emergencia en campos de refugiados y desplazados internos en Guinea Conakry, Liberia, Costa de Marfil, República Centroafricana, la región de Dar Sila, en la frontera entre Chad y Darfur, y la frontera entre Etiopía y Somalia.En 2001 publicó el poemario, Desvivirse (ed. Visor); en 2008, junto al periodista Alfonso Armada, el epistolario, El Silencio de Dios y otras metáforas. Una correspondencia entre África y Nueva York (ed. Trotta); y en 2020, Si esto sirviera para hablar del río. Diario poético del año de la pandemia (ed. Franz).

4 COMENTARIOS

  1. Gracias Gonzalo, por este

    Gracias Gonzalo, por este texto, tan cerca de la razón de todos los días, contando cómo la injusticia del poder arrebata las pequeñas grandes alegrías de la vida

  2. Cada vez explicas mejor el

    Cada vez explicas mejor el mundo. Nos veremos en esa Plaza Mayor que compartimos.

  3. «Cuando estalló la guerra del

    «Cuando estalló la guerra del 48» La guerra, como si fuera un terremoto. Así de impersonal, de abstracto, como si no hubiera una voluntad ni  una determinación detrás: «estalló la guerra».

    Lo cierto es que los judíos proclamaron el Estado de Israel (de acuerdo a una resolución de la ONU de 1947) y cinco países árabes vecinos le declararon la guerra.

  4. Gracias Gonzalo. Me gusta tu

    Gracias Gonzalo. Me gusta tu forma de escribir. Nos recuerdas que lo importante es luchar por una humanidad digna y justa, y que esa es nuestra única razón de ser verdadera.

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