El regreso

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Me di cuenta de que había vuelto a Europa cuando en el aeropuerto sorbía café a las 6 de la mañana y de repente se oyó el sonido de una alarma. Un hombre de negocios sentado en la mesa contigua apagó con premura el pitido de su móvil y en tono jovial le dijo a su compañero: “Time to work”. Me di cuenta de que estaba de nuevo en Europa cuando abrí el cubo de la basura y me encontré con tres bolsas de plástico y que no recordaba muy bien para que servían, acostumbrada como estoy a dejar que los papeles de los caramelos vuelen al viento. Reparé que había llegado a una España bien jodida cuando el camarero, extremadamente servil, me indicó que se había tomado la molestia de agitar mi zumo de piña para que no tuviera que hacerlo yo misma. Alguien me preguntó si los efectos de la crisis son tan evidentes en el Líbano como aquí y me reí pensando que eso de las crisis económicas no se diferencia mucho de las crisis personales. Cuando uno lleva padeciéndolas toda la vida, las cosas se toman con más calma.

 

Una de las mejores cosas de volver a casa son esos libros que se cogen al azar de madrugada, releyendo viejas citas subrayadas con lápiz con un trazo desigual y emocionado. Hoy me doy cuenta de que yo no escogí ninguno de los libros que un día tanto me marcaron y que me miran ahora desde la estantería. Siento más bien que ellos me escogieron a mí, le dieron forma a todo lo que yo no sabía como expresar. Los libros han sido la mejor cura contra ese imperio vanidoso de la razón sustentado sobre todo lo que creía juzgar, todo lo que creía pensar, decidir; todo lo que reptaba en torno a un yo dando palos de ciego en un país de gigantes. Yo nunca decidí nada; un día me llevé a casa “El libro de las quimeras “de Cioran, porque sí, porque algo me dijo que allí se escondía una de las pistas que conducía al tesoro y en sus páginas encontré esto:

 

 

“Que nadie sepa cuánto tiempo vamos a vivir, lo que vamos a hacer, cómo vamos a pensar, sino que sólo el miedo y la alegría por nuestras caídas y elevaciones hagan de nuestra existencia una sorpresa continua, una zozobra extraña. Ser para otro motivo de alarma, de presentimientos, de meditación, de odio y de entusiasmo; que nadie esté seguro del camino por el que vamos ni del que emprenderemos. Todos los hombres que no tienen un destino y que no pueden volverse “casos” pisan con paso firme en la existencia, tienen la seguridad de que ellos han de llegar a alguna parte; porque el final está implicado en las premisas de su ser. Sin embargo, ese hombre que es un “caso”, es para sí mismo una intranquilidad absoluta y una ocasión de intranquilidad para otros; en él el temblor de la individuación es una alucinación, un éxtasis, un ensueño o una explosión, una creación infinita, una nada que se vuelve ser. Y entonces se le formula a este hombre la última pregunta: si el mundo fue creado o si todavía no lo ha sido”.