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Mientras tantoEl regreso de los dioses

El regreso de los dioses


 

Gore Vidal en 2009

 

En la fragante novela Juliano el Apóstata, de Gore Vidal (1925-2012), que recrea la figura de este emperador romano del siglo IV (que vivió desde 331 a 363), el autor engrandece, a la vez que cuestiona, su trayectoria. De Juliano, Vidal subraya dos actitudes muy notorias. Primeramente, su sincero amor a la filosofía, lo que le lleva a querer restaurar el culto de los dioses paganos, en una época en que el cristianismo es irremediablemente pujante y completamente abarcador en la sociedad. Juliano, educado en la religión de Cristo, consideraba, sin embargo, que el sistema religioso y plural de los dioses era infinitamente más rico que el filosóficamente plano y pedestre de los cristianos (él los llamaba galileos).

Gore Vidal, a través de esas líricas páginas, alaba los educados y pacificantes modos de Juliano, rastreando en la soledad e incomprensión que preside su niñez y adolescencia. Pero ese aspirante a filósofo, al que todo el mundo le da por inútil en el arte de la guerra, se muestra enseguida como un enérgico y efectivo militar. En su campaña de la Galia, su actitud es irreprochable, valiente, exitosa. Pero su perdición es enfangarse en la campaña de Persia, donde se endiosa y donde pierde su talento y el acertado control de los acontecimientos. Se cree una encarnación del mítico Alejandro, y si fue un buen César ahora es puesto en entredicho como emperador, ambicionando Persia, rechazando un buen acuerdo con el rey Sapor y creándose la animadversión entre unos generales completamente imbuidos por el pensamiento cristiano.

En esta época la filosofía ni la toca; sólo tiene conversaciones con sus amigos filósofos que le acompañan en el viaje guerrero. Recibe una influencia perniciosa de Máximo, que le induce, a través de ladinos oráculos, a una ambición desmesurada. Eso sí, persiste en su trabajo de escritor, obligando a sus secretarios a realizar una faena agotadora. Al final, Juliano muere en una refriega con el enemigo persa, pero por una lanza romana.

El libro moldea literaria y poéticamente, también con veracidad, a un emperador diferente en la historia bastante idéntica (y esto se subraya especialmente en el libro) de los numerosos emperadores de Roma. Juliano el Apóstata, vocaciones historicistas al margen, es una auténtica novela que se resuelve en sus últimas páginas con una suculenta dosis de buena intriga. La obra narra el triunfo absoluto del cristianismo en los años en que reina Juliano, execrando en su tesis esa religión de la muerte. El pagano Libanio, en los últimos párrafos del libro, replica a  Juan Crisóstomo, un diácono cristiano que fue alumno suyo: «La verdad es que durante miles de años nosotros miramos lo que estaba vivo. Ahora vosotros miráis lo que está muerto, rendís culto a un muerto y decís a los demás que este mundo no es para nosotros, que lo que importa es el próximo. Sólo que no hay otro mundo». Y al cabo hay una verdad concluyente: «Nuestro destino es no ser».

Este libro proyecta una constante reflexión sobre la parafernalia del poder y sobre la virtud del paganismo, expresando que “nada ha causado tanto mal al mundo, con tanta intensidad y amplitud como el cristianismo”. Es la verdad, ya que el poder del  cristianismo está, prácticamente desde sus inicios, desvirtuado completamente de la bondad del mensaje evangélico. La jerarquía eclesiástica usurpa cuestiones en las que, en principio, no tiene por qué meterse. Al aliarse con el poder mundano (como ocurrió en el franquismo, establecido sobre el poder tripartito militar-eclesiástico-oligárquico), el pueblo ha estado, así, triplemente reprimido. Además, el inspirador, el activista, el maestro Jesús y su conciso y vivífico mensaje, cada vez está más muerto a favor del concepto judaico del imponente Dios implacable y justiciero, no sólo ahora, sino desde los tiempos de Pablo de Tarso, legislador burócrata, despiadado y dogmático. Al cabo, ese Dios no es fruto más que del ansia de poder y control de ese catolicismo tan dañino.

‘Fernando Pessoa en flagrante delitro’. Pie de foto del propio Pessoa

Cuando en enero de 1964 Gore Vidal publica esta novela, todavía no habían empezado a ser publicados los escritos de Fernando Pessoa (1888-1935) sobre la reflexión ético-estética en torno al paganismo. Dichos escritos fueron apareciendo desde 1966. Pero lo cierto es que algunos párrafos de Juliano el Apóstata parecen directamente inspirados por la palabra pessoana. Es verdad que, fuera de estos documentos, versos de dos de los principales heterónimos de Pessoa, Alberto Caeiro y Ricardo Reis, ponen en cuestión el desarrollo erróneo del cristianismo («Dios triste, necesario tal vez porque ninguno había / Como tú, uno más en el Panteón y en el culto, / Nada más, ni más alto ni más puro / Porque para todo había dioses, menos tú»), resaltando asimismo la aplicación existencial del paganismo auténtico: «… la vida / Pasa y no queda, nada deja y nunca vuelve, / Va hacia un mar que está muy lejos, al pie del Destino, / Y que está más lejos que los dioses». Reis llega a declarar: «No a ti, sino a los tuyos odio, Cristo.» (la traducción de todos estos versos es mía).

Tanto Juliano como estos “alter ego” pessoanos no condenan la existencia del cristianismo, sino su aberrante afán de exclusividad, rechazando cualquier otro pensamiento. Para ellos, Cristo es un dios más a inscribir en el panteón, quizá el dios que faltaba, y quizá necesario, como señala Ricardo Reis en  sus odas. El libro El regreso de los dioses es una reconstrucción, realizada por el traductor español Ángel Crespo, que agrupa los escritos pessoanos de tal índole. Intenta demostrar la superioridad intelectual de la religión pagana, estableciéndola como sistema religioso completo en relación con el cristianismo, decadente y en plena liquidación según Pessoa. Para este gran creador y pensador portugués, el paganismo “es la religión que nace de la tierra, de la naturaleza directamente, que nace de la atribución a cada objeto de su realidad verdadera”. Sin embargo, el cristismo (así lo nombra Pessoa la mayoría de las veces) es subjetivo y enfermizo. El paganismo, por lo tanto, debido a su carácter objetivo (incluso los dioses, inmortales, perfeccionados, no dejan de ostentar la condición humana), es el promotor de las ciencias, mientras que el cristianismo nada en una viscosa superstición. Tajantemente afirma Pessoa que «el paganismo aparece con la salud, desaparece con la enfermedad del género humano».

El regreso de los dioses contiene este párrafo clarificador sobre Juliano: «Este emperador quiso, realmente, restablecer el paganismo en una época —¡ay de él!— en la que el sentimiento del paganismo ya no existía, sino tan sólo un culto de los dioses en que la esencia de la superstición era más la que había de ser típica del cristismo que la de una especie cualquiera del genus pagano. En las mismas ideas de Juliano se refleja la incapacidad de su tiempo para una reconstrucción del paganismo. Juliano era, propiamente, un mitraísta, lo que hoy se llamaría un teósofo o un ocultista. Su reconstrucción del paganismo se fundamentaba, fantásticamente, en una fusión del mismo con elementos orientales que la furia mística de su tiempo había convertido en parte del espíritu de la época. Y así fracasó, en verdad, porque el paganismo había muerto, como mueren todas las cosas, salvo los Dioses y su inescrutable ciencia atormentadora.»

Pero el paganismo siempre está latente y Pessoa trató, teóricamente, de revitalizarlo, alejándose, naturalmente, de la estatuaria antigua y poniendo las condiciones para crear un moderno espíritu pagano que resolviese la ética de la existencia y se dejase de gaitas ultramundanas. Porque “los dioses no han muerto: lo que ha muerto ha sido nuestra visión de ellos”. En este sentido, el pensamiento pessoano es positivista, y los dioses no hacen sino doblegarse a la realidad objetiva. Sólo por encima de ellos existe el Destino, el Fatum, o lo que es igual: el misterio, un dios que reina abstracto. Sin embargo, cuando el vigor mental del paganismo decae surge, pujante, el cristianismo, aprovechándose de la carroña. Pessoa es imperioso al pronunciar estas palabras: «Digamos la frase decisiva y afirmadora. La Iglesia Católica no se deriva, no desciende del Imperio Romano. La Iglesia Católica es el Imperio Romano».

Hay que retrotraerse, entonces, al prístino paganismo griego, al establecimiento de la ciencia («la ciencia es hija del paganismo, porque la ciencia es griega, por lo menos la nuestra»), al ámbito de la ciudad-estado (Pessoa fue un nacionalista “supranacional”), para hallar la orientación genuina de unas ideas que hemos dejado de comprender. Ya que los dioses «continúan existiendo, viven como han vivido, con la misma divinidad y la misma calma» en la psique que se proponga ser receptiva en una nueva sensibilidad. Lo que sí rechaza tajantemente Pessoa es el falso sentimiento neopagano, reproche que hace recaer sobre todo en Oscar Wilde, ya que, aclara Pessoa, «una cosa es, por ejemplo, la estatuaria griega, y otra cosa el espíritu del que ella es producto. Puede sentirse la estatuaria griega, puede amarse a los dioses helenos, sin que haya la más mínima noción del espíritu que representan».

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