El regreso del ministro Zaldívar a la jaula de Relaciones Exteriores

0
455

Hace apenas unos días, el ensayista y crítico Guillermo Sheridan ponderó con suficiencia un libro recientemente publicado cuya lectura considera, cuando menos importante, en tanto se encuentra ahí un mapa de la catástrofe, una arqueología de las ruinas que explica el actual estado en el  que se halla sumergido México, “un manual de primeros auxilios  y —remata— hasta una guía sobre qué hacer en caso de desastre.” Se trata, desde luego, del muy comentado Regreso a la jaula. El fracaso de López Obrador (Debate, 2021), de Roger Bartra, uno de los más distinguidos académicos provenientes de la vieja —y auténtica— izquierda mexicana cuya obra circula ampliamente en México, América Latina, España y Estados Unidos.

Regreso a la jaula es un libro de menos de doscientas páginas, no por ello carente desde luego de una densidad proporcional a su trágico tema. Sobra tela de donde cortar. Pero me cuesta trabajo —y resultaría una tarea inútil— extenderme sobre los varios y destacados puntos a los que se ha referedo Sheridan en su texto arriba señalado.

Empiezo entonces esta primera entrega acerca del reciente libro de Bartra por un tema que vuela y gira por los aires mediáticos cual piñata sin que nadie se decida a tundirla a palos, como se acostumbra —o acostumbraba, quizá ya es un delito masacrar la efigie hecha de cartón de Mickey Mouse— en las fiestas infantiles.

Me refiero, desde luego, a la extensión por dos años más al periodo legal de los estrictos cuatro según la Constitución vigente, que corresponde a la permanencia del Presidente de la Suprema Corte de Justicia, el ministro Arturo Zaldívar. Otro escándalo más a cuenta del basural de la llamada Cuarta Transformación y de su líder único, ustedes ya saben quién.

En su libro, Bartra se declara como un optimista. Es un intelectual al que conozco y aprecio bien, a él le debo adoptarme como colaborador frecuente de La Jornada Semanal en 1991, lo he escuchado abordar, a carcajada batiente, las continuas tragedias políticas de este país en sabrosas sobremesas con políticos y líderes de partidos de oposición. Recuerdo una divertidísima comilona con mi siempre admirado Agustín Basave Benítez, ex-parlamentario, ex–embajador en Irlanda, académico y ensayista de fuste, el último político decente que presidió a nivel nacional a esa otra ruina llamada el Partido de la Revolución Democrática, hoy articulista en la revista Proceso. Jamás se me ocurriría pensar en Roger, tal vez en Agustín un poco, como un pesimista.

En Regreso a la jaula queda cierto espacio, poco pero alguno, para el papel que podrían jugar los partidos de oposición en las elecciones del próximo 6 de junio. Empero, respecto al papel de la Suprema Corte y en específico, del ministro presidente Arturo Zaldívar, apenas hay una mención sobre un tema apenas indicativo —se entiende, Bartra es uno de nuestros mejores analistas políticos, no un adivino— a partir del cual resulta imposible arrojar luz sobre la actual oscuridad en que se sumergió el Poder Judicial, hasta hace unos días el único contrapeso al personaje que despacha en Palacio Nacional y cuya desmesurada adicción al poder debiera tratarse, caso urgente, abran la chequera, en la Clínica Mayo.

Con la honrosa excepción de Jesús Silva-Herzog Márquez, quien reconoce en su columna del diario Reforma el servilismo del ministro presidente Zaldívar, nadie se ha tomado la molestia de pegarle a la piñata con el debido tino, limitándose en estos casos los comentaristas a resaltar la súbita adhesión del personaje de marras a un hecho que presentan como sin precedentes, como salido de la nada. En realidad, hay suficientes elementos para establecer no sólo el gusto del ministro presidente por la genuflexión ante su señor todopoderoso, o como se repite ad nausea en la burbuja comentocrática y opinadora: “es que ya se le hincó”, “es que ya chaqueteó” ante quien preside el Poder Ejecutivo, el mismo melifluo personaje que hoy nos espeta una fina patanería propia de ser escuchada en una cantina, o bien en la cantina donde, dicen, se inició José Alfredo Jiménez en la cantada y el trago por igual: de-que cuál Checks and Balances ni que mis pistolas.

Para usar la misma expresión vernácula, el chaqueteo ya venía de antes. No se necesita hacer demasiado trabajo forense para identificar las líneas y trazos a partir de los cuales se llegó al disparate de extender el plazo del ministro presidente de la Suprema Corte hasta el 2024, año en que —otra fantasía de muchos ilusos— se acaba la pesadilla. Hay una cauda de favores y favorcitos que pasan hasta por la Secretaría de Relaciones Exteriores, pero paciencia, no me apuren.

Los asuntitos del ministro presidente de la Suprema Corte de la Nación van más allá del líder supremo de la Cuarta Transformación; de hecho constituyen, para parafrasear una de las obras de referencia de Roger Bartra en la teoría del poder desde la izquierda, los vínculos  que exhibe una no tan imaginaria red de poder político que se extiende más allá de Palacio Nacional y toca personajes, por ahora claves, mañana quién sabe, del Poder Ejecutivo.

Nadie, incluso en la 4T o en Corea del Norte, es inmune de ser exhibido, expuesto a los cuatro vientos, menos aún funcionarios de rango mucho menor al del inquilino de Palacio Nacional o a los poderosos ministros de Estado en México, funcionarios cuya única defensa consistiría en decir, a la manera de Adolf Eichmann: es que yo sólo obedecía órdenes.

La Secretaría de Relaciones Exteriores es un clarísimo ejemplo de ello. Roger Bartra da cuenta de ello en Regreso a la jaula, si bien estando ampliamente informado, tampoco previó que los poderes ejecutivo y judicial, supuesto garante del equilibro primero y último de los poderes, llegarían a acoyuntarse en formas, limitémosnos a llamarlas cuando menos obscenas, por las que alguien o algunos tendrán que rendir cuentas en el futuro. Al referirse al titular de Relaciones Exteriores (donde hay que incluir a su séquito más cercano y conflictivo, supuestos funcionarios del primer círculo y hasta a quienes hoy la “institución” llama, como si se tratara de un equipo de fútbol canchero, “integrantes SEM” que ingenuamente se seguirán creyendo parte del “proyecto” hasta que los arrojen, desechables como otros no “integrantes SEM” han demostrado ser, al vacío, donde estarán inermes, así se crean intocables y como si la política burocrática fuera ajena a la maquiavélica Fortuna o no fuera una incruenta rueda de Shiva), Bartra señala lo esencial:

Lo que se está viendo es que el canciller Ebrard toma al pie de la letra la consigna de que la mejor política exterior es la interior. Está volcado en la política interna. Por ello se ha dedicado a construir una fuerza política propia en el gobierno y en Morena, obviamente encaminada a tratar de convertirse en el próximo presidente de México.

Un caso menor, si bien ilustrativo, vinculado al ministro presidente Arturo Zaldívar, o el “asesor” del jefe máximo, como lo llama mi querido Chucho Silva —con quien además comparto casa editorial en El Equilibrista y en Penguin Random House—, y que muestra que los tentáculos del jurista ya zangoloteaban ávidamente en pos de los favores políticos antes de la extensión de su presidencia hasta 2024, es el de la actual agregada cultural en Berlín, Luisa Reyes Retana, acreditada con rango de consejera con un sueldo mensual de 159,209.92 pesos, es decir un sueldo mayor que el percibido por el Jefe del Estado al que representa —ello sin incluir ayuda de renta y seguro médico privado del que carecen los funcionarios públicos en México porque, quién lo ignora, así se acabó con la inmoralidad y los abusos “de antes”, y seguramente se terminará también con la salud de esos depravados y corruptos funcionarios de a pie que utilizaban dicho seguro para tratarse enfermedades crónicas no menores, desde una diabetes tipo 1 hasta un cáncer adquiridos en el ejercicio de su trabajo. Si me mandan un mensajito o un güats, con gusto les cuento un par de estrujantes casos que conozco de primera mano. Y sí, ya quisiera ver a la consejera cultural formada en la beckettiana fila del ISSSTE —sólo una mente obturada y sosa sigue repitiendo que México es kafkiano— para atenderse, en lugar de tuitear en horas laborales simplezas del tipo que le encantan al rebaño: ay, uy, siento la necesidad de ir a comprar una vajilla.

Es bonito Berlín, un poco frío, sobre todo si no sabes una palabra de alemán. No importa, nadie quiere pensar mal, cómo creen, los mexicanos siempre actuamos de buena fe, pero la también directora del Instituto Cultural de la Embajada, escritora y abogada, fue antes secretaria de Estudio y Cuenta del ministro y actual presidente de la Suprema Corte, hoy con periodo extendido hasta 2024, Arturo Zaldívar. Está casada con un artista vinculado con algunas galerías de medio octanaje en Berlín como son V.F.K.U., ngbk y Kunstraum Kreuzberg.

Alguien, esto no tarda en saberse, se ha hecho de la vista gorda ante cualquier conflicto de intereses entre el trabajo de promotora cultural y la potencial promoción de su propio esposo. Negocio y designación redondas. Lo digo además por experiencia: tanto en Chicago como en Lisboa, donde fungí como agregado cultural, cada vez que se acercaba a menos de cien kilómetros de distancia mi hermano menor, artista que fichó con Kurimanzutto, una de las principales galerías de arte contemporáneo de México y del mundo, desde su fundación hasta hace poco y en la que sigue colaborando uno de sus socios fundadores y actual director del proyecto del Bosque de Chapultepec, Gabriel Orozco, siempre puse toneladas de tierra de por medio —incluido mi paso como cónsul en Detroit, donde mi familiar expuso meses antes de mi llegada a esa ciudad en 2015— para evitar confusiones, o como se dice en español mexicano y truculento (para significar justamente lo contrario): no hagas cosas buenas que parezcan malas.

Su caso, me refiero a la ex-empleada del ministro presidente Arturo Zaldívar, fue además un notable ejemplo de abuso laboral, pues la anterior agregada cultural, la diplomática de carrera Susana Garduño, literalmente fue echada de su oficina y de su puesto, para que la antigua colaboradora del presidente de la Suprema Corte de Justicia llegara a una oficina bien dispuesta, con bombo y platillo, mientras que Garduño fue destinada a un pasillo de la embajada mientras se solucionaba su salida de la representación diplomática.

Quítate tú para ponerme yo, total, el pueblo votó y la Ley lo justifica, no importa que el inquilino de Palacio Nacional haya dicho (es un decir) hace apenas unos días: ¿La ley es la ley? De-que eso decían antes, para seguir abusando.

Qué padre y justo es, ¿no?, tener la conciencia tranquila.

Los casos no paran ahí, pero llevo prisa. Podría hablar de los otros tres nombramientos que colonizaron la embajada en Berlín, dobleteando funciones, o de la hija del canciller legítimo, Gustavo Iruegas que en paz descanse, nombrada directora del Instituto Cultural en Washington, con otro sueldo que ni en Palacio Nacional se paga (ajá, sí, caperucita ¿eres tú?): 203,993.86 pesos mensuales; o el caso de su mamá, la viuda del embajador y ex-canciller legítimo, quien desplazó a un eficaz y probo embajador de carrera para ocupar ella la Dirección General de Protocolo, un cargo que en México ya no, pero que en Francia, Nigeria, Sudán del Sur, la benemérita República Democrática del Congo y creo que hasta en Venezuela,  es invariable y exclusivamente ocupado por un funcionario diplomático de carrera con rango de embajador.

Les dejo a otros cortar de esa pútrida tela. Pútrida no solo por los “arreglitos” y complicidades al interior de la “institución” que supone hacerse justicia con cargos públicos, sino porque el olor ya es lo suficientemente fuerte para que otros también lo perciban, como de hecho está ocurriendo y acaba apenas de ocurrir la semana pasada, cuando llegaron noticias (es un decir, sólo un ingenuo o un idiota creería que son actos espontáneos y que no se trata de filtraciones a petición de parte y teledirigidas) poco placenteras, es pleonasmo, desde el consulado en Estambul.

Otro caso que, al contrario del anterior, no por muy conocido y divulgado deja de ser escandaloso —y más escandaloso aún en tanto los involucrados no solo no recibieron sanción alguna, sino más bien porras y palmadas en las espaldas, tal como se hacía en los tiempos del PRI más rancio y reaccionario, es decir, la versión anterior al actual MoReNa.

El pasado 1º de febrero, la señora ministra de la Suprema Corte, Yazmín Esquivel Mossa, viajó en vuelo privado a San Antonio Texas para, primero, apersonarse en el Consulado General de México y obtener la matricula consular que la acreditaba como residente en esa ciudad, junto con su esposo el contratista de Palacio Nacional, un tal  José María Riobóo, y segundo, para recibir su shot de vacuna contra el Covid-19, por qué no, se dijeron ambos, si es nuestro derecho, de-que-hay niveles, de-que-no-somos-iguales, de-que no sea su derecho ese es su problema.

Como lo documentó una periodista veterana de guerra en los temas de la diplomacia mexicana en Estados Unidos: “Las matrículas consulares que les entregó el Departamento de Documentación del Consulado, a través de ventanilla atendida por Marina Sifuentes y Érika Martínez (empeladas locales), fueron firmadas por el Cónsul General Rubén Minutti Zanatta y no por el jefe de documentación como se acostumbra debido a la presunta irregularidad del trámite.”

En otras palabras, aquello fue lo más semejante a un jeringazo bien propinado en las asentaderas de la democracia y la santidad de la Cuarta Transformación. Desde luego que al día siguiente de revelado el abuso, se declaró oficialmente que no era tal, que nadie le dio autorización a nadie de hacer nada, cómo creen, y que todo mundo es bueno y honrado, incluido el actual cónsul en San Antonio y antiguo colaborador de la ahora magistrada Yazmín Esquivel en el Tribunal de Justicia Administrativa de la Ciudad de México.

Ajá. Nada más que no se le olvide a nadie quién propuso a la señora Yazmín Esquivel para la Suprema Corte, ni con quien disfruta los placeres de vivir en ese mal podado jardín donde se imparte justicia y sabiduría, incluidos cargos a antiguos colaboradores, como lo fue don Rubén Minutti Zanatta de la hoy ministra, afortunadamente ya vacunada —aunque esto también lo negó, creo que hasta enseñó el hombro, sin el más mínimo rastro del pinchazo recibido allá en Texas.

Dice en Regreso a la jaula quien fuera en mejores épocas —no tanto, acaso distintas— el director de mi inconclusa tesis de doctorado: “Creo que no comprendí bien la enorme fuerza que estaba adquiriendo el desencanto”. Me temo que yo tampoco. Peor aún, me temo que jamás salimos del todo de la maldita y melancólica jaula.

MI LECTURA AL NUEVO LIBRO DE ROGER BARTRA CONTINUARÁ EN UNA SEGUNDA ENTREGA

 

Print Friendly, PDF & Email
Artículo anteriorImágenes
Artículo siguienteMúsica Para Camaleones: Music Kills Me (12) Los Enamoramientos
Bruno Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y La mala costumbre de la esperanza. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2012. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Literatura Random House. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”   Vivir en Comala City es un blog sin fronteras temáticas y en la que las sombras y presencias fantasmales remiten al escurridizo entrecruce entre los géneros literarios. En Comala todo es literatura y nada es lo que parece.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí