El rótulo

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Que el debate no era tal sino un espectáculo de masas ya se vio en los aledaños de Atresmedia. Herzog intentaba multiplicarse en la puerta como en el cartel de ‘Being John Malkovich’, pura política independiente, aunque lo que parecía es que a todos esos Herzoges los habían tirado en la puerta de la discoteca por llevar zapatillas de deporte...

 

Que el debate no era tal sino un espectáculo de masas ya se vio en los aledaños de Atresmedia. Herzog intentaba multiplicarse en la puerta como en el cartel de ‘Being John Malkovich’, pura política independiente, aunque lo que parecía es que a todos esos Herzoges los habían tirado en la puerta de la discoteca por llevar zapatillas de deporte. La pista estaba a punto aunque fuese de nieve artificial. Tardó en aparecer Snchz (Ana Pastor hacía gestos como de empezar a imponer castigos) cuando ya todos estaban en el patio de cuadrillas y, tanto tiempo fue (quizá se perdió, como en Washington), que sobrepasó el límite de la elegancia de hacerse esperar.

 

Iglesias parecía repetirse a sí mismo, como la Pantoja: “Dientes, dientes…”.  Rivera era un novio esperando en el altar a la novia, que era Snchz, y Soraya una invitada a la boda con el gesto de tener muchas cosas más importantes que hacer a esas horas, aunque se comportó con una actitud intermedia, apropiada incluso, entre el Congreso y El Hormiguero.

 

La vicepresidenta se había saltado el protocolo yendo a saludar al bajarse del coche a John Malkovich, y también la pareja de podemitas yendo a saludar a los fans que estaban allí casualmente, por supuesto, como la sonrisa de Pablo. A mí ésta me daba apuro y tenía que apartar un poco la vista de la pantalla de vez en cuando, como si lo que allí se estuviera viendo fuese una dilatación labial de una mujer mursi. Yo creía que Pablo, al que sólo le faltaba el sombrero tejano para completar un atuendo country (él ya lleva de serie las manos en la cadera para marcarse un swing) se iba a quitar la careta como cuando Butch Cassidy y Sundance Kid renuncian a seguir hablando en francés mientras atracan un banco en Bolivia. Pero la mantuvo.

 

Le tocó golpear primero a Snchz, pero no supo a quién y así se pasó toda la velada, golpeando al aire como el ‘Toro’ Moreno de Budd Schulberg. Un púgil de gran envergadura física pero de nula habilidad para el boxeo. En el otro extremo aguardaba la vicepresidenta con la misma quietud de siglos de una menina de Velázquez, mientras a Rivera se le salía el debate (el alma) del cuerpo a través de los pies y las manos como si no le cupiese todo por la boca. Pablo seguía sonriendo, con el sacrificio que conllevaba, y abría las manos para relajar, actividad a la que recurría Snchz con carcajadas extemporáneas.

 

Lo extemporáneo parece que sería el gobierno del socialista, quién tenía jabs para todos que iban a dar en el aire, “como en el mar, que es el morir”, le cantaba Jorge Manrique a su padre. Fue más o menos en ese momento lírico cuando Iglesias habló de House Water Watch Cooper, que podría ser una serie de esas que ve (aunque se refería a una empresa consultora), la cual le heló la sonrisa al tiempo que nos la cedía a los televidentes, haciéndola fiesta en el plató (en el que hasta Vicente Vallés se puso por un momento la corbata en la cabeza) cuando habló del referéndum de autodeterminación de Andalucía de mil novecientos setenta y siete. “¡No os pongáis nerviosos!”, gritaba entre el jolgorio general.

 

Por no haber nada pactado no lo estaban ni los tratamientos, donde se alternaban los tuteos y el decir de usted sin ningún orden. Tan poco seria esa formalidad impepinable como los flirteos entre contertulios, que al poco que se daban cuenta saltaban enseguida a la gresca unos con otros, como si se les hubiera olvidado por un instante su enemistad oficial. Pablo, el Sr. Iglesias, nos predicaba su religión: ¡puertas giratorias! y citaba a ¡Kichi! como el salvador de la deuda de Teófila. «¡Sé fuerte, Luis!», recitaba, a lo que respondía la vicepresidenta. “Paga, Monedero, paga”.

 

De vez en cuando, para que a nadie se le olvidase, aparecía Rajoy desde Doñana como el Cid cabalgando después de muerto. Yo le veía cruzar la pantalla meneando la cabeza y moviendo la mano como un rótulo de publicidad. «¡La nueva política!», exclamaba Soraya mientras Rivera se atornillaba en la arena, al fin. Yo reconozco que en este punto ya no había remontada para el votante. La fiesta había decaído irremisiblemente y sonaba ‘Labios de fresa’ con la pista a medio iluminar. Las conclusiones del debate ya estaban grabadas, casi inconscientemente, sólo con las cuatro posturas a propósito de Cataluña.

 

A mí me gustaron mucho los vaqueros de Pedro, como de Bertín Osborne pero sin serlo, porque Snchz es siempre casi algo que no acaba de ser; la sonrisa de Pablo, una sonrisa de gimnasta femenina en un ejercicio de suelo, inamovible aun después de un doble mortal; la normalidad novedosa de Albert, al que sin embargo le quedó faltando algo; y la impasibilidad rajoyana de Soraya que si en algo ganó fue precisamente en altura. Aunque con lo que yo me fui a dormir contento fue con el rap final de Iglesias: “Sonrían, sonrían al 15M, sonrían a Ada Colau…”, y con la guitarra eléctrica interpretando la sintonía del PSOE, que esperaba a su líder en Ferraz con un entusiasmo moderado.