El ruido y el arte

0
247

 

 

 


Vuelvo con los temas de la seguridad y el ruido en los espacios culturales, dos asuntos de los que ya he escrito antes varias veces y con los que me sigo topando a cada rato en este ruidoso país nuestro.

 

Visito la exposición Con la probabilidad de ser visto. Dorothee y Konrad Fischer. Archivos de una actitud en el MACBA, una muestra de cierto arte contemporáneo ya no tan contemporáneo (es lo malo que tienen esas categorías basadas únicamente en conceptos cronológicos, que no sabemos muy bien al final a qué nos referimos: qué -y qué no, por tanto- es arte contemporáneo, qué -y qué no- es música contemporánea…, pero creo dejo este tema para otro día) que debo reconocer me ha parecido excelente pese a lo poco amigo que soy de estas colectivas: un poquito de Beuys por acá, algunas cositas de Nauman por allá, algo de Manzoni o de Flavin, cuarto y mitad de Richard Long, un manojo de piezas de los Becher… no dan oportunidad de entender mucho a quien no esté ya previamente informado y pueden hasta parecerle, al profano, ya digo, o sea a la mayoría del posible y respetable público, un batiburrillo de cosas parecido a una almoneda de objetos peculiares. En arte contemporáneo se imponen, me parece a mí, la explicación, el contexto, un cierto número al menos de piezas por artista que permitan al profano entender qué está viendo y de qué va la cosa. Como el Hamburger Bahnhof de Berlin, por ejemplo, se centra en unos pocos artistas y presenta casi pequeñas muestras antológicas que permiten a quien no sabe mucho hacerse una idea de quién es quién y qué hace cada uno.

 

Pero tampoco es de esto de lo que quiero escribir, sino del habitual y casi entrañable ruido que caracteriza a buena parte de los museos españoles.

 

Uno entra a la exposición de estos señores Fischer, encantado de toparse así de pronto con dos o tres Beuys junto a un par de Manzonis, y le va paseando por delante un guardia-jurado como si fuera un performance de Fluxus consistente en intervenir las piezas y convertirse en parte de lo que vemos.

 

Uno pasa a una sala inmensa llena de piezas relevantes y se topa con el notable ruido del walkie-talkie de otro guardia jurado. Uno intenta oír una pieza de Bruce Nauman y el sonido que produce la cinta magnética se mezcla y se confunde con el ruido que emiten los walkie-talkies de dos o tres guardias jurados que circulan por ahí.

 

No habría mucho sonido en esta exposición si no fuera por ése de los walkie-talkies. No habría ningún performance si no fuera por la rutilante presencia de los guardias paseando entre las piezas.

 

Nada de esto, insisto, pasa en el MOMA, en el Palais de Tokio, en el Louvre, en la Tate… Sólo me lo he encontrado, eso sí, en el Reina Sofía, ¡en el Prado!, en el Macba…

 

Ya escribía hace unos meses de lo difícil que en el Reina es concentrarse en una escultura de Chillida, en una pintura de Tapiès, en la pieza nuevamente original de Richard Serra, cuando el ruido de fondo es el permanente chirrío de los walkie-talkies de que va armado un ejército de vigilantes. No sólo guardias-jurado esta vez sino gente normal vestida de gente normal a quienes el poder se lo dan los walkie-talkies. Que suenan, que chillan, que pitan, por el que hablan sin parar aunque uno esté ahí al lado tratando de mirar con atención un cuadro de Saura o de Cy Towmbly.

 

De cómo en el Prado vigilantes respetuosos y que se conocen el Museo al dedillo llevan también sus walkie-talkies encendidos y a volumen notablemente superior a lo que debería ser en un museo mientra uno mira las Meninas, la Anunciación de Fra Angelico, el perro de Goya, los primitivos flamencos o alemanes. Y si uno dice algo, les pide que lo bajen, el mantra siempre de “la seguridad” lo justifica todo, cualquier ruido, cualquier actitud, cualquier despliegue.

 

Eso me ha pasado ahora en el Macba, cuando a la salida he amagado un gesto de queja y de inmediato una de las señoritas del mostrador me ha espetado con cara de sorpresa, “¡Es la seguridad!”.

 

Archivos de una actitud: título acertado desde luego el de la exposición. A ver si va a ser que más que sobre la fastuosa colección de los Fischer lo que es en realidad esta muestra es una reflexión del MACBA sobre el creciente papel de la seguridad en nuestras vidas.

José Antonio de Ory es escritor, entre otros oficios que lo han llevado a vivir de un lado a otro del mundo: Colombia (en tres ocasiones), la India y Nueva York. Ahora en Madrid, continúa escribiendo cuando le da el tiempo sobre cultura y otras cosas de la vida en este blog, donde se permite contar, y opinar, cómo ve las cosas. Es autor de Ángeles Clandestinos. Una memoria oral del poeta Raúl Gómez Jattin (Ed. Norma, Bogotá, 2004).