El saber religioso

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Según Ortega, nosotros tenemos ideas; las creencias, por el contrario, nos tienen. Y aquí ya hay un primer problema hoy, tal como ha triunfado la cultura narcisista. Mi blog, mi piso, mis historias de ligues. La soltería conectada, el divorcio agregado: ¿es otra cosa la comunicación? Aislamiento y conexiones, alta definición del control.

 

Así pues, aunque las creencias sean fundamentales para todo, también para coquetear, creer está desde hace tiempo mal visto, resulta incluso un poco fundamentalista. Creer en Inglaterra, creer en los trabajadores, “creer” en uno mismo nos resulta hoy demasiado. Creer compromete en exceso y parece anular la sana actitud crítica, esa profiláctica distancia que debemos tomar con todo para ser ligeros, para “compartir” y seguir flotando. En tal sentido, dejar de creer en Dios sólo es la punta de un iceberg de descreencia y desarraigo.

 

Vivimos envueltos por una cultura del desarraigo que todas nuestras grandes palabras confirman: economía, éxito, estabilidad, progreso, libertad, salud… Ser popular, ser rico, batir un record, aparecer en pantalla: como si la vida mortal no bastase y tuviera que ser cuantificada para ser admitida por el dios del espectáculo social. Nuestra religión de la circulación busca constantemente elevarnos, alcanzar la ingravidez de un “nivel de vida” que nos aparte del suelo. Que la vida no pese, que nadie sienta desde el temor de los límites. Sería divertido estudiar, a propósito de esta ingravidez inducida, por qué coincide el fin de la carrera espacial con el reparto de una circulación orbital para todos, de tarifa plana, a través de las redes.

 

Hemos dejado de creer en lo real, en la vida elemental. Incluso en plena crisis, la información está aquí para librarnos de eso. Para más INRI, Dios representa la exterioridad como tal, y nosotros no queremos saber de otra cosa que no sean interiores, conexiones técnicas y sociales. Sólo está permitido creer en la sociedad y sus prótesis, por eso nos pasamos el día mirando pantallas, ahora pegadas al cuerpo. El último whatsapp, la próxima noticia, la nueva entrega de la serie televisiva.

 

Todo ello impone una especie de arresto domiciliario en el mañana, una expropiación del presente que nos acompaña como una sombra, también en vacaciones. Se nos fuerza a un “cuerpo a cuerpo” con lo social que impide cualquier forma de independencia primaria, cualquier autonomía con respecto al encadenamiento. Siempre hay un Bárcenas para la cultura del entretenimiento, para la diversión obligatoria que debe librarnos de vivir en la tierra.

 

El temor es hoy quedarse solo, ser “marginado”. De ahí que nuestra capacidad de ruptura se haya visto reducida al mínimo. No rompemos con nada, todo se encharca en una segunda parte, en una especie de eterna prórroga. Como complemento de este estancamiento, mantenemos una actualización permanente, un recambio perpetuo de nuestro maquillaje. Y sobre todo, el alivio de la información, que blanquea nuestro malestar mostrándonos a otros a los que todavía les va peor.

 

El problema es que en todas las cuestiones esenciales estamos solos, y sobre esta vieja fatalidad han acertado siempre las religiones. Si es cierto, como decía Houellebecq cuando todavía decía algo, que liberarse comienza por aprender a retirarse y a ser invisible, la experiencia de lo religioso, incluso al margen de las doctrinas, facilita una relación con el eje espectral de lo real que nos libra del dictado de la visibilidad.

 

La relación íntima con el secreto de cada ser y cada situación le otorga al arte y a la religión, que siempre han ido de la mano, una precisión incomparable. Aceptar lo opaco a la información, el envés al que esta imperial transparencia tiene terror, permite además al ser humano no ser prisionero de ninguna escena, de una presión social que se ha multiplicado en infinitos interiores. En este aspecto, lo que despreciamos como “culturas atrasadas” es menos oscurantista que la blanca y despótica sociedad occidental, armada hasta los dientes de tecnologías de la separación. Al menos ellos saben que la noche nos acompaña, como una sombra que precede al cuerpo.

 

Si la ambivalencia es la ley de lo real, es normal que la religión regrese, pues le da una forma legendaria a esta incertidumbre radical de vivir. Como se decía en la película Avatar: ¿qué tenemos para ofrecer a cambio, el ordenador, la Cola-cola light?

 

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.