El sabinar de Calatañazor

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En las inmediaciones de Calatañazor, donde Almanzor perdió el atambor, se extienden grandes sabinares, un árbol noble y duro, de aspecto siempre envejecido, cuyas raíces ahondan en lo más profundo de la tierra. El pino no resiste y no sirve para mantener la estructura de las casas de la localidad, explica un vecino, pero la sabina “aguanta lo que le echen”.

 

Una tormenta de granizo dejó en Molinos de Duero hace unos días, retirado en los arcenes de la carretera, un manto de hielo, como en el más crudo invierno. Los habitantes del lugar aseguran que la granizada, a la que siguieron unos días soleados, augura una temporada excelente para los hongos.

 

Cruzando el alto Duero hacia el sur, los pinares sorianos dan paso a un paisaje menos abigarrado y monocorde. El río Abión fluye caprichoso desde su nacimiento en el acuífero de La Fuentona de Muriel de la Fuente, donde los espeleólogos han sobrepasado los cien metros de profundidad sin llegar al fondo. Ojo de Mar es el nombre que se da al paraje. De allí surge una pared de roca presidida, esta mañana cálida de finales de agosto, por la danza de los buitres leonados, que posan majestuosos para los visitantes en su atalaya. También anidan águilas reales, símbolo de aquella Castilla dominadora que desprecia cuanto ignora.

 

El sabinar envuelve el horizonte, con sus formaciones abiertas y dispersas, tan diferentes de los pinares y de otros árboles más productivos y con mayor eficacia reproductora, por lo que están en regresión. Una reserva acotada conserva sabinas albares (Juniperus thurifera) de más de trescientos años de antigüedad. Las sabinas –o enebros, como se conocen en la zona–, de aspecto cansado y tronco retorcido y tortuoso, dejan entre sí grandes espacios abiertos y se presentan diseminadas. Son una reliquia del Terciario y su disposición y aclimatación a condiciones especialmente duras evoca el carácter de estos pueblos, también en regresión.

 

El mejor lugar para observarlo son las ruinas del castillo de Calatañazor, bastión que fundaran los árabes: Kalat al-Nasur (Castillo del Buitre). Coinciden los historiadores actuales en que es muy improbable que se librara a sus pies batalla alguna de entidad, a comienzos del siglo XI, y mucho menos que supusiera el comienzo del declive de los musulmanes. Antiguas fuentes cristianas afirmaban que cayeron miles de sarracenos y Almanzor fue hecho prisionero, pero lo cierto es que el caudillo de origen árabe yemení nunca fue derrotado por los cristianos, que quisieron compensar, con torpeza y anacronismos, el sentimiento de inferioridad ante un enemigo que se paseó victorioso por la península, de Santiago a  León, Pamplona y Barcelona. Las fuentes musulmanas afirman que, después de arrasar el monasterio de San Millán de la Cogolla, Almanzor se sintió enfermo, ordenó la retirada –que pudo dar lugar a alguna escaramuza en favor de los cristianos– y fue transportado en litera hasta Medinaceli, donde falleció a comienzos de agosto de 1002 y está enterrado.

 

 

No sin polémica –hubo un alcalde que lo rechazó– Calatañazor le rinde homenaje con un busto, réplica del que se erige en Torrox (Málaga), donde nació el conquistador, donado por una asociación de la localidad malagueña al pueblo soriano. Debajo, una placa con el poema que escribió Gerardo Diego cuando alcanzó esta cresta:

 

Azor, Calatañazor,
juguete.
Tu puerta, ojiva menor,
es tan estrecha,
que no entra un moro, jinete,
y a pie no cabe una flecha.

 

Descabalga, Almanzor.
Huye presto.

 

Por la barranca brava,
ay, y cómo rodaba,
juguete,
el atambor.

 

La leyenda de la pérdida del tambor, sin embargo, es imperecedera. Se debe al clérigo leonés Lucas de Tuy en el siglo XIII. Escribió que un pescador recorría el califato de Córdoba llorando y profetizando poco después de la retirada: “En Calatañazor / perdió Almanzor / el atambor” (la alegría, el vigor). Cuando alguien se le acercaba, desaparecía para reaparecer en otro lugar repitiendo su lamento. El segundo milenio comenzó, como el tercero, con un enemigo poderoso e informe, enrocado en su fe, que derriba torres y ante el que no cabe más que conjurarlo.

 

Poco más de cuarenta habitantes tiene este pueblo medieval y amurallado que asciende desde una ermita románica por una calle empinada y con soportales hasta la plaza mayor, donde se alzan el ayuntamiento, el rollo y las ruinas del castillo, y sin embargo cuenta con bares, tiendas y restaurantes, entre ellos El Palomar, que sirve unas exquisitas migas del lugar –con uva roja– bajo un fresco techo de parras y acacias. Calles empedradas y casas de adobe con las típicas chimeneas circulares de ladrillo partido. Un vecino se asoma al dintel de la puerta y explica que la planta superior de su casa está sustentada por pilares de sabina desde hace doscientos años. El pino no resiste y no sirve para mantener la estructura, explica, pero la sabina (“o el enebro como le decimos aquí”) “aguanta lo que le echen”.

 

De vuelta a los pinares, la carretera que discurre entre Aldehuela de Calatañazor y Abejar, es un enorme sabinar, un árbol noble y duro, de aspecto siempre envejecido, cuyas raíces ahondan en lo más profundo de la tierra.

 

 

Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es responsable de la editorial del grupo, 'Los libros de fronterad', y coordina varios proyectos como las jornadas anuales que dedica Ámbito Cultural de El Corte Inglés al Hotel Florida.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.