El Sahara y nuestro gobierno

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No sé quién dijo que la política hace extraños compañeros de cama. Llevaba razón. El comportamiento español en el tema del Sahara es un buen ejemplo. No podíamos imaginar antes de la llegada de Zapatero al poder que el gobierno español iba a intentar mirar para otra parte cuando las arenas del Sahara se agitaran como lo han hecho en las últimas semanas. El PSOE de otras épocas no quería herir a Marruecos, pero para él el principio de la autodeterminación de los saharauis era sagrado y claro. Los habitantes del territorio precipitadamente cedido por España en 1975 pensaban que un gobierno de izquierdas en España sería la mejor garantía de que nunca serían abandonados por su antigua metrópoli, que sus pretensiones serían gallardamente defendidas por el gobierno de Madrid ante la comunidad internacional.
       Se equivocaban. Desde el mismo instante de la entrada de Zapatero, lo vimos inmediatamente en la ONU en Nueva York tanto Alfonso Armada, editor de esta publicación, como yo. Nuestro gobierno empezó a hacerse arrumacos, a meterse en la cama con Marruecos y a distanciarse de las pretensiones del Polisario. Los saharauis comenzaron a echar de menos a Aznar y al gobierno del PP y a amargarse con la conducta zapateril. Nuestro actual presidente pronunció una de las frases más estúpidas de la democracia al afirmar que el tema del Sahara lo arreglaba Moratinos en seis meses y no le faltó tiempo para animar a los saharauis para que se integraran en Marruecos. Lo nunca visto.   
        Uno puede hacer muchas conjeturas sobre por qué el cambio radical de nuestro gobierno respecto al comportamiento de los que le habían precedido. Decir que actúa teniendo en cuenta los intereses españoles es una frase hueca. Los anteriores, los de Aznar, Felipe González, Calvo Sotelo… tambien se esforzaban en defender los intereses españoles y no se casaron con las tesis marroquíes. El hecho es que Francia, aliado y valedor proclamado de Rabat en este tema, ha encontrado un socio semiencubierto en España. Esto es nuevo.
       El gobierno no miente cuando dice que sus posibilidades de actuación en el Sahara no son exactamente lo que muchos españoles creen. Aunque muy  teóricamente España sea aún la potencia administradora, la realidad es otra. No solo porque nuestro país comunicó  en 1976 a las Naciones Unidas que hacia dejación de esa administración, sino porque los órganos que CUENTAN en la ONU, los que crean la legalidad internacional, no vienen desde hace muchos años mencionando a España como potencia administradora o como parte en el conflicto. La comunidad internacional hace tiempo que aceptó que España no administra el territorio.
       Ahora bien, España puede no inhibirse totalmente aún sin ser potencia administradora. Tiene una responsabilidad histórica y moral por haber estado allí y por haber abandonado el territorio, impulsado por las circunstancias: Marcha verde, enfermedad de Franco, etc., de forma poco ortodoxa. Esto no implica que nuestro gobierno deba, hostigando a Marruecos, pregonar a cada instante que el Sahara no es marroquí o ser el paladín declarado y activo del Polisario en todos los foros, pero de eso a olvidarse por completo del tema, a desear que no surja en ninguna circunstancia, a defender con la boca muy chica el derecho de los saharauis a expresarse sobre su futuro, hay un abismo.
       Los marroquíes, por su parte, se quejan, con frecuencia, de que nuestros medios de información son proclives a creer y magnificar cualquier versión tremendista de lo que ocurre en el territorio. Si ha saltado la noticia, con fuentes dudosas, de que hay decenas de muertos y una organización internacional seria divide la cifra por cuatro, más de un medio español recogerá alegremente la primera. Estos casos provocan una lógica irritación en las autoridades del país vecino que, como consecuencia, algo frecuente en ellas, reaccionan exageradamente. Pero Rabat y los medios de información marroquíes no quieren percatarse de algo importante: por mucho que ellos crean que el Sahara es marroquí, la comunidad internacional insiste en que la descolonización no ha terminado. Que concluirá cuando los saharauis puedan, con arreglo al Plan Baker u otro esquema serio, pronunciarse claramente y sin tapujos sobre su futuro. Este pronunciamiento Marruecos no quiere que se produzca y nuestro actual gobierno, en el fondo de su corazón, está de acuerdo.
         

 

Inocencio F. Arias es un veterano diplomático y frecuente colaborador en los medios de información. Ha tenido cargos destacados con diferentes gobiernos: embajador en la ONU con el PP, Secretario de Estado y Subsecretario con el Gobierno anterior del PSOE y Portavoz del Ministerio de Exteriores con tres distintos ejecutivos de la democracia; UCD, PSOE y PP. En la ONU presidió el Comite Mundial contra el Terrorismo y la Asociación de Embajadores. Ha sido profesor en la Universidad Complutense y en la Carlos III de Madrid. En su única escapada a la empresa privada fue Director General del Real Madrid. Ha escrito libros: Confesiones de un Diplomático (Planeta) y Tres Mitos del Real Madrid(Plaza-Janes) y en colaboración con Eva Celada La Trastienda de la diplomacia (Plaza-Janes). A mediados de 2012 publicó también en Plaza y Janés Los Presidentes y la diplomacia. Me acosté con Suárez y me desperté con Zapatero que actualmente está en su tercera edición.