El secreto de el Finado

0
244

En mi niñez, la casa de mi abuela estaba rodeada de misterio: desde la oscura bodega con prensas y barriles para el vino, hasta el trastero en penumbra con casi un siglo de cachivaches, todo era un arcano en estado puro. Pero el mayor misterio era sin duda alguna el Finado. En las conversaciones entre los adultos -rigurosamente prohibidas para los niños- y que yo espiaba siempre que podía, a menudo se le mentaba. Los adultos le tenían un respeto reverencial, y muchas de las discusiones terminaban con la frase “¡menos mal que no se enteró el Finado!”.

 

Asumiendo los riesgos de la empresa, me dediqué durante meses -con mas miedo que fortuna- a buscarlo por aquella inmensa casa. Con el tiempo acabé convencido de que vivía tras una puerta permanentemente cerrada en el piso de arriba… Años después supe que tras esa puerta solo había una cocina de leña en desuso, y que el Finado no era otro que mi abuelo, muerto años atrás. Supe además que cuando nací se llevó una extraordinaria alegría, porque así no se perdería el apellido. Con el tiempo también supe que el Finado me había pasado la cuarta parte de mis genes -e incluso todo mi cromosoma Y- (seguramente también algunas de sus ideas, costumbres y gestos a través de mi padre). A veces pienso en como sería el abuelo de el Finado, y en los numerosos abuelos y abuelas de los abuelos y abuelas suyos.

 

Que esa extraordinariamente larga cadena que une a todos mis antepasados no hubiese fallado ni una sola vez, me parece el mayor de los misterios. Todos mis antepasados tuvieron un hijo o una hija. No falló ni el Finado, ni su ancestro Cromañón, ni su ancestro Australopitecino curioso buscador en la sabana dos millones de años atrás…Ni siquiera su más lejano predecesor el pequeño primate, que hace 15 millones de años apostó por mirar la vida a través de sus grandes ojos frontales, ni su ancestro el pequeño mamífero que amamantó a sus hijos oculto en una grieta rocosa mientras los grandes dinosaurios hacían temblar la tierra 80 millones de años atrás.Tampoco falló su ancestro todavía anfibio que ponía huevos en una charca, ni siquiera su antecesor pez celecanto que arrastró sus aletas por la orilla, ni siquiera su ancestro vermiforme arrastrándose en el fango marino hace mas de 600 millones de años, ni siquiera el primigenio organismo unicelular que nadaba en el mar de hace 1.500 millones de años (y que tanto se parece a los que ahora yo estudio como científico), ni siquiera su ancestro arquibacteriano… ni siquiera su ancestro protocelular quizás venido de otros ancestros de lejanos planetas y de quien heredé mi sistema molecular ADN, ARN, proteína 3500 millones de años atrás.Todos vivieron en su tiempo, y murieron cuando les llegó su hora. Pero todos, -absolutamente todos sin que ni siquiera uno solo de ellos fallara-, pasaron con éxito sus genes a sus descendientes durante un período de mas de tres mil quinientos millones de años.

 

¡Menos mal que el Finado no se enteró que no continué su apellido! (nunca tuve hijos biológicos)… Pero lo que más abruma es pensar que he sido yo el que ha cortado una larga cadena de miles de millones de que venía de la noche de los tiempos; la continuidad de millones de ancestros terminó en mi. ¡He roto una enorme serie que equivale en términos humanos a ciento sesenta mil millones de generaciones de ascendientes!… ¿Sabrán perdonarme si les dedico esta reflexión?

Jesús Pintor Just es natural de Vigo. Nacido el 26 de diciembre de 1964, comenzó sus estudios de Biología en la Universidad de Vigo. Se trasladó a Madrid a finalizar dichos estudios licenciándose en el año 1989. Un año antes ya se había unido al grupo que la profesora M. Teresa Miras Portugal había consolidado en el Departamento de Bioquímica de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense, donde se doctoró en 1993. Durante los años 1994 y 1995, realizó su estancia posdoctoral con el profesor Geoffrey Burnstock en Londres, Reino Unido, para posteriormente reintegrarse a sus tareas docentes en Madrid. En la actualidad compagina sus tareas docentes e investigadoras con la figura de Subdirector de Investigación y Nuevas Tecnologías en la Escuela Universitaria de Óptica, dirigiendo a un grupo de 12 investigadores. En el plano científico ha publicado más de 100 artículos en revistas internacionales. Inventor de 12 patentes para el tratamiento de diversas patologías oculares y condrodisplasias, ha sido galardonado como mejor joven neuroquímico europeo (1994) y recientemente como mejor emprendedor de la Comunidad de Madrid por sus ideas para el desarrollo y explotación de las patentes de las patologías oculares y por la mejor idea para la creación de una empresa de base tecnológica. 
 Eduardo Costas. Es doctor en Biología, catedrático de universidad y doctor vinculado al CSIC. Iconoclasta por definición, ha trabajado en diferentes instituciones y desarrollado su investigación en diversos campos, básicamente en genética evolutiva y ecología de microalgas. Ha elaborado desarrollos aplicados (patentes, transferencia de tecnología). Siempre ha estado interesado en la divulgación científica. 
 Victoria López-Rodas. Coordinadora de ciencia. Es doctora en Veterinaria, profesora titular de universidad y doctora vinculada al CSIC. Trabaja en mecanismos genéticos de la adaptación de microorganismos fotosintéticos tanto a ambientes naturales extremos como a los efectos del cambio global antropogénico. Además es una de las mejores expertas en fitoplancton tóxico y sus efectos en aguas de abastecimiento, acuicultura y fauna salvaje.