El Sereno de Asilah Desgarro

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Este texto pertenece a la serie Remembranzas

Capítulo 5

Desde mi terraza en la medina veo un grupo de loros verdes de tamaño pequeño que vuelan con estruendo. ¿De dónde habrán venido? No son propios de esta región. Quizás se escaparon de alguna casa adonde los habían llevado desde una pajarería de animales exóticos y han formado una bandada extraña y voraz.
Las calles de Asilah también parecen tomadas por bandas exóticas que caminan detrás de los visores de sus tomavistas o de sus aparatos de fotos digitales. No miran, se recrean y después disparan. Primero disparan y ya seleccionarán en sus casas lo que les parezca más extravagante para enseñárselo a sus amigos.
A pesar del calor, visten camisetas y pantalones cortos que dejan toda su carne expuesta al sol. Al contrario de lo que hacen los habitantes de los países en los que el sol domina, reseca y aplana, que se cubren con telas ligeras hasta los pies, los puños y la cabeza. Los turistas, para no deshidratarse, caminan conectados a botellas de agua azules, como después continuarán haciendo cuando regreses a sus casas, a pesar de no hacer tanto calor ni de estar lejos de un grifo. Hasta en las clases en la universidad algunos colocan la botella sobre la mesa y se extrañan cuando algún profesor les recuerda que las clases no duran más que una hora. Miran a los lados sorprendidos de que alguien les pueda privar de sus mamaderas. Es otra forma de adicción.
Van en manadas, en bandadas, se ríen y hablan en voz alta. Cuando se sientan, comen pipas. Como los loros. Entran en los bazares y en las tiendas en tromba, y lo tocan todo. No saludan. Esperan a que alguno compre algo para comprarlo ellos también en distintos colores, y se desesperan cuando no les hacen la desorbitada rebaja que pretenden. Como les dijeron que “en África” se puede regatear… no disfrutan del placer de valorar las cosas, de admirarlas, de conversar con el vendedor. Todo lo hacen deprisa hasta que se desmoronan sobre cualquier asiento en donde se desparraman mientras preguntan cuánto falta. ¿Para qué? Para comer, para regresar al autobús para volver a dormir ignorando el paisaje.
No se trata de viajeros. Son cotorras enjauladas que pagan para que las lleven de un lugar para el otro durante sus pretendidas vacaciones en las que hacen todo menos vacar al ocio. Lo que les conforta es sentarse a hablar, a fumar y a beber hasta las tantas de la noche. Nunca comentan lo que han visto, no lo recuerdan porque no les ha impresionado. Las imágenes se multiplican, pero ellos corren más.
He terminado la ronda por las puertas de la ciudad, he bebido un zumo y ahora disfruto de este amanecer que veo reflejado en el mar atlántico sobre el que se alzan las murallas construidas por los portugueses y afirmadas por los sultanes marroquíes hasta que el pillo Raisuni las reforzó al construir su palacio en 1920 desde el que causaría enormes destrozos en los europeos ocupantes del llamado protectorado. Para éstos, Raisuni fue un pirata, saqueador, secuestrador y que actuaba con una cierta patente de corso no escrita por las autoridades marroquíes pero aceptada por ellos en silencio. Finalmente, Raisuni iría a morir lejos dejando la plaza en poder de las fuerzas españolas ocupantes que llegarían a sumar diez mil militares mientras que la población autóctona no llegaba a los mil.
Las imágenes que tenemos muestran una medina sucia y destartalada, con las paredes desconchadas y las calles llenas de baches por dónde corrían ratas perseguidas por famélicos gatos. Las gentes vivían del pequeño puerto de pescadores y de puestos en el zoco para atender a los ocupantes, además de servirlos como criados. Durante ese tiempo, un capitán tenía dos soldados asistentes y dos criadas, mientras que los sargentos disponían de uno de cada. Los únicos bien cuidados eran los caballos pues constituían la base fundamental para el desplazamiento de los militares. Había algún triste burdel y proliferaban las enfermedades entre la tropa. Llamaban Mohamed o Fátima a cualquier marroquí que encontrasen, y éstos tenían que responder. Como aquellos factores de los ferrocarriles norteamericanos a los que los pasajeros llamaban siempre Georges, y también tenían que responder, pero con una sonrisa que mostrase sus blancos dientes en caras negras que asomaban por un cuello apretado de un uniforme arcaico. Georges, tráeme esto o lo otro, bájame el maletín, cuándo llegamos, a qué hora es el almuerzo, baja la calefacción o abre la ventana, qué lento eres, Georges.
Finalmente, la bandada de cotorras se aleja mientras Ahmed va dando de beber a las plantas, como hacía Sitino en el viejo palacio del bey de Taroudant, del que disfruté en mi libro “Jhany, una búsqueda”, publicada por Anthropos y que me proporcionó uno de los meses más hermosos entre mis recuerdos. Diz que iba en busca de un tal Jhany que me había enviado un telegrama a mi Facultad: “Ven, no puedo más” … y tuve que ponerme en camino en busca de mi yo más íntimo.
Por las mañanas, aprovecho el frescor de esta terraza y coloco el ordenador portátil sobre una mesa blanca de hierro bien trabajado.
¿Por qué tardé tanto en responder a la llamada? Desde la primera vez que caminé por Asilah, hace casi treinta años, y cada vez que regresaba de paso o para participar en los Mussem culturales de agosto, me repetía que éste era el lugar que me llamaba. Como en otro tiempo habían sido Lemu o Zanzíbar, Paris, Henley on Thames, Salamanca o Roma, ahora serían 20 países del África subsahariana para poner en marcha Centros médicos de medicina preventiva, ubicados en las facultades de medicina, para atender y hacer seguimiento durante todos los años de estudios de sus enfermedades, antecedentes, anamnesis, contagios, intervenciones etc., y así hasta disponer de una formidable base de datos de todos los estudiantes de la universidad que servirían, después, para trabajos de investigación científica sobre una buena cantidad de estudiantes, hombres y mujeres, que procedían de los lugares más apartados de ciudades o pueblos de campesinos.  “Grandes Compañías Farmacéuticas: abstenerse” Muchos médicos, químicos, etc podrían servirse de esos datos para sus tesis doctorales o para investigaciones del comportamiento de ciertas enfermedades y de su repercusión en sus lugares de origen; o para cooperar sobre bases fiables en estudios epidemiológicos de otros países. Fue un año sabático apasionante, según conté en “Encenderé un fuego para ti. Viaje al corazón de los pueblos de África subsahariana”. Lo peor fue cortar, suprimir para someterse a las necesidades editoriales. Pero por aquí, en la nueva casa, aún veo carpetas llenas de apuntes y de anécdotas inolvidables que, a veces, recupero como Remembranzas.
Cada vez que conseguí hacer alguna de esas escapadas fue traumática y cansadísimo tener que explicarla/diz que justificarlas. Entre mis colaboradores se hizo proverbial la frase ¿Y ahora qué he hecho?  Las malas caras y la incomprensión más absoluta me rodeaban durante el tiempo de preparación del viaje y lo que es peor, durante la duración del mismo. Llamase cuando fuese y desde donde fuese, por ejemplo, en el largo recorrido por veinte países del África subsahariana durante mi año sabático, al otro lado del teléfono respondían con monosílabos. Lo mismo cuando viví durante cuarenta días en Taroudant para escribir Jhany. El retirarme para escribir u organizarme un horario fijo y estricto era tomado como extravagancia, o como capricho. “extra-vagancia, podría ser, pero capricho, no. Al menos para mí y mis otros yos interiores. Peor aún, siempre pensaban que, fuera de las horas dedicadas a escribir, mi vida debía transcurrir como de ordinario. Es absurdo. Quizás lo más fecundo de la creación literaria no es sólo cuando te sientas a la mesa de trabajo sino durante los momentos de descanso, mientras te preparas la comida o riegas el jardín, cuando te tumbas en el suelo de la terraza para reposar tu espalda o te sientas sobre el muro para contemplar las olas. Esto es así y lo más amargo de todo es la convicción profunda que tengo de que, si hubiera alcanzado un premio literario bien dotado, entonces se comprendería todo como una necesidad del artista. En toda mi obra se me escapa aquí o allí, bajo una forma u otra, en boca de un personaje o del narrador, esta queja que ha sido casi un lamento. Por eso, cobardemente, he tenido que esperar a la jubilación para liquidar cuanto poseía, un segundo desgarro, después de la experiencia de la muerte, para ponerme en camino y levantar mi tienda en esta medina de Asilah.

La muerte fue dura e inusitada, a pesar de haberla esperado. Pero casi tan duro, por no estar preparado, fue levantar la casa, ver cómo se repartían muebles y enseres los hijos, cómo se iban vaciando habitaciones y salones, estanterías de la biblioteca, enrollaban alfombras, cada una con su historia, y se llevaban muebles que nos habían acompañado durante medio siglo, muchos de los cuales habían pertenecido a nuestras respectivas familias. Por supuesto, que hubiera sido peor que se los llevaran compradores extraños. Pero es una experiencia dura. Como lo fueron levantar el despacho en la universidad, y comprobar las mil y una cosas, aparte de los libros y ficheros que se habían acumulado durante esas décadas. Desgarro, esa es la palabra para describir lo que sentía mientras vaciaban con la casa una parte importante de mi vida. Quizás no la fundamental, pero sí la que más tiempo había consumido. Entonces, sin dar explicaciones dije que me marchaba de viaje.
¿Pero en dónde vas a vivir a tu vuelta? ¿No sería mejor que dejases un apartamento amueblado y listo para cuando regreses? ¿No te vas a quedar con ninguno de los muebles, alfombras o cuadros, con algunas vajillas, cristalería o con una cubertería? ¿Cómo vas a hacer cuando regreses? ¿Quién ha dicho que voy a regresar?… Siempre se regresa, porque, además, eso sería muy egoísta por tu parte. ¿Qué les diremos a los niños cuando pregunten, y a los amigos?… No os preocupéis, estaremos en contacto. Además, ¿no estoy o me han jubilado? Pues ahora comienza el resto de mi vida. Respetadla y respetadme. He acompañado a vuestra madre mientras vivió, y a vosotros mientras me necesitasteis. Confío en que hayamos sabido educaros para vivir libres y dignamente. ¿O sólo la muerte desata vínculos y libera de obligaciones?… Las obligaciones son mutuas y ahora quizás nos necesites tú más a nosotros… No os preocupéis. Estaremos en contacto… “En fin, un capricho más ¿Por qué no actuar como todo el mundo??… ¿Y cómo actúa ‘todo el mundo’?

De nuevo, salí como un ladrón, al rayar el alba y muy ligero de equipaje. Con algunas lágrimas, por supuesto, pero eso iba en el precio de la libertad conquistada y que “recomenzaba”, ahora sin retorno en esta hermosa Medina de Asilah…. de la cual me había nombrado su “Sereno”, el alcalde Benaïssa, entonces Ministro de AA Exteriores.

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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