El siglo de Voltaire

Donde el autor se enreda más que una trenza hecha por alguien con Parkinson hablando de un señor con peluquita, macramé y napión que no es Mario Vaquerizo

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Fue Charles Baudelaire, poeta dipsómano, el primero en enjuiciar a Voltaire como alguien sin “misterio”. La apisonadora racionalista del señor con peluca, hombre por y para el costumbrismo, era una tontadita fuera de tiempo en la época de los poetas malditos, las pasiones infinitas y la absenta fatal. Aquellos que buscaban, según mi amigo Montano, la inmortalidad con el truco más barato: el suicidio. O poniéndonos estupendos, a lo Max Estrella, “se mataban por amar demasiado la vida”.

Releo a Voltaire en este final de pandemia, su excepcional Diccionario filosófico y su versión Sálvame del siglo XVII llamada El siglo de Luis XIV, y me cercioro de cómo el autor francés es ya un ensayista fuera de tiempo. Mucho ha pasado desde su consideración como gran patrón del profesor de secundario galo, al que todos imaginamos tocón y con la melena de Bernard-Henri Lévy, y ahora sus opiniones son antiguallas ilustradas. Todas ellas parecen papeles amarillentos, roídos, dispuestos a ser enterrados bajo varios libros pos género de Susan Sontag y sus clones en la biblioteca de Ikea de cualquier autor posmoderno que elijan y que seguramente sea calvo con gafas de pasta.

François-Marie Arouet, ese Voltaire tan “poco romántico”, tuvo sin embargo una vida aventurera y de folletín con varios exilios y amantes desperdigadas por toda Europa. Esta existencia sinuosa, como de gato empolvado que huronea un alfeizar, le hizo un malicioso con quevedos en su vejez. Ese cinismo volteriano, esas bufonadas ilustradas, hace tan curioso de leer a alguien que no le tiembla el adjetivo -¡el yo!- al juzgar a los judíos como “raza abominable y nada original”, a la Iglesia católica como “infame” y a los príncipes ambiciosos del siglo XVII cual “gente que hacía la guerra sin tener motivos”. Su acidez es tan ajena a nuestras narrativas épicas actuales, donde cualquier columnista cree que La Guerra de las Galaxias es la vida real, que es gratísima su lectura; un bálsamo encantador en tiempos de ego maniacos que quieren cambiar el mundo para intitularse en Linkedin: “expresidente de España”.

De este autor narizotas y con peluquita vemos gotear siempre sangre de un colmillito: una invitación tentadora para beber de él. No veo mayor elogio.

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